En Desastres naturales (Dharma Books), la escritora mexicana Tayde Bautista construye una novela incómoda, perturbadora y profundamente humana.
Tras la muerte de Elena, su esposa, el protagonista emprende una suerte de cartografía del duelo: dibuja su cuerpo fragmentado sobre el mapa de México, hace coincidir la ausencia con huracanes, inundaciones y terremotos, y convierte la geografía nacional en un espejo de su devastación interna.
“No se trata solo de una historia de amor roto o de una exploración del suicidio; es, ante todo, una reflexión literaria sobre la obsesión, el control, la culpa y la imposibilidad de prevenir ciertos derrumbes, tanto emocionales como sociales”, responde la autora.
Desde sus primeras páginas, la novela coloca al lector en un territorio inestable. La mente del narrador —un hombre controlador, violento y profundamente herido— se convierte en el verdadero epicentro del desastre. Bautista no busca redención ni consuelo: elige habitar la incomodidad.
“Esta novela se empezó a crear de pedazos, y esa fragmentación atraviesa tanto la estructura como la psicología del relato. El duelo no es lineal, el recuerdo no es confiable y la memoria funciona como un territorio sísmico donde cualquier movimiento puede detonar una réplica”, explica la autora.
La idea germinal del libro no surge únicamente de una experiencia personal, sino de una trayectoria profesional marcada por la observación directa de la tragedia. Hace más de una década, Tayde Bautista trabajó como corresponsal para la Organización Mundial de Protección Animal, una labor que la llevó a acompañar desastres naturales en distintas regiones del país.
“Me tocó el desastre de Tabasco, la inundación de Tabasco, y me tocaron varios”, recuerda. Ahí descubrió un patrón que se repite una y otra vez: la falta de prevención. “Uno de los problemas era la prevención. Cuando llegabas no había prevención, nunca se contemplaba en los programas de gobierno. La gente que siempre sale muy afectada son las personas que no tienen recursos y que están en la calle, se quedan sin casas, sin nada”, recuerda.
Esa constatación se quedó grabada en su memoria y, con el tiempo, se transformó en materia literaria.
Desastres naturales
Desastres naturales propone una analogía potente: así como las tragedias climáticas se agravan por la negligencia y la falta de previsión, las relaciones humanas también colapsan cuando se ignoran las señales de alerta.
“Quise unir la relación de pareja con los desastres naturales que nos afectan a nivel mundial”, explica Bautista. “A veces se podrían controlar, a veces no; te arrastran y te llevan”.
El protagonista de la novela vive atrapado en esa lógica. Tras el suicidio de Elena, su mente comienza a maquinar escenarios alternativos, hipótesis imposibles, acuerdos que nunca existieron.
“La narración se llena de preguntas sin respuesta: ¿qué hubiera pasado si hubieran hablado?, ¿si hubieran pactado una relación abierta?, ¿si el control hubiera cedido espacio al diálogo? “La mente te manipula y te hace imaginar muchas cosas”, dice la autora.
“Uno mismo empieza a imaginarse: ‘si hubiera hecho esto, si hubiera pasado esto’”.
La obsesión por controlar al otro atraviesa toda la novela y se convierte en uno de sus núcleos más inquietantes.
“Siempre es el control sobre el otro, esta obsesión de controlar a las otras personas”, señala Bautista.
“El silencio, los secretos y la incapacidad de nombrar lo que duele terminan por erosionar cualquier vínculo. No hay idealización del amor; hay, en cambio, una exposición cruda de sus zonas más oscuras: la infidelidad, el chantaje emocional, la violencia simbólica y la dependencia”.
Uno de los retos más significativos de Desastres naturales fue la elección de la voz narrativa. Bautista decidió escribir desde una perspectiva masculina, una decisión que no es inocente ni gratuita.
“Para mí el reto en esta novela fue que quise hacerla con una voz masculina. Muchas mujeres escriben sobre mujeres y muchos hombres escriben sobre mujeres. Y dije: ‘Me gustaría hacerlo al revés, a ver qué sucede’”.
“El resultado es un narrador incómodo, a ratos repulsivo, cuya violencia no está edulcorada ni justificada”.
Bautista es consciente de que esta elección puede generar resistencia. “Sé que a muchas personas les puede perturbar”, admite. “Creo que también puede llegar a hacer una crítica, pero no me interesó. Cuando tú escribes creo que tienes que seguir tus instintos y las voces de tus personajes, no tanto pensar en lo que van a decir o cómo te van a criticar”.
En tiempos donde los discursos públicos suelen exigir posiciones claras y moralmente correctas, Desastres naturales apuesta por la ambigüedad ética y la complejidad psicológica.
El protagonista no es un héroe ni una víctima ejemplar
El protagonista no es un héroe ni una víctima ejemplar; es un hombre violento, contradictorio y profundamente humano.
“Obviamente es una voz violenta, pero creo que la literatura va más allá de eso. La novela no busca absolverlo, sino mostrar cómo opera la violencia desde dentro, cómo se justifica, cómo se normaliza y cómo termina por destruirlo todo”, comenta la autora.
Otro de los aspectos más provocadores del libro es su tratamiento del erotismo. Desde las primeras páginas, el cuerpo aparece fragmentado: pies, uñas, piel. No hay idealización ni belleza normativa.
Bautista subvierte la lógica del deseo hegemónico y se detiene en aquello que suele considerarse feo o imperfecto.
“Estamos acostumbrados a que todo tiene que ser perfecto”, reflexiona. “La mercadotecnia nos ha vendido que los cuerpos y el deseo tienen que ver con formas perfectas, con pies muy definidos, con manos hermosas”.
En Desastres naturales, el deseo se desplaza hacia otros territorios.
“Muchas veces el deseo también tiene que ver con la carne, con la piel, con las deformidades”, explica.
Hay incluso un tono irónico y burlón en ciertos pasajes, como cuando el narrador describe la presión de unos pies que reconoce como feos. “¿Por qué siempre tiene que ser hermoso? ¿Por qué tiene que ser un cuerpo perfecto?”, cuestiona Bautista. Para ella, la belleza es siempre relativa y profundamente subjetiva, y explorar esa diversidad es una constante en su escritura.
No elude el contexto de un país golpeado
La geografía juega un papel central en la novela, no solo como escenario, sino como estructura simbólica. El mapa de México se convierte en un cuerpo herido, atravesado por catástrofes que dialogan con el estado emocional del narrador. Esta mirada no es casual: Bautista es una escritora marcada por el desplazamiento, la observación y el viaje.
Durante años realizó crónica de viaje y trabajó como corresponsal, experiencias que ampliaron su forma de mirar el mundo.
“El viaje te da muchas posibilidades de ver las cosas, de alejarte”, afirma. Aunque hoy se mueve principalmente entre la Ciudad de México y Tepoztlán, mantiene intacta esa pulsión de observación que considera fundamental para cualquier escritor: “No importa que te vayas o no, lo importante es observar”.
La novela también dialoga de manera explícita con la realidad mexicana. Desastres naturales no elude el contexto de un país golpeado recurrentemente por tragedias climáticas y sociales.
“En México hemos sufrido muchísimos desastres naturales. Y aunque existen manuales y planes de prevención, la implementación suele fallar.
“Los gobiernos son muy cortos, no se siguen protocolos, las personas construyen en zonas peligrosas, en reservas, en lugares donde no se debería construir. A esto se suma el impacto del cambio climático, que intensifica la vulnerabilidad de los más pobres”, comenta.
Esta reflexión se extiende al plano emocional: así como las personas construyen casas en zonas de riesgo, también colocan el corazón en lugares peligrosos.
“Todo el tiempo”, dice Bautista. “Sobre todo cuando somos muy jóvenes, no lo piensas; siempre están las emociones a flor de piel”. El paralelismo entre territorio y afecto es uno de los hallazgos más potentes de la novela.
Más allá de su propuesta estética, Desastres naturales se inscribe en un contexto editorial complejo. Bautista conoce de primera mano las dificultades de publicar desde sellos independientes en un mercado dominado por grandes conglomerados.
“Vender en librerías y con los distribuidores te representa un mínimo porcentaje”, explica. “No ganas casi nada. Tienes que buscar ferias, vender directamente, salirte del canon”.
Frente a ese panorama, las librerías independientes y las redes sociales se han convertido en aliadas fundamentales. Clubs de lectura, presentaciones cercanas y ferias alternativas permiten un contacto directo entre autores y lectores.
“Ahí es donde nosotros estamos vendiendo. Es más cercano, hay más empatía”.
En ese circuito, Desastres naturales encuentra lectores dispuestos a dejarse incomodar, a habitar la incomodidad y a reconocer en la ficción un reflejo inquietante de la realidad.
Desastres naturales no ofrece consuelo ni moralejas. Es un libro que incomoda porque se atreve a mirar de frente la violencia emocional, el deseo torcido, la culpa persistente y la imposibilidad de reconstruirlo todo.
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