A la orilla de la alberca de cinco metros, el agua permanece inmóvil como si aguardara una señal. La tranquilidad de la superficie contrasta con los ecos de tanques y cinturones de lastre al colocarlos en el piso, y de mangueras que expulsan aire para asegurar su función.
Para Patricia Hernández, instructora de buceo, sumergirse es un ejercicio de autodisciplina y asombro; una ruta hacia lo desconocido
Patricia Hernández se inclina para acomodar y asegurar una válvula. “No hay que apretarla porque después, con la presión, no podrán quitarla”, afirma. Al borde de la alberca da instrucciones a tres alumnos que se preparan para sumergirse.
Su tono es el de alguien que sabe que la seguridad del buzo depende de esos ajustes: una válvula bien colocada, un chaleco bien drenado, las aletas bien puestas, los visores preparados para que no se opaquen.
Mientras habla, se mueve como quien ha repetido esa rutina durante 17 años. Son las primeras horas de la mañana y desde el agua sube un ligero aroma a cloro. El ritual de preparación casi concluye y se acerca el momento de la inmersión.
Patricia, instructora de la escuela Rango Extendido, en la colonia La Herradura, habla del buceo como un agricultor del campo. Para ella todo comenzó con una historia de amor: “Mi esposo ya buceaba, era rescue diver, y me dijo —en ese momento éramos novios— que buceáramos para que pudiéramos hacer juntos, una actividad que él ama”.
Desde entonces lleva toda una vida bajo el agua. “Desde el primer momento me encantó”, agrega, y al hacerlo revisa el medidor de presión y profundidad del que depende la vida cuando te adentras en el agua.
Sus ojos se abren cuando habla de lo que más le emociona al bucear. “Es como meditar”, dice. “Vas hablando contigo. Vas pensando en lo que haces. Tienes un autocontrol personal. Es, de verdad, una conversación muy íntima contigo”, asegura.
Lecciones profundas
Y no menos importante es la vida marina: “Te encuentras con un tiburón, una tortuga, una vida minúscula. Es emocionante, divertido, colorido, y aprecias mucho nuestro hogar común que es el planeta”.
Esa mirada amplia reaparece cuando reflexiona sobre el impulso humano por explorar lo desconocido. Recuerda que hemos mirado al espacio, escalado montañas, descendido al mar. “Sabemos más del espacio exterior que de las profundidades del océano”, afirma.
“El ser humano siempre ha sido explorador de mundos diferentes y extraños. Vale mucho la pena realizar ese tipo de exploración para tener precisamente una línea directa con el planeta y cuidarlo mejor”, remarca.
La alberca a sus espaldas parece confirmar sus palabras. Ahí comienzan las primeras lecciones: cinco clases de teoría, cinco sesiones en aguas confinadas, y luego cuatro inmersiones en mar para obtener la certificación. Patricia compara el proceso con aprender a conducir: algunos avanzan rápido, otros necesitan más tiempo. “El buzo tiene que sentirse listo para el siguiente paso”, insiste.
“No es requisito saber nadar”, aclara. Basta con no temer al agua, con atreverse a flotar. El chaleco es un salvavidas y la seguridad se construye con la práctica.
Admite que sí, hay gastos: cursos, equipo, viajes como los que organiza Rango Extendido para ampliar la experiencia. Pero con el tiempo, como en muchos deportes, la práctica se vuelve más accesible.
Habla de Luis Sánchez, el fundador, quien ha pasado casi 50 años bajo el agua. “Es uno de los buzos más reconocidos en el mundo. Es un excelente maestro”, recalca.
Ella llegó como alumna; hoy es instructora. Algo que parece tan natural como el clic que se oye al colocar la válvula que une la boquilla al tanque. Un gesto sencillo. El sonido de una puerta que se abre a un mundo misterioso y maravilloso.
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PAT

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