En Toluca, entre talleres, aulas y espacios de exhibición, Armando Gómez Martínez ha construido una trayectoria que no se explica desde el talento, sino desde la disciplina y la formación constante. Su historia no parte de una vocación infantil definida, sino de una sensibilización temprana que fue moldeando su manera de mirar el mundo. Con el paso de los años, el grabado y las artes visuales se convirtieron en el eje de una carrera con proyección internacional, marcada por procesos exigentes y una búsqueda personal que no se detiene.
La trayectoria del grabador incluye piezas presentadas en foros mundiales bajo estilos y técnicas muy diferentes
Desde la infancia, la influencia familiar fue un punto determinante. No se trató de una imposición directa hacia el arte, sino de una educación enfocada en el estudio y la apertura de pensamiento, una combinación que, con el tiempo, permitió que las decisiones profesionales surgieran desde la convicción y no desde la obligación, apoyado por sus padres..
“Pareciera que hubiera un carácter muy fuerte en estos dos personajes que venían de estratos sociales bajos. Sin embargo, fueron los primeros profesionistas en sus familias y la fortuna fue que no había religión en la casa y siempre se prefirió la cuestión del estudio”, relató.
La decisión de acercarse al arte se dio como un encuentro más que como un llamado inmediato. El respaldo familiar no fue un obstáculo, sino una base que le permitió elegir con libertad el rumbo profesional.
Formación y sensibilidad
La música representó uno de los primeros acercamientos formales a la disciplina artística. Aunque no se convirtió en su destino final, sí influyó en su estructura de trabajo, en la constancia y en la comprensión de los métodos de aprendizaje desde edades tempranas.
En un encuentro experimental que hacía la Nacional de Música de la UNAM, era la primera vez que hacían, participó desde los cinco años tras aplicar las pruebas en una selección de niños con ciertas aptitudes para la música.
Esa formación inicial no eliminó las dudas. Por el contrario, le permitió dimensionar el peso de una elección profesional y, durante un tiempo, optar por un camino más convencional antes de asumir de lleno las artes visuales.
Su niñez y adolescencia estuvieron marcadas por dinámicas distintas a las de su entorno inmediato. Más que hablar de talento, insiste en la disciplina como elemento fundamental para sostener cualquier proceso creativo a largo plazo.
Al ingresar a la entonces Nacional de Artes Plásticas comprendió que el arte visual implicaba un campo de estudio amplio, donde la técnica se complementa con historia, filosofía y mercado, elementos que ampliaron su panorama profesional.
Ese proceso también se convirtió en una exploración interna, una búsqueda de identidad que se fue construyendo desde la educación familiar y la experiencia académica.
Riesgo, proceso y consolidación
Las limitaciones económicas y las decisiones personales también marcaron su trayecto. La elección de disciplinas dentro del arte estuvo condicionada tanto por intereses creativos como por posibilidades materiales.
“Cuando entré lo que más me llamaba la atención era la escultura y la fotografía, pero cuando te enseñan los procesos, escultura era demasiado académico, tenías que levantar figuras geométricas, pesadas y son cosas que me cuestan trabajo porque no puedo estar atento mucho tiempo. En fotografía me llamaba la atención, pero era muy pobre, porque me salí a los 17 de mi casa y trabajaba de obrero, entonces no me alcanzaba porque era la cámara y revelar, demasiado caro”, comentó.
En ese trayecto encontró figuras docentes que ampliaron su horizonte y le permitieron construir un entrenamiento técnico y conceptual propio, alejándose de esquemas rígidos y buscando una voz personal.
La rigidez institucional no fue un impedimento definitivo, sino un entorno que lo obligó a sostener propuestas experimentales aun cuando estas no encajaban en los parámetros tradicionales.
Mezcla de formatos y disciplinas
Su obra se caracteriza por la mezcla de disciplinas y formatos, una hibridación que atraviesa pintura, gráfica, instalación e intervención de espacios públicos.
“Me entrené en pintura y ética, me titulé por un proyecto de instalación, pero básicamente casi toda mi carrera hasta la fecha ha ido entre el impreso convencional y experimental”, comentó.
La etapa posterior a la carrera implicó enfrentarse a la incertidumbre laboral, un momento donde la disciplina volvió a ser el principal sostén frente a la falta de oportunidades inmediatas.
Recordó que sostener una postura propia dentro de los espacios académicos no siempre resultó sencillo, pero identifica que, aun en medio de la rigidez institucional, encontró algunas voces que abonaron a su proceso formativo y le permitieron reafirmar la necesidad de continuar pese a la falta de certezas al egresar.
“Fue muy difícil, pero sí pude encontrar unas dos o tres voces, más que apoyar, enriquecieron este procedimiento. Es más fácil obedecer y sacar 10 que proponer algo nuevo, o más bien algo que no es el discurso de tu profesor.
Tenía claro que tenía que seguir, entonces, cuando terminé la carrera, me pasó lo que a todos, hay incertidumbre porque ahora sí es la vida verdadera y yo creo que la parte más difícil de esta carrera es cuando sales de un curso y piensas que te vas a comer el mundo pero no es cierto, nadie te contrata”, señaló.
Proyección internacional y enseñanza
Las experiencias internacionales también implicaron riesgos físicos y desafíos extremos, asumidos como parte del compromiso con su trabajo artístico. En ese recorrido, recuerda uno de los episodios que más marcaron su trayectoria por las condiciones climáticas y las consecuencias corporales que enfrentó durante el proceso creativo.
En la Tercera Bienal de Islandia, donde ganó siendo el primer iberoamericano que participaba, la consecuencia fue una quemadura de tercer grado por la exposición de tres semanas al frío intenso.
En Japón perdió tres dedos aunque también ganó. En Corea se lastimó la columna pero quedó como el mejor artista moderno de allá.
Su obra ha circulado en distintos países, enfrentando incluso obstáculos logísticos que terminaron por integrar su trayectoria internacional. Entre esos episodios, menciona un proceso aduanal en Argelia que modificó el destino de varias piezas y derivó en nuevas incorporaciones institucionales.
La percepción del arte mexicano en el extranjero, afirma, se sostiene en el respeto y en la capacidad de competir con propuestas propias. Desde su experiencia en exhibiciones y bienales, identifica una valoración vinculada a la identidad cultural y a la consistencia del trabajo presentado.
Toluca, como espacio de creación, también forma parte de su reflexión sobre el reconocimiento cultural y la falta de sistemas que visibilicen a los creadores locales. Al referirse a la capital mexiquense, señala una riqueza artística que, a su consideración, no siempre encuentra mecanismos formales de difusión.
“Falta un sistema, no de apoyo, sino de reconocimiento”, comentó.
La docencia se ha convertido en otra vertiente de su labor, entendida como una responsabilidad formativa más allá de la técnica. En el aula, explica, identifica un espacio donde la pedagogía mantiene un valor central pese a las condiciones económicas del ejercicio profesional.
Desde su posición independiente, vincula la práctica artística con la formación familiar y con la idea de disciplina como eje estructural de su vida. En esa reflexión, enlaza su historia personal con el esfuerzo de sus padres y el sentido de libertad que buscó preservar.
Al proyectar su papel como formador, expresa un interés por reducir los obstáculos que enfrentan nuevas generaciones, particularmente aquellas provenientes de contextos rurales. Su aspiración se orienta a que el acceso a la profesionalización tenga efectos colectivos y no solo individuales.
La historia de Armando Gómez Martínez se traza entre disciplina, riesgo y formación continua. Desde Toluca, su obra ha cruzado fronteras sin desprenderse de un proceso construido a partir del entrenamiento constante y la convicción personal. Más que una narrativa de talento espontáneo, su recorrido evidencia que el arte también es resistencia, método y enseñanza, una práctica que se alimenta del aprendizaje y que encuentra en la gráfica un territorio para dialogar con el mundo sin perder origen.
Variada y ecléctica pero también arriesgada, son adjetivos que pueden calificar la obra de Armando Gómez. Foto Especial
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