Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

Cuando el destino no alcance

Voz propia

Cuando el destino no alcance

Ximena Valdés

Redacción
Septiembre 26, 2026

Cerca de mi casa hay una estancia infantil que presta servicios de cuidado subrogados por el IMSS. Cada mañana, al pasar frente a ella, observo la fila de madres y padres que llegan con sus pequeñas y pequeños pero cada vez que soy testigo de esa escena, me invade una sensación de ansiedad. Es inevitable: recuerdo los años en los que yo también atravesaba por ese ritual cotidiano.

Aún puedo evocar la sensación de alivio que experimentaba al sentarme frente a la computadora en mi oficina. Paradójicamente, llegar al trabajo representaba un descanso después de la odisea matutina. Primero fue la experiencia de criar a un recién nacido mientras cursaba un doctorado de tiempo completo, una condición que, por increíble que parezca, no otorgaba derecho a incapacidad por maternidad ni garantizaba condiciones mínimas para el cuidado, como espacios de lactancia o mecanismos efectivos de inclusión. Todo ello ocurría a pesar de que la edad promedio de quienes cursan estos grados académicos coincide con una de las etapas de mayor fecundidad para las mujeres.

Después vino la vida laboral formal. Empatar los cuidados de un niño de dos años con las responsabilidades y horarios de un cargo de mando medio tampoco resultó sencillo. Menos aún en un contexto donde los accesos al sistema de cuidados siguen siendo limitados y donde las exigencias cotidianas terminan convirtiéndose, muchas veces, en una invitación silenciosa para que las mujeres renuncien a sus aspiraciones profesionales, mientras los hombres reproducen los roles tradicionales de género. No por convicción, sino porque cuidar sigue siendo una tarea escasamente acompañada por las políticas públicas y las estructuras laborales.

Por eso, cuando observo a las familias llegar a la estancia infantil, entiendo perfectamente todo lo que implica dejar a hijas e hijos en las condiciones que exigen las normativas de estos servicios. Sé lo que significa descubrir que falta un pañal, correr para llegar a tiempo al filtro de ingreso o, peor aún, recibir en medio de la jornada laboral la llamada telefónica más temida: la de la estancia que solicita acudir en menos de 30 minutos porque, en pleno proceso de control de esfínteres, tu hijo agotó los cambios de ropa permitidos y no puede permanecer ahí en esas condiciones.

Mi historia no es la más difícil. Sin embargo, recordar los esfuerzos que la crianza y los cuidados implicaron para nuestra familia sigue produciéndome sentimientos encontrados. Por un lado, la felicidad inmensa de acompañar el crecimiento de mi hijo; por otro, la acumulación de obstáculos que era necesario sortear día tras día. 

Lo personal es político. Pocas experiencias son tan íntimas como la crianza y, al mismo tiempo, tan profundamente atravesadas por las decisiones colectivas. Los resultados de la Encuesta Intercensal 2025, presentados recientemente por el INEGI, ofrecen una radiografía clara de cómo las decisiones reproductivas están transformando la dinámica demográfica del país.

Entre 2020 y 2025, el promedio de hijas e hijos nacidos vivos por mujer de 12 años y más disminuyó de 2.1 a 1.9. La tendencia se encuentra estrechamente vinculada con factores educativos y socioeconómicos. Mientras las mujeres sin escolaridad registran un promedio de 4.9 hijos, entre aquellas con educación media superior o superior el promedio desciende a 1.2. La Tasa Global de Fecundidad también muestra una reducción sostenida al pasar de 1.9 hijas e hijos por mujer en 2019 a 1.2 en 2024.

Las diferencias territoriales son igualmente reveladoras. La Ciudad de México presenta la menor fecundidad del país, con apenas 0.8 nacimientos por mujer. Detrás de esta cifra pueden encontrarse múltiples factores: el costo y disponibilidad de la vivienda, las condiciones de inserción laboral, la infraestructura urbana, la disponibilidad de redes de cuidado, los cambios en las dinámicas familiares y la creciente participación de mujeres profesionistas en la vida económica y social.

A la par de la disminución de la fecundidad, México continúa avanzando en un proceso acelerado de envejecimiento demográfico. Entre 2020 y 2025, la edad mediana de la población pasó de 29 a 32 años. Esto significa que, en 2025, la mitad de las y los habitantes del país tenía 32 años o menos. La transformación viene acompañada por una menor proporción de población joven y un incremento gradual de los grupos adultos y adultos mayores dentro de la estructura poblacional.

Los resultados de la Intercensal no deberían pasar desapercibidos. Más allá de las cifras, anticipan los desafíos que enfrentaremos como sociedad en un escenario de mayor dependencia demográfica. Quizá, en lugar de insistir en la pregunta de por qué las personas jóvenes ya no quieren tener hijos, deberíamos formular otra: ¿qué condiciones políticas, económicas y sociales están moldeando esa decisión?

En 1973 se estrenó la célebre película distópica Cuando el destino nos alcance, una historia donde la humanidad enfrentaba las consecuencias de la sobrepoblación, la escasez de recursos y el deterioro ambiental. Medio siglo después, la realidad parece obligarnos a replantear la pregunta desde una perspectiva distinta. Ante los cambios demográficos actuales, ¿qué significa pensar en un escenario donde el destino ya no alcance? ¿Qué decisiones de política pública debemos impulsar para sostener una sociedad cada vez más envejecida y dependiente? ¿Y qué tipo de redes comunitarias, formas de organización e intercambios solidarios tendremos que construir para garantizar un futuro verdaderamente sostenible?

Son preguntas que hoy pongo sobre la mesa. Quizá porque, a la distancia de aquellos años de ansiedad cotidiana que alguna vez compartí en este espacio, entiendo que detrás de cada decisión reproductiva hay mucho más que una elección individual. Hay sistemas de cuidado, mercados laborales, políticas públicas y expectativas sociales que terminan configurando las posibilidades reales de construir una familia. Y es precisamente ahí, en ese punto donde lo íntimo se encuentra con lo colectivo, donde comienza la conversación que necesitamos tener.

Pocas experiencias son tan íntimas como la crianza y, al mismo tiempo, tan profundamente atravesadas por las decisiones colectivas.

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