Clarice Lispector: La belleza y la pluma

Jimena Valdés Figueroa

Clarice Lispector: La belleza y la pluma

Voz Propia

Clarice Lispector: La belleza y la pluma

Jimena Valdés

Redacción
Enero 10, 2026

Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida
– Clarice Lispector

Conocí a Clarice hace poco, motivada por la lectura de Sandra Lorenzano, otra gran escritora que habla sobre y desde el exilio; ahí donde retomaba su definición como búsqueda espiritual y lingüística de un hogar que nunca se encuentra del todo, un estado de constante transición y extrañeza interior que define la experiencia humana.

La historia de Lispector está marcada por la persecución a su familia derivada de su origen judío y por el consecuente exilio, en el que tuvieron que emprender una historia nueva en Brasil siendo ella muy pequeña. Una historia que implicó no solo cambios geográficos, sino también en la manera de construir significados y en el mundo de vida.

Clarice Lispector, habla desde lugares profundos empleando lenguajes comunes. Escribe también desde y con las heridas.

Materializando la definición del glamour propio de su época (y en un sentido icónico yo pienso que también de esta), en palabras de Moser el curador de su obra: “es glamourosa en el sentido más antiguo de la palabra: como una hechicera literalmente encantadora, es un fantasma nervioso que recorre todas las artes brasileñas”.

Empleando con astucia las posibilidades de su clase supo también sentarse a escribir, haciendo de la escritura lo que ya antes Virginia Woolf definía como una habitación propia.

En sus palabras:

Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.

En los cuentos de Clarice, más que una obsesión por el hilo narrativo, encontramos incursiones íntimas basadas en sensaciones, encontramos mujeres de carne y hueso en las afrontas del día a día. La encontramos a ella en sus edades, sus miedos, en el gozo, en la plenitud y también en la pérdida y la vulnerabilidad. Encontramos a esa madre inquieta en las fiestas infantiles encontrando la subversión en aquello que parece no tenerla, en todo eso que ella misma nombra “la felicidad clandestina”, a la mujer que literalmente triunfa al hacer frente al miedo al abandono, en la que sabe sentir pero también en la que aprende a dejar de sentir, en la que se muestra orgullosa de su cuerpo, de su porte de su estilo y también en la que vive como pasó con ella “el viacrucis del cuerpo”.

Encontramos a Clarice y, en partes o por partes, nos encontramos todas.

En los cuentos de Clarice, más que una obsesión por el hilo narrativo, encontramos incursiones íntimas basadas en sensaciones, encontramos mujeres de carne y hueso en las afrontas del día a día.

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