Altar de San Antonio recibe flores y pequeños milagritos con la esperanza de encontrar amor

Altar de San Antonio recibe flores y pequeños milagritos con la esperanza de encontrar amor. Foto: Especial

Altar de San Antonio recibe flores y pequeños milagritos con la esperanza de encontrar amor

Cada 13 de junio, el templo de El Carmen reúne a fieles que mantienen vivo uno de los rituales más arraigados de Toluca.

Redacción
Junio 14, 2026

Mucho antes de que los automóviles adueñaran del centro histórico y de que los famosos portales se convirtieran en el rostro de la capital mexiquense, los muros de la iglesia de El Carmen ya observaban el pulso de la ciudad. Desde principios del siglo XVIII, cuando la Orden de los Carmelitas Descalzos concluyó la construcción de su templo y convento, este rincón de Toluca ha resguardado la vida íntima y espiritual de sus habitantes. Es un espacio donde la historia oficial y el fervor de la calle caminan de la mano.

Cada 13 de junio, una vieja costumbre vuelve a encenderse entre estos muros centenarios. En un silencio cómplice, mujeres jóvenes, madres de familia y hasta abuelos cruzan el umbral cargando un listón rojo y trece monedas. No van sólo por cumplir con un calendario; acuden a mantener vivo un secreto a voces que forma parte del corazón de Toluca.

Un templo donde las promesas echan raíces

La historia del lugar nos lleva a 1698, año en que los carmelitas llegaron al Valle de Toluca con la encomienda de evangelizar la región. Con el tiempo, el templo fue bendecido y se transformó en un imán para la fe local. Mientras a su alrededor crecía la antigua San José de Toluca, el edificio de cantera iba acumulando promesas, rezos y agradecimientos por milagros concedidos.

Tres siglos después, el panorama bajo las cúpulas no ha cambiado mucho. El murmullo de las oraciones se mezcla hoy con el olor dulzón del incienso y el golpe seco de las campanas. Al fondo, en una de las capillas más concurridas de El Carmen, decenas de fieles se amontonan frente a la imagen de San Antonio de Padua. Algunos le llevan ramos frescos, otros le encienden una acera, pero la mayoría sostiene con discreción ese hilo escarlata con trece monedas metálicas. Llevan en el pecho la misma petición desde hace generaciones: encontrar un buen amor.

Aunque la Iglesia Católica reconoce a San Antonio como el patrono de los desamparados, un predicador incansable y el auxiliador para recuperar los objetos perdidos, la sabiduría popular terminó por colgarle otro milagro: el de ser el santo casamentero por excelencia. Por eso, su fiesta anual altera la rutina del templo y congrega a jóvenes y adultos por igual.

Trece monedas para pedir un compañero de vida

Las muestras de cariño y desesperación empiezan días antes del 13 de junio. Hay quienes llegan con las monedas exactas bien guardadas en la bolsa, mientras que otros prefieren dejar apuntados nombres y deseos desesperados en trozos de papel que ocultan cerca del altar.

Dice la tradición que estas trece monedas no pueden salir del propio bolsillo; tienen que ser un regalo de trece personas distintas, de preferencia que estén solteras. Una vez completada la colecta, se amarran al listón rojo o se depositan directamente en la alcancía del santo mientras se susurra una oración con fe.

El mito de este ritual viene de las crónicas antiguas que retratan a San Antonio ayudando a las mujeres más pobres a conseguir una dote para poder casarse de manera digna. Con los años, el relato se transformó en este rito simbólico donde el número trece pasó a ser el boleto para asegurar una relación estable y un compañero de vida de buen corazón.

Dentro de la capilla, los minutos transcurren lentos. Hay mujeres que clavan la mirada en los ojos de la figura de madera durante un largo rato, como si platicaran con un viejo amigo. Otras prefieren no llamar la atención: caminan despacio y dejan caer el listón entre las flores y las veladoras que ya saturan el espacio. Esta herencia, compartida de boca en boca de madres a hijas y de abuelas a nietas, es ya un trozo del patrimonio cultural y emocional de la comunidad.

En este entramado de fe, el color rojo no es un accesorio cualquiera; representa el fuego de la pasión y la fuerza con la que se tejen los lazos humanos. Quienes conocen bien el oficio explican que existen variantes: algunos escriben su nombre directo en la tela y otros atan trece nudos apretados, rezando un misterio en cada uno, antes de colgarlo.

Durante la jornada, es habitual ver listones de todos los tamaños poblando las cercanías del altar. Algunos se quedan apenas unas horas antes de ser retirados por la limpieza del lugar; otros logran quedarse días enteros. Cada pedazo de tela amarra una verdad íntima: el anhelo de salir de la soledad, las ganas de rescatar un noviazgo en crisis o el sueño de empezar una familia. Hay quienes, con paciencia, los acomodan entre las manos del santo o los sujetan con un alfiler a un cojín de terciopelo, justo al lado de fotos familiares y pequeños “milagritos” de metal con forma de corazón.

Por supuesto, esta devoción convive con otras costumbres más arriesgadas, como la de poner al pobre San Antonio de cabeza en un rincón de la casa para obligarlo a apurar el milagro. Aunque las autoridades de la Iglesia repiten constantemente que estas conductas pertenecen a la superstición y no a la doctrina oficial, la gente en la calle hace oídos sordos. Para el enamorado, cualquier ayuda es buena.

Al final del día, el valor del rito no está en saber si el santo cumplirá o no el capricho. El verdadero milagro de la fecha es la declaración de una esperanza en voz alta. Visitar la capilla de El Carmen se vuelve una tregua con la prisa diaria, un pretexto para pensar en los afectos propios y en lo que se quiere para el futuro.

Hoy, cuando las dinámicas para enamorarse han cambiado tanto y las aplicaciones de citas en el celular parecen gobernarlo todo, el rincón de San Antonio se niega a pasar de moda. El 13 de junio une los extremos de la vida: muchachos que van por primera vez curiosos por los consejos de su mamá, y ancianos que recuerdan haber cruzado esas mismas puertas de la mano de sus abuelas hace ya media vida.

La historia de las trece monedas es la prueba de que los rituales saben acomodarse a los nuevos tiempos sin perder su magia. En la penumbra de la iglesia, el metal vuelve a brillar bajo la luz de las velas, los ruegos se escapan en susurros y la ilusión encuentra cobijo en un templo de piedra. Ahí, donde la fe de la iglesia y la creencia de la gente se vuelven una misma cosa, Toluca se aferra a la idea de que siempre vale la pena rezar por un buen amor.

Con información de Magdalena Rojo

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