Tenía menos de 15 años, cuando entró en mi repertorio conceptual “la depresión” y digo conceptual porque primero la conocí así en el abstracto y después de manera operativa en mi entendimiento de la realidad.
La conocí cuando en la secundaria, leí el clásico de Goethe “Las cuitas del joven Werther”, en donde el personaje central, un romántico en toda la extensión de la palabra, describe a través de una serie de epístolas como transita de la alegría del amor (o el enamoramiento) a la angustia, la desesperación y una tristeza tan profunda que lo lleva a la muerte. Investigando más, me enteré de que tal fue el impacto de esta obra en la sociedad de su momento, que se llegó a nombrar como “el efecto Werther” a una ola de suicidios de personas jóvenes, asociados a su lectura.
Representante de la poesía confesional, Sylvia Plath expió a través de su pluma, los dolores que la enfermedad mental acarreaban a su día a día. Siendo bella, inteligente, creativa, era constantemente abatida por la sintomatología de lo que hoy conocemos como trastorno bipolar y también por las condiciones de contexto que se sumaban; las exigencias y posterior pérdida de su padre siendo una niña, una sociedad en la que el lugar de las mujeres tenía que ganarse (aún más que hoy) y al final de sus días el abandono del padre de sus hijos. En su último poema “Límite”, escrito una noche previa a su muerte, ella muestra como esta se le presenta como una realización, la única medicina que pudo poner fin a una existencia que le resultaba sumamente dolorosa:
La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización,
la apariencia de una necesidad griega
fluye por los pergaminos de su toga,
sus pies desnudos parecen decir,
hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Podría escribir, probablemente una vasta compilación sobre los casos de depresión denominados como célebres o que han pasado a la posteridad, el arte está lleno de ellos, al igual que los productos mediáticos, los relatos familiares… Sin embargo, lo que considero importante es el entendimiento de la depresión como una enfermedad, no como un estado que se decide mantener o que por comodidad o incluso moda se adopta; el trastorno depresivo (o depresión) es un trastorno mental común que implica un estado de ánimo deprimido o la pérdida del placer o el interés por actividades durante largos periodos de tiempo.
La depresión es distinta de los cambios habituales en el estado de ánimo y en los sentimientos sobre el día a día. Puede afectar a todos los ámbitos de la vida y también puede llevar a los peores desenlaces si no se le toma en serio, como lo menciona Burton en la célebre “Anatomía de la melancolía” escrita en 1621:
“Si es que hay un infierno en la tierra, debe estar en el corazón del hombre melancólico”.
Apoyar a una persona deprimida va mucho más allá del señalamiento, de la posición inquisitiva del échale ganas, de la demostración altiva de que la vida es bonita para quien no la padece. Esa ayuda implica, el aceptar a la depresión como una enfermedad, con sus síntomas, sus riesgos y su tratamiento, también el tomar una actitud sencilla de escucha, un entendimiento a veces desde la otredad, en bajar la demanda de lo deseable a lo posible, en saber acompañar y simplemente lanzar las mágicas preguntas ¿qué necesitas de mí?, ¿en qué te puedo ayudar?.
En lo que hace a las cifras, según datos de la OMS, 280 millones de personas sufren depresión en el mundo, un trastorno mental que es más frecuente entre mujeres que en varones, siendo las mujeres de los 40 a los 59 años quienes registran las mayores incidencias en el diagnóstico. En México, de acuerdo con datos de la Secretaría de Salud , 3.6 millones de adultos la padecen; el 1 % son casos severos.
PAT
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