El mito del hombre del costal

El mito del hombre del costal

El mito del hombre del costal

Los habitantes de Otzolotepec decían que el personaje solía llevarse a los infantes más traviesos.

Redacción
Agosto 31, 2025

“¡No te vayas a meter a la milpa ni cortes elotes o cañas porque te lleva la canícula!”

Así decían los abuelos de Otzolotepec cuando en julio entraba o llegaba la canícula; sin saber exactamente a qué o a quién se refería con ese nombre.

Algunos sabios le describían tan detalladamente que daba la impresión que ellos la habían visto. Decían que era un persona de mal aspecto, desarrapado, que caminaba entre los surcos de la milpa que cargaba en su espalda un costal donde metía a los niños atrevidos o traviesos que entraban a la milpa para cortar cañas o elotes y se los llevaba ¡quién sabe dónde! 

Otros decían que era un perro grande que rondaba por el maizal y atacaba a cualquiera que se atreviera a adentrarse en la milpa o acercarse a ella. Con esa idea de la canícula muchos niños otzolotepenses crecieron en el tiempo pasado.

El mito del hombre del costal

El lugar de resguardo

En el verano, las milpas, con el intenso verde de sus maizales, se convierten en sitios pocos transitables, es difícil el acceso a ellas, por lo alto de las hojas de las plantas o lo lodoso del terreno; aunque algunos pobladores no tengan mas que atravesarlas para llegar a sus hogares,  algunos de ellos aún construidos con teja y adobe, el sitio acogedor. 

Por las angostas besanas que servían de límite entre los terrenos el lodazal no permitía avanzar con rapidez, lo que provocaba angustia, en especial por las tardes o en las noches cuando la penumbra cubría el verdor del maíz, una sensación de temor envolvía el ambiente, miedo que crecía al pensar que la canícula podría aparecer en cualquier momento.

Caminar entre el maizal, el lodazal y en la mente la imagen de la canícula que el abuelo describía hicieron de la época de lluvia en el tiempo pasado en Otzolotepec toda una aventura, algo lúgubre flotaba en el aire sin poder evitar recordar las palabras del abuelo de no meterse a la milpa; cualquier ruido entre el maizal como el que provocaba el viento al mover el plantío hacía que el corazón palpitara aceleradamente y en el imaginario aparecía la figura de la canícula. 

La narración de la canícula, tan sencilla pero pletórica de imaginación, que hacía el abuelo después de comer por la tarde-noche, mientras la lluvia golpeaba las tejas de barro de la casa de adobes, con gotas que caían al patio, provocaba que la mente infantil de fantasías se llenara. Quienes escuchaban la historia solían atemorizarse e ir a la cama con esa idea;  a veces, la canícula se manifestaba en sueños. 

No era casualidad que los abuelos infundieron temor con su idea de la canícula, para ellos la milpa era algo sagrado pues ahí estaba el sustento de todo un año; por lo tanto, debían cuidar que no se robaran los elotes, calabazas y las cañas, o como decían ellos, “que no hicieran daño en la milpa” porque eso implicaba mermas en la cosecha.

Para eso nació la canícula, que de ser días con más calor de verano, los abuelos otzolotepenses se encargaron de transformarla en leyenda, humanizando con aspecto grotesco cargando un costal donde se llevaba a los niños o describiéndola como un enorme perro.

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Los tiempos perfectos

Entre el 15 de julio y 15 de agosto era el tiempo aproximado que aparecía en el imaginario popular, en especial para los infantes, quienes escuchaban las narraciones de los abuelos. quienes invitaban a los pequeños a explorar el imaginario, así como descubrir el mundo a través del tacto y observación. 

Gracias a la leyenda, los más sabios cuidaron de los terrenos de siembra, también lograron que muchos niños no se enfermaran, pues siendo los días de verano con más calor, si se mascaban las cañas antes de estar en su punto hacían mal al estómago; sin duda la sabiduría popular se hacía presente 

Un listoncito

Cuando “salía la canícula” y como señal de que había terminado, además de ya poder mascar cañas y comer elotes, algunas personas se amarraban un listón de cualquier color en la muñeca o en algún dedo de la mano, quienes no tenían listón, cortaban un tule largo y se lo amarraban; se decía que con ello el diablo no los enredaría el diablo con su cola.

Bendiciones infinitas

Los ancianos del pueblo solían realizar una ceremonia el 14 o 15 de agosto, que coincide con la festividad católica de la Asunción de María, para realizar una ceremonia, réplica de antepasados para bendecir la milpa y sus próximas cosechas. 

Temprano o en el transcurso del día se rociaba con agua bendita la cabecera de la milpa y con el humo del copal se sahumaba el sembradío.

Una de las distinciones de la ceremonia era la colocación de una caña, a la altura del nacimiento de un elote, jilote, planta silvestre cuya flor amarilla es muy llamativa y despide un exquisito aroma de nombre pericón. No podía faltar en la bendición un emotivo rezo.

La bendición de los abuelos a la milpa además de significar el agradecimiento a Dios por las bondades al proveerles de maíz, era la señal esperada por muchos, indicaba que los elotes y las cañas estaban listas para comerse y mascarse, sin temor a enfermarse. Era el día que salía “el guardián de las milpas, la canícula”. 

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Lo que el viento se llevó

En los años setenta del siglo pasado, las milpas que cubrían de verdor al pueblo estaban en pleno florecimiento, en la mayoría de las milpas ya había elotes, las flores de calabaza que durante la noche o con los primeros rayos del sol se abrían iluminaban los sembradíos cada mañana con su color peculiar, abundaban los quelites que tapizaban la tierra o trepaban por los tallos del maíz. 

En la actualidad, para algunos abuelos ya es complicado trabajar en esos terrenos.

Un profundo suspiro se percibe, el rostro de añoranza en los ojos de un anciano que solo balbucea a la orilla de la milpa, sentado en una pequeña silla.
—Eran otros tiempos, pronuncia un anciano. 

Francisco Hurtado Cisneros, cronista de Otzolotepec 

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