¿Quién está construyendo el nuevo orden mundial?

¿Quién está construyendo el nuevo orden mundial?

Con Singular Alegría con Gilda Montaño

Gilda Montaño Humphrey
Octubre 5, 2026

Hay preguntas que no se hacen porque pueden resultar incómodas. Ésta es una de ellas: ¿Quién está construyendo el nuevo orden mundial? No pregunto quién será el próximo presidente de un país, quién ganará una elección o quién ocupará mañana una fotografía oficial. Pregunto algo mucho más profundo:

¿Quién está decidiendo las reglas del mundo que viene? Porque algo está ocurriendo frente a nuestros ojos. El orden internacional que conocimos después de la Segunda Guerra Mundial se está desmoronando por partes. Las alianzas cambian. Las guerras regresan a Europa. Medio Oriente vuelve a ser un tablero decisivo. China disputa el liderazgo económico y tecnológico de Estados Unidos. Rusia desafía el equilibrio europeo. Europa busca su propia voz.

En medio de todo esto aparece, nuevamente, Donald Trump. No es un accidente. Trump no parece querer administrar el viejo orden: quiere renegociar. Quiere que Estados Unidos pague menos por sus alianzas, que sus socios comerciales acepten nuevas reglas, que China no domine sectores estratégicos, que Europa asuma mayores responsabilidades militares y que Washington vuelva a utilizar su enorme poder económico como instrumento de negociación. Puede gustarnos u horrorizarnos. Pero sería un error no reconocer la dimensión histórica del fenómeno.  

Trump entendió que el poder mundial ya no se parece al de hace medio siglo. Hoy el poder no está solamente en un ejército. Está en los dólares, los semiconductores, la inteligencia artificial, las redes sociales, los satélites, los datos, el petróleo, el gas, las armas, las rutas comerciales y la capacidad de decidir qué información ve una sociedad y cuál desaparece de su horizonte.

Ése es el verdadero cambio. Entonces surge una pregunta todavía más incómoda: ¿Trump está construyendo este nuevo orden o es el rostro político más visible de una transformación que es mucho más grande que él?

No tengo la respuesta. Pero sí podemos mirar alrededor. Israel ocupa una posición estratégica extraordinaria en Medio Oriente y mantiene una relación privilegiada con Estados Unidos. Al mismo tiempo, existen en Estados Unidos poderosas organizaciones, empresarios, donantes y sectores religiosos que ejercen una enorme influencia a favor de una relación estrecha entre Washington e Israel. Eso es verificable.

Lo que no es serio es convertirlo en la afirmación de que “los judíos del mundo” actúan como una sola fuerza. No existe un bloque judío mundial monolítico. Hay judíos que apoyan a Trump y judíos que se oponen a él. Hay judíos que respaldan las políticas del gobierno israelí y otros que las cuestionan. Hay posiciones políticas, religiosas y nacionales profundamente diferentes.

La realidad, una vez más, es mucho más compleja que la leyenda. Lo que sí existe son redes de poder. Y ahí aparece un nombre que durante décadas ha despertado sospechas: Bilderberg.

Desde 1954, empresarios, políticos, banqueros, académicos y dirigentes europeos y estadounidenses se han reunido en privado para discutir asuntos de enorme importancia internacional. No es un gobierno mundial. No elige presidentes. No existe evidencia seria de que sea una especie de gabinete secreto que dicte al planeta lo que debe hacer.

Pero tampoco debemos cometer el error contrario: que algo no sea un gobierno mundial no significa que carezca de importancia. Reunir en una misma habitación a personas con enorme capacidad de decisión política, económica, financiera y tecnológica, no es un hecho irrelevante.

Aquí está lo verdaderamente fascinante. El poder del siglo XXI quizá ya no necesite una conspiración. Le basta con la convergencia de intereses. Cuando el político necesita al empresario. Cuando el empresario necesita al gobierno. Cuando la tecnología necesita capital. Cuando el capital necesita estabilidad. Cuando la industria de defensa necesita conflictos que justifiquen su expansión. Cuando los gobiernos necesitan información que sólo las grandes plataformas tecnológicas poseen. Cuando los países necesitan energía. Cuando todos necesitan datos.

Entonces ya no hace falta que alguien se siente en una habitación y diga: “Vamos a dominar el mundo”. El sistema puede producir algo mucho más poderoso: personas e instituciones diferentes tomando decisiones que, sin haber sido coordinadas entre sí, terminan empujando al mundo en la misma dirección. Ésa es la verdadera revolución del poder.

Por eso creo que estamos mirando a Trump de una manera demasiado pequeña. Trump puede ser una persona. Puede ser un presidente. Puede ser un fenómeno político. Puede ser incluso un hombre profundamente controvertido. Pero detrás de la presidencia estadounidense existe algo muchísimo mayor: una disputa por quién establecerá las reglas del siglo XXI.

Estados Unidos quiere conservar su primacía. China quiere aumentarla. Rusia quiere recuperar influencia. Europa quiere no quedar subordinada. India quiere convertirse en una potencia central. Israel necesita preservar su seguridad y su posición estratégica. Las grandes empresas tecnológicas quieren participar en las decisiones que antes pertenecían casi exclusivamente a los Estados.  Los grandes capitales buscan seguridad, crecimiento y mercados. Y todos ellos están entrando, de una manera u otra, en la misma batalla: la batalla por el futuro. 

Por eso no sé si Donald Trump será el arquitecto del nuevo orden mundial. Quizá sea su principal protagonista. Quizá sea su más eficaz negociador. Quizá sea solamente el hombre que comprendió antes que muchos que el viejo tablero estaba agotado.  Pero hay algo que sí me atrevo a afirmar: el mundo que conocimos está terminando. Y todavía no sabemos quién escribirá las reglas del que viene. Tal vez el error más grande sea buscar a un solo dueño del planeta. Porque el poder contemporáneo no parece tener un rostro único.

Tiene muchos. El presidente que controla la mayor potencia militar. El empresario que controla una tecnología indispensable. El financiero que mueve miles de millones. El dirigente que controla energía. El país domina una cadena de suministros. El científico que desarrolla una inteligencia artificial capaz de cambiar la economía. El gobierno que posee los datos de millones de personas. 

Y también aquellos hombres y mujeres que, lejos de las cámaras, se sientan a conversar entre ellos sobre lo que vendrá. Por eso mi pregunta no es si Trump es el nuevo dueño del mundo. No lo es.

Mi pregunta es mucho más peligrosa: ¿Quiénes están sentados hoy alrededor de la mesa donde se está diseñando el mundo de mañana? Y, sobre todo: ¿quiénes de nosotros estaremos sentados afuera, esperando a que nos digan cuáles serán las nuevas reglas?

TE SUGERIMOS:

Sigue nuestro CANAL de WHATSAPPy entérate de la información más importante del día con La Jornada Estado de México.

TAR

UAEM2
Banner Entretenimiento