¡Itacenses! ¡Itacenses del mundo, uníos!
¡Ja, ja, ja! Siempre soñé decir esa frase desde el balcón del mundo y escuchar el clamor de la población lista para luchar por la justicia, la libertad, la honestidad y todas esas cosas que le dan terror a la gente, que las desconoce o corrompe.
Crecí en un mundo donde las cosas estaban muy claras y el chocolate espeso, cada quien desempeñaba un rol en el mini universo de mi familia.
Mi madre era la proveedora, mi padre era una eminencia científica, más bien una figura intermitente al estilo del Cometa Halley, un par de primas que vivían en mi casa y una señora que nos cuidaban. Teníamos actividades por realizar en casa, sin importar que éramos estudiantes, cada uno formaba parte de un rol que pugnaba por convertirnos en “personas de bien, lavar platos, tender camas, poner o recoger la mesa y barrer o trapear, sin importar que hubiera una persona que apoyaba con esas labores, mis hermanos y yo debíamos saber cómo hacerlo y hacerlo bien.
Cuando en algún momento las cosas se salían de control, éramos corregidos de manera clara, se hacía un alto, se nos concientizó de la falta cometida y se generaba una consecuencia del tamaño de la gravedad de lo sucedido, – por ejemplo, “¿decidiste no lavar los platos? Muy bien los lavarás toda la próxima semana.” – Fin de la discusión, cero gritos, cero berrinches.
Agradezco a la inteligencia de mi madre que no fuimos niños golpeados, ni vejados, ni maltratados. Fuimos niños que aprendieron que teníamos una dignidad y que nada, ni nadie tenía derecho a violentarla.
En cuanto a las tareas escolares todo estaba muy claro, había un sistema, un orden, se llegaba de la escuela, se retiraban los uniformes y nos cambiábamos con ropa de casa, nos lavábamos las manos y a comer, después de comer quien tuviera que retirar la mesa lo hacía y quien tuviera que lavar los platos también, comenzaba el tiempo de la tarea con un máximo de hora y media para cumplirlo.
Al término del tiempo se recogía todo, se preparaban las mochilas para el día siguiente, se sacaban los pijamas, y comenzaba el ritual del baño. Uno, tras otro. Yo primero, por mi cabello larguísimo de aquel entonces, luego un hermano y al final el otro, dejar el baño impecable. Leer, jugar, escuchar música y esperar a que mamá llegara. No fuimos hijos de Televisa.
A las 9:20 pm salíamos al balcón y ver la silueta de mi madre aparecer en la esquina de la calle, contener el aire, y saber que ya casi estaba en casa, luego bajar corriendo a recibirla, quitarle la bolsa, el portafolio y que su bata y pantuflas estuvieran listas para que tras bañarse cenara con nosotros.
Debo decirlo, fuimos hijos de un método y un sistema, creo que a lo largo de toda mi educación, jamás olvidé la cartulina, o la tarea o la biografía de Belisario Domínguez. El sistema y el orden nos protegieron siempre.
Obviamente todo lo anterior es producto de una madre metódica y comprometida.
Esa rutina nos preparó para un mundo inexistente, un mundo donde hay orden, consecuencias y honor. Un mundo donde nadie pretende sacar ventaja de nadie, ni lastimar la integridad del otro, ni hacerse “el listillo”.
Luego la vida me llevó a dar clases. Fui docente 25 años de mi vida, comencé como adjunta de mi profesor de inglés en la preparatoria y me enamoré de poder decir las cosas en otro idioma y de tener mucho qué decir.
Dejé de dar clases porque me di cuenta de que habitamos en un mundo distinto del mundo para el que me prepararon, donde a muchos padres simple y llanamente sus hijos les “valen madres”, donde los niños no tienen a nadie que respalde su educación. Y donde los encargados de paternar se adhieren al síndrome de Pedro Páramo y las encargadas de maternar se crecen al dolor de “ser madres luchonas”, con todo lo que el estereotipo sintetiza y diagnostica.
Luego se quejan de que “ya no hay valores, se han perdido y los chavos de esta generación, son un asco”.
¡Bienvenidos a lo que han creado, háganse cargo! Los valores están ahí donde siempre han estado, guardados en el cajón del ropero de la abuela, donde a nadie le daba flojera poner orden en su casa, escuchar y ver a sus hijos.
El hartazgo y la flojera nos tienen consumidos en un mundo donde alguien sale a buscar trabajo y no regresa, donde el silencio es la respuesta y donde las familias no hablan entre sí…
PAT
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