Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

El queso y los gusanos 

Voz Propia con Jimena Valdés

Redacción
Junio 20, 2026

Cuando hablamos de la historia, posiblemente vengan a nuestra mente los grandes relatos de héroes, las batallas, el auge y caída de los imperios, las fechas conmemorativas… la historia de los acontecimientos y no de los procesos.

De manera personal, siempre me ha gustado no sólo la historia, sino las historias; los relatos sobre mis ancestros, sus gustos, la manera en la que vestían y actuaban, incluso sus males… los saberes cotidianos, los eventos memorables, pasando también por los macro relatos y los sucesos. Sin embargo, fui también formada en mis primeros años de vida, bajo el esquema de la historiografía tradicional en la que había mucho que memorizar y poco que imaginar o situar.

En mis primeros semestres de vida universitaria, tuve la fortuna de coincidir con dos  maestras, una de ellas la Dra. Georgina Flores, quien es una apasionada de la enseñanza de la historia, pero no de aquella de los hombres de bronce, sino de la historia en la que confluyen el ir y venir de las personas, en la que inscrita en la perspectiva francesa de los Annales, dejamos de preocuparnos por la memoria y mejor entendemos el largo alcance, las mentalidades, los procesos, en la que lo privado se vuelve también relevante y en la que se da voz y presencia a grupos antes excluidos como las mujeres, las infancias, las poblaciones indígenas y afrodescendientes.

Esta perspectiva de la microhistoria, no se nos presentaría como lo que hoy es, sin los aportes de historiadores como Marc Bloch y Lucien Febvre quienes dan un giro al método histórico, ampliando las fuentes en las que se da valor a las prácticas cotidianas, a los sentimientos a las vidas de las personas. De este modo, se reposiciona también el papel del historiador, dejando de lado su papel como evaluador de los acontecimientos y dándole peso a su capacidad de narrar y de explicar. Bloch, en especial, aboga por una historia más humana; lo cual se materializa en su obra póstuma “Introducción a la Historia”, escrita sin apoyos bibliográficos, durante  el encierro que le interpuso el régimen Nazi al ser de origen judío y que fue recuperada y editada por Febvre de manera posterior a su fusilamiento.

Siguiendo con el hilo narrativo de mi propia historia, he de contar que mi interés por la microhistoria se afianzó, cuando tuve la oportunidad de pasar por las aulas de El Colegio de México y entonces la enorme fortuna de ser alumna de la Dra. Julia Tuñón Pablos. Recuerdo lo mucho que me emocionaba su clase de los miércoles por la tarde, en la que conocí la obra de Carlo Ginzburg “El queso y los gusanos”. En ella, da cuenta del relato de un molinero del siglo XVI acusado de herejía, dando un giro historiográfico al presentar la cosmovisión de este hombre olvidado para quién según su creencia, el mundo se había originado en un caos del que surgió “una masa, como se hace el queso con la leche, y en él se formaron gusanos, y éstos fueron los ángeles”.

Dando peso a las cosmovisiones de las personas, a sus palabras y sus propias formas de explicación, Ginzburg decía que él no hacía una historia para sus colegas, sino una historia para las personas; teniendo la capacidad de poder reconstruir estructuras sociales y culturales amplias, partiendo de un caso minúsculo.

A través de su método microhistórico, Ginzburg se ocupó de dar voz a los sujetos históricos marginados, nos habló de las brujas, de los campesinos, de las y los perseguidos, de la gente común, visibilizando las formas en las que, en el marco de la larga data, se han instrumentado formas de poder y opresión, de las que su propia familia fue víctima durante la Segunda Guerra Mundial.

Hace unos días partió Carlo Ginzburg, dejando un legado basado en la relevancia de lo pequeño, en el reconocimiento de que el terreno del historiador, es aquel que se constituye por los silencios, por lo que se ha querido esconder, por las historias que se han querido desechar al considerarlas irrelevantes, en las culturas orales y en la capacidad de hacer una reconstrucción de nuestras propias bibliotecas.

Tomemos como pretexto su viaje, en el que posiblemente ya se encuentra platicando sobre sus ayeres con Leone y Natalia sus padres, paseando por las ciudades invisibles con Italo Calvino e incluso  departiendo sobre el queso y los gusanos con Domenico;  para darnos la oportunidad de acercarnos a los pequeños mundos, a las mentalidades de las personas, a la resignificación por qué no, del devenir de nuestra propia historia. 

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