Carlos Salgado Salmerón, maestro mezcalero originario de Tlatlaya, forma parte de una generación que ha impulsado el posicionamiento del mezcal producido en el Estado de México. Su historia está ligada al trabajo familiar, a la tierra y a un proceso que tomó años antes de dar su primer destilado. En el último año, su mezcal ha obtenido reconocimientos internacionales y ha sido ubicado entre los mejor evaluados del país, en un contexto en el que el mezcal mexiquense busca consolidarse rumbo a 2026.
Uno de los primeros productores en alcanzar la denominación de origen del destilado, narra su travesía para lograr la aceptación del consumidor
El mezcal que produce lleva por nombre “El Cabrigo”. Carlos tiene 30 años y su acercamiento al mundo del agave comenzó entre los 20 y 21 años, cuando la idea de producir mezcal todavía era un proyecto lejano que se mencionaba únicamente en reuniones familiares.
La historia de este proyecto se remonta a la tradición ganadera de su familia y a una inquietud que durante años no se concretó. En esos encuentros, la conversación giraba en torno a la posibilidad de elaborar una bebida propia, aunque sin una ruta clara para hacerlo realidad.
“Como tal, la historia comienza con la familia, pero nosotros no nos dedicábamos a esto, siempre hemos sido familia ganadera, pero ahora sí que pues en reuniones en Navidad o en estas épocas siempre soñábamos con poder hacer nuestro propio tequila o nuestro propio mezcal, pero siempre se quedó como en el aire, hasta que por ahí del 2016 tomamos la iniciativa de hacer las primeras plantaciones, reactivar el rancho, pero con plantaciones de maguey. Ahí nos empezamos a empapar en todo este mundo del agave y a partir del 2019 fue que empezamos a tener nuestras primeras, nuestras primeras plantas listas”, relató.
Antes de dedicarse por completo al mezcal, Carlos estudió Administración de Empresas y trabajó en una agencia de viajes, donde se desempeñaba en el área de cuentas. Su vida laboral transcurría fuera del campo, hasta que la pandemia por la covid-19 modificó sus planes y lo llevó a replantear su futuro profesional.
La recuperación del rancho familiar no fue inmediata ni sencilla. El terreno había permanecido abandonado durante varios años y las condiciones no eran favorables para iniciar de inmediato con un proyecto productivo de esta magnitud.
“Siempre digo que fue una Odisea, porque el rancho ya tenía mucho tiempo abandonado, tenía unos siete u ocho años, mis abuelos por edad ya no podían trabajar. En 2016 empezamos con más o menos una hectárea más, a cercarla, a limpiar y pues poco a poco fuimos comprando planta de agave cupreata y recolectando para poder introducir nuestro agave endémico”, relató.
El regreso definitivo al rancho implicó asumir compromisos y redefinir prioridades familiares. La decisión fue colectiva y se tradujo en una apuesta de largo plazo, centrada casi por completo en el cultivo del agave.
Primeros destilados y aprendizaje
El proceso para obtener el primer destilado no fue inmediato. Pasaron más de cinco años desde las primeras plantaciones hasta que el mezcal comenzó a materializarse como producto terminado, en un aprendizaje que se dio fuera de su municipio.
“Fueron unos seis años, ya que habíamos comprado una planta grande, eso nos ayudó a tener nuestros primeros acercamientos y pues gracias a Dios tuvimos gente en Tonatico que fue la que me enseñó a mí a hacer mezcal. Yo rentaba la fábrica y el señor de ahí fue quien me empezó a decir cómo hacerle, me instruyó para yo poder volverme un productor, hasta cierto punto”, comentó.
El traslado de Tlatlaya a Tonatico implicaba un trayecto de aproximadamente seis horas. Durante ese tiempo, Carlos permanecía largas temporadas fuera de casa, involucrándose directamente en cada etapa del proceso productivo, acompañado por Eduardo Vázquez quien lo dirigía. Esta jornada duró cerca de tres años, relató.
Con el paso del tiempo, comenzó a asumir el control total de la producción, aunque siempre bajo la supervisión inicial de quien le transmitió el conocimiento.
La experiencia acumulada le permitió regresar a su municipio y comenzar a producir en su propio territorio, sin dejar de reconocer la importancia del aprendizaje constante.
“Sigo yendo a conocer, pero actualmente ya tengo mi propia fábrica en Tlatlaya, entonces ya todo el proceso lo hacemos acá, en San Antonio del Rosario, pero voy a visitar a mi gran maestro porque de alguna manera sigo joven, entonces hay mucho todavía que tengo que aprender y las dudas que de repente llegan a salir”, comentó.
La fábrica y los retos de la certificación
La construcción de su propia fábrica de mezcal representó un nuevo reto, principalmente por las condiciones económicas y la disponibilidad de recursos naturales, especialmente el agua. Actualmente, el proyecto se encuentra en proceso de certificación para cumplir con los lineamientos oficiales.
“ Nos dedicamos a hacer ollas de captación para, de alguna manera, tener nuevamente un pozo para poder sostenernos en cuestión de agua”, relató.
Durante los primeros años, la incertidumbre fue una constante. El cambio de estilo de vida y la falta de experiencia en la comercialización representaron obstáculos que tuvo que enfrentar sobre la marcha.
“Mentiría si te dijera que siempre anduve muy seguro, la verdad sí había miedo en el tema de que quería tener una estabilidad económica, saber si realmente iba a funcionar este proyecto o no. Hubo muchas cosas con las que siempre estuvo la duda ahí, pero quiero pensar que la vida me sonrió porque los primeros cuatro o cinco años fueron los más difíciles, adaptarme, cambiar mi estilo de vida, buscar, moverme, yo no sabía vender y gracias a esto tuve que aprender a saber cómo hacerlo. Fue un reto muy grande, pero la verdad es que hoy por hoy puedo decir que ha sido lo más bonito que me ha pasado en mi vida porque lo disfruto como no tienes una idea”, comentó.
El reconocimiento y la denominación de origen
La participación en concursos fue un paso que decidió dar tras observar el desempeño de otros productores y con el impulso de personas cercanas a su proyecto.
“La primera oportunidad que tuve fue gracias a uno de mis grandes amigos, Alejandro Reza, que él siempre fue el pionero aquí en el Estado de México” señaló y añadió que a pesar de las dudas le entusiasmaba participar con maestros mezcaleros.
El acompañamiento fue clave para cumplir con los procesos administrativos y logísticos que implican estos certámenes.
“El trabajo con Alex fue fundamental, él nos ayudó mucho,con la CONCAEM, prácticamente ellos hacían todo el trabajo por nosotros, lo único que teníamos que hacer era llevar las muestras. Él fue quien trabajó para que nos animáramos y hacía toda la chamba por nosotros en principio, llenaba formularios, juntaba muestras”, señaló.
Los resultados llegaron con reconocimientos de alto nivel, en concursos donde participan destilados de todo el país y del mundo.
“Gané una medalla oro en el Concurso Internacional de Bruselas y el segundo es una medalla gran oro que está considerada como el máximo galardón en el concurso, posicionando mi mezcal como uno de los mejores ocho de todo el país y prácticamente el mejor del Estado de México en este año, esa medalla casi no la dan, solo hay ocho mezcales en toda la República”, comentó.
Antes de contar con la denominación de origen, la recepción del producto era distinta. En espacios de venta y promoción, el mezcal mexiquense enfrentaba cuestionamientos constantes.
“Era muy cruel, te voy a contar una anécdota que me pasó antes de que nos dieran la denominación, estaba en el centro de Metepec vendiendo y se acerca una persona, llevaba una marca de mezcal de Guerrero, le queríamos ofrecer para que probara el producto y me dice: no. Yo no pruebo cosas del Estado de México porque para empezar no tienen la denominación de origen y eso no se puede llamar mezcal ni siquiera destilado, eso quién sabe qué sea”, relató.
A pesar de ese contexto, el trabajo continuó y el proyecto se sostuvo con la expectativa de un reconocimiento formal. No había apoyo en eventos, no reconocían un producto con una trayectoria histórica por la falta de denominación.
Comentó que obtener la denominación abrió nuevas expectativas para el futuro inmediato y para el posicionamiento del mezcal producido en la entidad, por lo que consideran que 2026 va a ser de trabajo constante para poder poner el mezcal en su máximo esplendor.
Los planes a corto plazo incluyen ampliar la distribución, fortalecer la presencia de la marca y dar visibilidad a su municipio, que pocas veces es conocido por su actividad productiva.
Entre sus objetivos también se encuentra el desarrollo de ediciones limitadas y una relación más cercana con consumidores que busquen productos específicos.
“Quiero tener una línea exclusiva de 100 o 24 botellas de un añejo y lograr tener una lista de espera o clientes que lo busquen conseguir año con año. Siento que se van acomodando las cosas de la vida con la denominación de origen, con cosas que ya veníamos trabajando”, comentó.
A futuro, Carlos visualiza un proyecto consolidado, con el rancho plenamente operativo y una producción enfocada en la calidad y la distribución estratégica. Su mirada está puesta más allá del mercado local, con la intención de llevar el mezcal mexiquense a otros países.
“En 10 años me encantaría poder tener ahora sí que ya mi rancho al 100% porque todavía falta mucho que trabajar, lo llevaré a un 40% de lo que tenemos la idea, tenerlo bien establecido, tener una bodega subterránea donde tener todas las cosechas de mezcal que se van a sacar en producción limitada y estar, pues ahora sí que ya dirigiendo un negocio donde mi mayor preocupación sea a dónde vamos a mandar este producto, pues ahora sí que viendo si mando a China, Australia, Estados Unidos, viendo cuál es la frontera a la cual vamos a llegar”, relató.
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