En la memoria histórica del municipio de Ocoyoacac sobrevive una de esas historias que, con el paso del tiempo, se mueven entre la crónica y la leyenda. Tiene como protagonista a Antonia Gómez y Rodríguez de Pedroso de Pinillos, conocida como la “señora Pinillos”, primera marquesa de Selva Nevada y dueña, en 1795, de la hacienda de Las Cruces, propiedad fundada por Juana de Zúñiga y Hernán Cortés, marqueses del Valle de Oaxaca.
La marquesa de Selva Nevada padecía ataques de catalepsia, una condición que en su época era poco comprendida y que podía simular la muerte. Uno de esos episodios ocurriría cuando la marquesa se encontraba en el último trimestre de su embarazo. Aquella circunstancia daría origen a un episodio tan dramático que fue ampliamente comentado en su tiempo y que, con los años, alimentó una de las historias más inquietantes de la tradición histórica.
Este tipo de relatos suelen crecer con el paso de los siglos. El miedo a la muerte, el temor a ser enterrado vivo y la fuerza de la imaginación popular alimentan narraciones que se transmiten de generación en generación, reforzadas por rumores, recuerdos y versiones que terminan por instalarse en la memoria colectiva.
El escritor y diplomático mexicano Artemio de Valle Arizpe fue uno de quienes retomó la historia. En su texto sobre la “Velación o la seguridad de la muerte real” relata las insólitas peripecias que rodearon a la “señora Pinillos”.
“Que murió la (primera) marquesa de Selva Nevada (…). La cubrieron con sus alhajas, sus cintillos, sus sortijas, sus brazaletes, sus dijes, sus aretes, su diadema señorial de diamantes y perlas (…). Con los ojos codiciosos y ávidos veían las alhajas los sacristanes y, cambiando miradas, se entendían bien en sus aviesas intenciones. Se dio sepultura al cadáver. Gran dolor, gran llanto, gran tristeza. La iglesia se fue vaciando poco a poco. Quedó al fin vacía. Un sacristán le dijo al otro, apretándole la mano: —A la noche ya sabes (…). Apenas se hizo oscuro, fueron ambos al sepulcro y lo profanaron. Con todo apresuramiento comenzaron a despojar de sus joyas a la marquesa de Selva Nevada. Pero he aquí que no podían quitarle una sortija (…). Y fue el sacristán y trajo una afilada sierrita (…). Al pasar los dientes de acero por la carne salió sangre, mucha sangre. Los sacristanes se vieron asustados y más subió su espanto al contemplar que el cadáver abrió lentamente los ojos, los grandes ojos hermosos, y que removió y suspiró. La señora marquesa de Selva Nevada no estaba muerta”.
No estaba muerta
El historiador Otto Schober añade otros detalles a esta conmovedora historia. Señala que el episodio ocurrió cuando la marquesa estaba embarazada y que, poco antes de dar a luz, en 1841, sufrió aquel ataque de catalepsia que la hizo parecer muerta.
Cuando despertó, comprendió el peligro que corría frente a los profanadores. Según la narración, les ofreció todas sus joyas a cambio de que la ayudaran a salvar su vida y la del hijo que esperaba.
Ese niño tendría con el tiempo un destino notable. Llegaría a convertirse en el arzobispo de Oaxaca y en uno de los personajes más influyentes del porfiriato: Eulogio Gillow y Zavalza. Fue él quien casó al caudillo con Carmen Romero y se convirtió en uno de los pilares de la política de conciliación del porfiriato.
La historia familiar de los Selva Nevada parece repetirse en otros episodios vinculados con la muerte. Verónica Zárate Toscano lo menciona en su libro Los nobles ante la muerte en México, al narrar el caso de Josefa Zabalza, hija del cuarto marqués de Selva Nevada y madre de su hijo legítimo.
En su testamento dejó una instrucción precisa: pidió que, al morir, su cuerpo fuera amortajado con sencillez por mujeres de confianza que se encontraran en su casa. Quizá —sugiere el relato— aquella decisión estuvo marcada por un sentimiento de culpa derivado de las relaciones amorosas ilícitas que mantuvo con su padrastro. Tal vez por convicción o como forma de expiación, pidió un entierro austero como muestra de humildad y arrepentimiento ante Dios.
La vida de la marquesa también quedó ligada a diversos espacios históricos. Su celda formaba parte del ex convento de Regina Porta Coeli, una construcción neoclásica realizada por el arquitecto valenciano Manuel Tolsá en el siglo XVIII. La celda fue edificada entre 1797 y 1798 y fue diseñada de manera exclusiva para ella.
Entre los años 1793 y 1827, estuvo ligada con el actual municipio de Ocoyoacac, ya que por sucesión hereditaria fue dueña de la hacienda de Las Cruces, finca ubicada entre los llanos de Salazar y la serranía de Las Cruces, fundada en 1532 por su pariente Juana de Zúñiga, marquesa del Valle de Oaxaca.
En 1793, durante la construcción del camino México-Toluca, la marquesa de Selva Nevada acudió ante el virrey Bernardo Bonavía para presentar una denuncia por perjuicio en sus bienes contra los ingenieros encargados de la obra, al ser víctima de destrozos en sus propiedades debido a la tala de madera y a la edificación de habitaciones sin haber sido consultada.
Décadas más tarde, el 28 de septiembre de 1882, surgió otro litigio relacionado con los terrenos de Salazar. El conflicto involucró a la primera marquesa de Selva Nevada y a los municipios de Lerma, Ocoyoacac y Huixquilucan. La disputa se originó por delitos cometidos en los terrenos del llano de Salazar, particularmente en el punto de Zacatones, en la zona perteneciente a la Compañía Constructora Nacional Mexicana.
La tumba final
La primera marquesa de Selva Nevada, Antonia Gómez Rodríguez de Pedroso y Soria, aunque residió en la Ciudad de México, al final de su vida se retiró a la ciudad de Querétaro y se enclaustró en el convento de las Carmelitas Descalzas, conocido como de las Teresas, cuya construcción financió totalmente. Adoptó entonces el nombre de sor María Antonia de los Dolores, lugar donde se presume fue enterrada el 11 de junio de 1827. Terminaron así los días de la primera marquesa de Selva Nevada, quien “oficialmente” había muerto para el “siglo”.
Historia de la celda de la marquesa de Selva Nevada, la “señora Pinillos”. Al referirse a la “Velación o a la seguridad de la muerte real”, se dice que este tipo de historias de leyenda, con el transcurso de los años, se nutren no solo por el miedo a la muerte o el temor a ser enterrado vivo, sino también por la fantasía, la imaginación y el rumor mórbido que las difunde por doquier y las conserva durante siglos.
Información de Pedro Gutiérrez Arzaluz, Cronista vitalicio de Ocoyoacac, Méx. AMECRON
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