Su devoción por hacer las cosas bien había sido inquebrantable; todos sus éxitos habían dependido de ello, y habría continuado así indefinidamente. No entendía por qué, pero frente a esos edificios en ruinas y la hierba dispersa, no era más que una niña que nunca había vivido.
— Han Kang, La Vegetariana
Escribo esta columna desde un lugar, que en fechas recientes, se me ha vuelto cada vez más común: el del cansancio. Lugar que estoy segura comparto con muchos, pero en especial con muchas.
En los años 50 era tema recurrente e incluso eje de la poesía confesional el que las mujeres se situaran en una crisis de existencia a la que Betty Friedman en su “Mística de la feminidad” denominó “el problema que no tiene nombre”. El que, en resumidas cuentas, se trataba de la incomodidad de las mujeres que, a pesar de cumplir con las coordenadas: heterosexual-clase media-blanca, sentían de manera consistente por causas que desde una mirada ajena a su posición y circunstancia simplemente no se entendía.
A este problema sin nombre, se le dieron varias respuestas, unas basadas en la negación de este síntoma como resonancia de una enfermedad o incluso crisis del sistema sexo género mucho mayor, otras desde el saber médico en el que desde una mirada ajena se medicalizó no solo los cuerpos sino la experiencia íntima, la conducta y el pensamiento de las mujeres; y es que desde ese lugar, desde esa visión histórica en la que se nos ha concebido en falta, en progresión a igualar a lo masculino o incluso como pensaba Freud histéricas ante la envidia del pene, siempre hemos salido mal paradas.
Sin embargo, el día de hoy, pienso que el problema sí tiene nombre, se llama agotamiento, sobre exigencia, cansancio y también cosificación. Vivimos en esa espiral que desde la filosofía Byung-Chul Han ha denominado “la sociedad del cansancio”, en la que a diferencia de lo que planteaban pensadores como Foucault, hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una del rendimiento a donde nos hemos convertido en nuestros propios capataces.
Si bien, no es de negarse que en esta sociedad del cansancio no solo habitamos las mujeres, pienso que sus efectos guardan dimensiones de género. Gilles Lipovetsky en su obra “La tercera mujer”, señala que la mujer sujeto se define por la autonomía total y la libre disposición de sí misma. A diferencia de las olas feministas anteriores que luchaban por derechos colectivos, esta habitante de la vida posmoderna busca la realización personal, la libertad de elección y la autodeterminación en todos los ámbitos; la pregunta que pienso vale hacer a este proyecto es ¿Cuáles son los costos de esta autorrealización?
Hace unos meses, mi hermana, me compartía el libro de la escritora Coreana Han Kang: “La vegetariana”. Pocas lecturas me han estremecido tanto, pocas lecturas me han permitido la emergencia de los dolores y he de decir de sufrimientos tantas veces negados; efectivamente compartí con la protagonista el deseo de dejar de formar parte de un sistema que todo lo devora, pero probablemente no sabemos el cómo.
El mundo nos exige, nosotras nos hacemos lo mismo, incluso de peor manera, puedo estar equivocada, pero escuchando conversaciones entre mis pares genéricos y confrontándolas con las opiniones de quienes no lo son, he llegado a la conclusión de que somos muchas veces nosotras mismas quienes más duramente nos evaluamos; y efectivamente esto probablemente sea otro síntoma de la manera en la que hemos encarnado los propios mandatos del género.
Hace algunos días leía una columna en la que se menciona que el descanso “es la forma más alta de justicia social, que es un bien común y un asunto público, que requiere de unas condiciones materiales precisas para darse y que, aunque en este mundo sea ya casi un lujo reservado para unos pocos, debería ser un derecho para todos”. Es algo que suscribo y por eso espero que nos demos los permisos y las pautas de recuperar nuestro derecho no sólo al descanso, sino a la imperfección, al cambio y al paso del tiempo.
Que seamos críticas y críticos de la nuestra, una sociedad que niega lo otro y que vive estresada y tal vez también que hagamos el ejercicio de calibrar las ponderaciones y distribuir la energía en formas más justas, más sostenidas y que sus frutos sean a la larga, verdaderamente relevantes.
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