La escritora Berenice Andrade Medina habla con la serenidad de quien ha convertido sus propias batallas en material literario. Su primera novela, Nadie recuerda su propia muerte (Random House), ganadora del Premio Mauricio Achar, es un viaje a la sierra oaxaqueña y a los abismos de la mente, donde los trastornos de ansiedad se cruzan con la fuerza de las creencias populares y las herencias familiares.
De esa experiencia íntima surge el impulso de narrar cómo las emociones, los pensamientos y las dudas de quienes padecen alguna condición mental se entrelazan con el pensamiento mágico, las tradiciones comunitarias y los prejuicios heredados.
“Desde hace varios años vivo con un trastorno de ansiedad que gracias a la psiquiatría he aprendido a controlar y con el que he aprendido a vivir. Eso me llevó a interesarme en narrar las sensaciones y pensamientos de alguien con un trastorno mental, pero también en mostrar cómo convive con las creencias familiares.
“Crecí en un entorno muy arraigado al pensamiento mágico, donde los síntomas podían confundirse con ‘maldiciones’ o ‘embrujos’. Esa dualidad me parecía fascinante y fue la semilla de la novela, que comencé a escribir en 2017 gracias a la beca Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca).
Gregoria: depositaria de la maldición
La protagonista, Gregoria, encarna lo que Andrade define como “el último eslabón de la cadena de traumas transgeneracionales”. En su figura se acumula el dolor de una familia marcada por carencias, supersticiones y un destino que parece inevitable
“Gregoria es el último eslabón de una cadena de traumas y carencias heredados. Es la depositaria de la maldición familiar: todo el dolor acumulado por generaciones recae en ella.
“Quise mostrar cómo los traumas transgeneracionales forman parte de nuestra identidad y cómo en pueblos del sur de México, aún en pleno siglo XXI, se habla de maldiciones, embrujos o hechizos cuando alguien sufre un trastorno mental”, explica Berenice Andrade.
En pueblos del Istmo de Tehuantepec —escenario de la novela e infancia materna de Andrade—, el trastorno mental aún suele leerse como embrujo o maldición. Para la escritora, esa visión no debe despreciarse.
“No lo veo necesariamente como algo negativo. Son formas de explicar la existencia en comunidades que a menudo no tienen acceso a la medicina ni mucho menos a la salud mental.
“Aunque nací en la Ciudad de México, pasé parte de mi infancia en Reforma de Pineda, Oaxaca, con mis abuelos. Ese paisaje, tan distinto a la capital, se quedó en mi inconsciente. Cuando comencé a imaginar historias, inevitablemente ocurrían ahí. Además, acontecimientos como el terremoto de 2017, que devastó pueblos de la región, reforzaron la necesidad de que la novela sucediera en ese territorio”, comentó.
El absurdo y el humor negro para sobrevir
Aunque no fue su intención inicial, la crítica ha destacado el humor negro de la novela. Andrade lo asume con naturalidad.
“Si uno plantea la anécdota del libro —una mujer con ataques de pánico que cree que una sirena la persigue— es absurdo. Y en ese absurdo, en medio de la tragedia, aparece la risa, la ironía que se vuelve también un recurso de sobrevivencia.
“Yo no me propuse escribir una novela que provocara risa.Y en México, incluso frente al dolor, el humor negro es parte de nuestra forma de resistir”.
—Muchos lectores encuentran en tu libro un espejo de sus propias historias familiares, donde también hay maldiciones heredadas. ¿Eso fue intencional?
“Creo que sí. En México todos hemos escuchado frases como: “Ustedes cargan una maldición porque un tatarabuelo hizo algo malo”. Son mitos que se heredan igual que un terreno o una casa. Y funcionan como profecías autocumplidas que moldean la vida familiar. Esa idea de la maldición me parecía central para hablar de cómo construimos nuestra identidad”.
La novela toca un tema delicado: la salud mental en un país con tantos prejuicios.
“Sí, aún hay miedo y desinformación. En comunidades sin acceso a servicios médicos, mucho menos de salud mental, las figuras de curanderos o parteras cobran gran importancia. Y aunque poseen saberes valiosos, también se generan confusiones graves: alguien con un trastorno bipolar, por ejemplo, puede ser visto como embrujado en lugar de recibir atención médica. Para mí era fundamental abrir esa conversación y contribuir a quitar el estigma”.
El premio Mauricio Achar: un impulso vital
Para la autora, recibir el premio Mauricio Achar significa mucho más que un reconocimiento literario.
“He seguido el premio a lo largo de los años y de ahí han surgido novelas que me han encantado. Que Nadie recuerda su propia muerte esté entre ellas es un honor y un orgullo. Representa un aliciente para seguir escribiendo, aunque sabemos lo difícil que es encontrar el tiempo y la disposición emocional”.
Andrade asume el reto de continuar su carrera literaria sin dejarse atrapar por las exigencias de un mercado acelerado.
“La literatura responde poco a la lógica comercial, y eso le quita presión. Escribir es un trabajo de resistencia”, afirma.
Una voz que dialoga con lo íntimo y lo colectivo Nadie recuerda su propia muerte se inscribe en una tradición literaria mexicana que entrelaza lo íntimo con lo colectivo, lo personal con lo mítico.
Andrade, desde sus recuerdos de infancia en Oaxaca hasta su experiencia con la ansiedad, construye una historia donde las maldiciones heredadas, los prejuicios y la salud mental conviven en un territorio que es tanto geográfico como emocional.
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