En Santa María Rayón, la madera gira sobre el torno como una extensión del tiempo. Ahí, entre aserrín, formones y piezas que se transforman poco a poco, Guillermo Hinojosa Vidal, conocido por muchos como Don Memo, ha construido una historia artesanal que no proviene de una herencia familiar tradicional, sino de la curiosidad, la constancia y la convicción personal. Durante cinco décadas su vida ha estado ligada a la madera torneada y, en años recientes, a la bisutería artesanal que busca rendir homenaje a los oficios que han dado identidad al municipio.
Don Memo Hinojosa, madera y convicción
Su taller, llamado Jazmín, es hoy un espacio donde confluyen generaciones, técnicas y nuevas formas de pensar la artesanía. Pero el inicio de este camino fue distinto, marcado por el trabajo del campo y por un aprendizaje casi accidental que terminó por definir su destino. Don Memo recuerda con claridad cómo, siendo joven, el entorno lo fue acercando al torno sin imaginar que ahí comenzaría un legado.
“Originalmente era agricultor, pero ahora llevo 48 años dedicado a la artesanía. Enfrente de la casa donde yo crecí había un taller de molinillos, era de la familia López. Mi abuelo no quería que estuviéramos de flojos toda la tarde, porque gran parte estábamos de asueto, ahí nos fuimos a enseñar a tornear con molinillo. Tendría unos 16 o 17 años cuando íbamos más como pasatiempo, a quebrar formones”, relató.
Del campo al torno
El paso del tiempo fue transformando ese pasatiempo juvenil en una actividad cada vez más constante. La muerte de su abuelo marcó un punto de quiebre, no solo en la dinámica familiar, sino también en la manera en que comenzó a dividir sus días.
“Al paso del tiempo, cuando yo tenía 26 años, falleció mi abuelo y los hijos pasaron a tomar parte de lo que les correspondía; después, comenzamos a alternar la agricultura con la artesanía. De agricultor empezábamos de las 7:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde y con la artesanía en ocasiones los cuatro hermanos estábamos hasta las 2:00 de la mañana, como éramos jóvenes se nos hacía un polvo, se nos hacía fácil”, comentó.
Fue a inicios de la década de los ochenta cuando la artesanía dejó de ser un complemento y se convirtió en el eje central de su vida laboral. El contexto del municipio, donde la actividad artesanal era dominante, influyó de manera decisiva en esa elección.
Desde los 32 años se dedica por completo a la artesanía y aunque hoy habla de 48 años vinculado a la madera, su relación con el torno comenzó incluso antes de formalizarse como medio de subsistencia. Él mismo ubica el aprendizaje técnico a finales de la década de los sesenta, cuando aún afinaba los movimientos y la precisión que exige el oficio.
Piezas, cambios y resistencia
A lo largo de estas décadas, su trabajo ha atravesado distintas etapas, formatos y productos. Desde piezas utilitarias hasta figuras más elaboradas, cada fase representa un momento específico de su trayectoria y de las condiciones del mercado artesanal.
“Hemos hecho muchas cosas en estos 48 años, en diferentes fases, hasta el carrito de Eliot Ness. Ahora ya también intervienen mis dos hijas para armar la bisutería con el molinillo como base, porque la tierra del molinillo es Rayón”, relató.
Para él ninguna pieza es menor. Cada una tiene un significado propio y una historia ligada al contexto en que fue creada.
El escenario para la artesanía, señala, ha cambiado de manera drástica. Antes, los mercados y ferias ofrecían amplias posibilidades de venta, incluso fuera del país. Hoy, la competencia con productos industriales ha reducido esos espacios.
“En ese entonces la gente sí compraba más cosas y había artesanos que tenían la posibilidad de irse a las ferias grandes, como la de San Marcos, la Feria del Hogar, a Laredo, Piedras Negras; había quienes iban hasta Guatemala, Honduras o Panamá para vender lo que se hace aquí, como el molinillo, la cuchara, el molinete”, comentó.
Innovar para permanecer
Frente a ese panorama, la innovación se ha convertido en una necesidad más que en una opción. El maestro habla de cambios en los acabados, en el color y en la forma de presentar las piezas, así como de la falta de difusión que sigue afectando al sector.
“El reto más grande que tenemos es innovar, antes no se pintaba nada en bisutería y ahora sí. Además, los artículos chinos, que son los productos que más se venden por el precio, con eso también se da el regateo; antes lo que se daba era el pilón en vez del regateo. Hace mucha falta la difusión, está claro que cuando no se da a conocer el producto no se dan las cosas”, señaló.
A estos desafíos económicos se suman las afectaciones a la salud que conlleva el trabajo artesanal. El polvo de la madera y las largas jornadas de pie han dejado huella entre los artesanos de Rayón.
Pese a todo, defiende con firmeza la calidad del molinillo de Rayón, una pieza reconocida más allá del municipio por su técnica y acabado, resultado de un conocimiento transmitido entre artesanos locales.
“El molinillo está bien posicionado en todos lados, hacen en Oaxaca, Tlaxcala, en otros lados, pero lo mejor es Rayón por la calidad, la forma de hacerlo y sobre todo el acabado. Es la forma de seleccionar la madera, debe de ser aile o madroño 100%, pero la técnica del acabado es algo que solo conocen los molinilleros de acá. Yo lo hago hasta de 30 centímetros y es un producto apreciado en el mundo”, comentó.
Segunda generación y futuro
El trabajo de Don Memo no se queda en el taller. Junto con su familia, lleva sus piezas a distintos municipios del Estado de México y a otros puntos del país, manteniendo viva la relación directa con el público. No se trata de seguir modas, sino de transformar los objetos tradicionales para darles nuevas posibilidades de uso y permanencia, sin perder su esencia.
“No buscamos seguir tendencias en la artesanía, estamos innovando día con día, uno tiene que cambiar para innovar. Aquí en el taller hacemos balero, trompo, yoyo, molinillo, todo en bisutería, pero también se puede hacer en lapicero, en muchas cosas, y todo dibujado. Para mí es un orgullo llevarlo a las diferentes partes a donde vamos”, comentó.
El hecho de compartir el taller con sus hijas representa uno de los logros más significativos de su vida. Aunque no proviene de una familia artesana, hoy su historia ya se proyecta en una segunda generación.
El orgullo se refuerza al mirar hacia atrás y reconocer que todo lo construido ha sido fruto de una decisión personal, sostenida a lo largo del tiempo.
“Es un orgullo el saber que empezamos con una nueva línea de artesanos, pero es más orgullo saber que, sin ser un artesano tradicional o de herencia, por lo menos hemos hecho todo esto por convicción, así que para mí todo es un logro inmenso, el poder seguir torneando sin restricción alguna”, señaló.
Don Memo imagina un futuro distinto para quienes viven de la artesanía. Un escenario donde el oficio no esté marcado por la precariedad, sino por la posibilidad de una vida digna.
“La vida del artesano debe de ser que ya no tenga tantos problemas, que uno mismo generara sus propios recursos para que el artesano tenga una mejor vida, y quisiera que mis compañeros pudieran dedicarse más a la artesanía con un estudio de los proyectos y seguimiento por parte de las autoridades”, concluyó.
Su recorrido por la madera no solo es la historia de un oficio aprendido y perfeccionado con los años, sino la de una convicción que se volvió legado. Desde un taller que nació sin herencias artesanas, su trabajo abrió camino a una segunda generación que hoy continúa el torneado como forma de vida y de identidad. En cada pieza, aunque en miniatura, persiste una gran carga de historia, esfuerzo y paciencia, así como la certeza de que la artesanía no es pasado, sino una práctica viva que se transforma sin perder la raíz.
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