Para disfrutar a un perro, no es condición necesaria el entrenarlo para convertirse en parte humano. El punto está en abrirnos a nosotros mismos a la posibilidad de volvernos en parte perros.
Edward Hoagland
Escribo esta columna en domingo, con dos pares de ojos, de orejas elevadas, dos colitas juguetonas y ocho patas a mi lado observándome atentamente. Escribo esta columna, en un domingo en la felíz compañía de Onix y Frejya, a quien más que mis perros, quiero decirles mis compañeros de vida.
Mucho se dice actualmente, de la manera en la que ha proliferado la incorporación de las mascotas como integrantes de las familias: hablamos de perrhijos, de gathijos, de familias inter especie; lo cierto es que todo eso ha sido facultado por aspectos también coyunturales de nuestros tiempos como son la baja en tasas de natalidad, que no se dan solamente por la falta de deseos de paternar o maternar sino por condiciones estructurales como el costo de las condiciones básicas de vida, las debilidades de los sistemas de protección y cuidados, las características poco permanentes de sistemas de afiliación como lo puede ser el empleo, la inestabilidad en los esquemas tradicionales de movilidad social y también el auge de la ideología de consumo asociada a la reproducción.
En función de ello, hemos visto cómo las tendencias internacionales apuntan no sólo a tardar más tiempo en lo que a la reproducción se refiere, sino también en la toma de decisiones más centradas en la construcción de proyectos de vida cuyo centro deja de ser la configuración de una familia tradicional compuesta por madre, padre, hijas o hijos.
Lo cierto es que si bien este escenario ha facultado relaciones inter especie con ciertas particularidades como los espacios pet friendly, una pujante industria de todos los enseres necesarios para las mascotas e incluso los extremos artificiales de su humanización; también ha detonado aspectos de avanzada justicia como son las legislaciones proteccionistas de los seres sintientes. En particular la del Estado de México, en donde la Ley de Protección y Bienestar Animal ha sido actualizada para reconocer a los animales como seres sintientes, lo que implica que deben ser tratados con respeto y dignidad. Este ordenamiento busca proteger a los animales de compañía y en cautiverio, evitar el maltrato, garantizar su seguridad y bienestar, y proteger jurídicamente a los seres vivos contra las acciones y explotación que ejercen los seres humanos. Esta ley incluye la protección de los cinco dominios del bienestar animal entendidos como: nutrición, entorno, salud, comportamiento y estado mental.
De manera particular, me parece, que una legislación de esta índole rompe con paradigmas como el considerar a la especie humana como la única digna de recibir un buen trato; colocándonos en un escenario donde todos seres que sentimos somos merecedores de respeto, amor y cuidados. Descoloca ideas relacionadas con la dominación humana sobre las especies y con ello limita su poder sobre las decisiones de la vida y la muerte y sobre cómo se vive y cómo se muere y, desde su impacto en lo social, promueve un cambio cultural, en el que la crueldad, el abuso y el maltrato dejen de ser símbolos equivocadamente glorificados.
Reconoce además lo que ya desde el budismo social se apunta como el principio de interconexión de todos los seres y fenómenos plasmado en el famoso mantra que reza “que todos los seres seamos libres y felices”.
Y es que efectivamente, en lo que a mi experiencia hace, tengo en mis mascotas un entendimiento, una compañía y un amor incondicional que probablemente no encuentren formas de describirse en conceptos o palabras humanas; suscribo entonces lo que menciona Roger Caras cuando dice:
“Si no tienes un perro, probablemente no haya algo malo en ti, pero probablemente haya algo equivocado en tu vida”.
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