Cuando el rock encuentra territorio

Roberto Cortez Zárate

Cuando el rock encuentra territorio

Rockanrolario

Redacción
Enero 23, 2026

Hay festivales que nacen como escaparates y otros que aparecen como síntoma. Vibrante Festival pertenece a la segunda categoría: no irrumpe para imponer una moda, sino para evidenciar algo que ya estaba ocurriendo en los márgenes del mapa musical. El Estado de México dejó de ser una zona de paso para convertirse en destino, y ese desplazamiento —geográfico y simbólico— dice más de la escena que cualquier eslogan.

La decisión de reunir en un mismo cartel a La Castañeda, DLD, Los Estrambóticos y Here Comes The Kraken no responde a la lógica del algoritmo ni a la ansiedad del “trending” o formatos ya conocidos. Es una toma de posición. El cartel no busca homogeneizar públicos, sino provocar cruces: el slam que se hereda, la canción que acompaña rupturas, el riff que se aprende en la adolescencia y no se olvida. En ese gesto hay una lectura clara de época.

Durante años, la industria insistió en compartimentar audiencias como si fueran vitrinas selladas. Rock alternativo por un lado, ska por otro, metal en un circuito aparte. Vibrante Festival apuesta por lo contrario: juntar trayectorias que no necesitan presentarse entre sí porque ya convivieron en la memoria colectiva. El resultado no es nostalgia, sino continuidad. Un recordatorio de que la música no envejece cuando sigue encontrando cuerpos dispuestos a escucharla de pie.

Hay algo significativo en que este encuentro ocurra en Campos de Tonanitla, lejos del centro simbólico de la capital pero lo suficientemente cerca para no pedir permiso. La geografía importa. No como postal, sino como experiencia: llegar, cruzar, quedarse. El festival entendió que el territorio también comunica y que descentralizar no es excluir, sino ampliar el campo de juego.

En ese sentido, la logística —el transporte certificado, la accesibilidad desde distintos municipios— no es un apéndice operativo, sino parte del discurso. Ir a un festival no debería sentirse como una prueba de resistencia urbana. La música se defiende mejor cuando el trayecto no la desgasta antes de empezar.

El cartel, además, evita el falso dilema entre “trayectoria” y “vigencia”. Los Estrambóticos no llegaron como una reliquia, sino como cuerpo activo de un ska que sigue siendo calle y celebración. Here Comes The Kraken no aparece como cuota de agresividad, sino como confirmación de que el metal mexicano dialoga con su tiempo sin pedir traducciones. Entre ambos extremos, DLD y La Castañeda sostienen la narrativa emocional de una escena que aprendió a mutar sin romperse.

Vibrante Festival no promete cambiar la historia. Eso, paradójicamente, es su mayor acierto. Se limitó a ordenar el presente con inteligencia y a ofrecer un espacio donde distintas generaciones pudieran reconocerse sin explicaciones. En un momento donde la música en vivo compite con pantallas, métricas y distracciones permanentes, el festival apuesta por lo elemental: escenario, público, sonido y tiempo compartido.

Quizá por eso el proyecto resulta más sugerente que espectacular. No grita su identidad; la construye anuncio tras anuncio, banda a banda. Como si entendiera que la confianza del público no se exige, se gana. Y que un festival no se mide solo por su alineación, sino por la conversación que deja abierta cuando se apagan las luces.

Al final, Vibrante Festival parece decir algo sencillo y difícil a la vez: el rock mexicano no necesita reinventarse para seguir siendo relevante. Solo necesita un lugar donde encontrarse sin etiquetas, con la suficiente amplitud para que cada quien llegara desde su propio ruido. Y eso, en estos tiempos, ya es una forma de resistencia. Pronto se sabrá el cartel completo para que el 25 abril se arme el buen rock en los Campos de Tonanitla, ubicados sobre Boulevard 20 de noviembre (antes Ojo de Agua), Estado de México.

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