Con el ánimo aún de un joven, pero con la cabeza platinada y los ojos enmarcados por las arrugas, el ingeniero José Méndez García, con 43 años de servicio en Probosque, nos recibe, no en su oficina, sino en una zona arbolada de las instalaciones. Al acercarnos, termina su diálogo con uno de sus subordinados para darles indicaciones y nos saluda con gusto. Semanas antes este reportero lo había acompañado a realizar una quema controlada en Amatepec.
José Méndez, el guardián del monte que enfrentó al fuego
El ingeniero Méndez no es oriundo del Estado de México, pero adoptó esta tierra como suya. Al terminar su carrera de Ingeniería Forestal en el Instituto Tecnológico Forestal de Durango, en 1983, ya tenía un hijo con quien hasta ahora sigue siendo su esposa. Al no tener oportunidades claras en esta entidad, deciden irse a vivir a Toluca, donde se encontraba el entonces Organismo Público Descentralizado denominado Protectora e Industrializadora de Bosques, donde podría abrirse oportunidades, y es aquí donde tiene su primera experiencia.
Vió nacer a la Protectora de Bosques
Este organismo se convirtió en Probosque en 1990, así que nunca trabajó en otro lado. “Tiene hasta código de barras, ¿verdad, inge?”. “Sí, yo llegué fresquecito saliendo de la escuela”.
A sus 67 años, habla como quien no sólo recuerda una vida de trabajo, sino como quien todavía la está librando. No posa, no presume, no se adorna. Sentado en una banca sencilla, en esa mesa de madera donde a veces se reúne con su gente y a veces comparte la comida, reconstruye una historia que corre paralela a la de los incendios forestales en el Estado de México: la de un hombre que hizo de la prevención, la disciplina y la enseñanza una forma de estar en el mundo.
De Durango al monte mexiquense
Nació en Francisco I. Madero, Durango, en una familia ligada al campo. Dice que desde muchacho miraba a sus compañeros inclinarse por la agronomía, por el trabajo de la tierra. Él decidió moverse un poco de esa ruta, aunque sin abandonar el origen. Optó por la ingeniería forestal porque supo ver, en los bosques de su estado natal, un horizonte posible. La frase, dicha hoy con serenidad, tiene el peso de una decisión que lo arrancó de su tierra y lo trajo, recién egresado, hasta Toluca, con esposa, con un bebé en brazos y con la urgencia de encontrar trabajo.
El viaje no fue un salto al vacío, pero sí una apuesta. Unos compañeros de escuela ya habían probado suerte en la entonces Protectora e Industrializadora de Bosques y le dijeron que viniera, que quizá aquí había una oportunidad. “ Le dije a mi esposa: ‘nada más voy a ir hoy. Si me dicen que no, nos regresamos a Durango. Guarda los 100 pesos que tenemos para el camión’”. La escena todavía le provoca una sonrisa breve, de esas que apenas se asoman en los hombres hechos a la intemperie. Pero aquel día sí hubo respuesta. El ingeniero Farías, recuerda, lo recibió y le hizo dos preguntas: si sabía manejar y si tenía licencia. Luego vino la orden: “Se va ir mañana temprano a Jilotepec, presentarse a trabajar allá”.
“Fue un gustazo para mí, pues fue la puerta más grande que pudo haberse abierto”. Entró como auxiliar técnico. Su labor consistía en acompañar a los técnicos al bosque, seleccionar árboles para derribo y atender tareas ligadas al aprovechamiento forestal. Luego vinieron los contratos eventuales. Después, la base. El 1 de enero de 1985 quedó ya de planta. Desde entonces no se ha quitado el uniforme, ni siquiera en el ánimo.
La escuela del fuego
Cuando habla de su trayectoria, no enumera cuántos cargos ha ocupado, enumera trabajos. Transportar planta, atender viveros, llevar combustible a la maquinaria pesada, acondicionar suelos, entrar a incendios. En su memoria aparece un Estado de México con viveros en cada municipio, con brigadas que aprendían a fuerza de práctica, con una estructura forestal que se iba armando entre carencias y entusiasmo.
Probosque nació en 1990 y él, dice, nació con el organismo. Lo vio surgir, crecer y profesionalizarse. Dos años después llegó uno de los episodios que más lo marcaron: su capacitación en Estados Unidos, en el estado de Oregón, con los llamados Hot Shots, brigadas de primera línea en combate de incendios forestales.
“Fue una capacitación muy hermosa, porque aprendí muchísimo”, dice. Durante cuatro meses alternó clases teóricas con salidas inmediatas al campo cada vez que sonaba el beeper. No sabían cuántas horas durarían fuera, ni cuántos días. Sólo sabían que había que salir.
De regreso, quiso convertir esa experiencia en semilla. Reunió a su gente, armó un campamento y durante una semana compartió con sus compañeros el conocimiento aprendido. Allí empezó otra de sus vocaciones: enseñar. No sólo apagar incendios, sino formar combatientes.
“Esa es una constante. Es una preocupación mía el ver que nuestra gente esté lo mejor preparada”.
Dice “nuestra gente” una y otra vez. No es una fórmula de funcionario aprendida en las oficinas de gobierno, es pertenencia. A lo largo de cuatro décadas ha capacitado a miles, dentro y fuera de Probosque.Habla con orgullo de las visitas de alumnos de la Universidad Autónoma de Chapingo, de los jóvenes que se acercan a pedirle una oportunidad, de esa capacidad de detectar, casi de inmediato, quién sí tiene madera para el oficio y quién no porque el oficio es demandante pero además de experiencia requiere compromiso.
La parte más difícil
La plática le entusisma, igual que a este reportero, pero en el relato de José Méndez hay una zona donde su voz pierde firmeza. Ocurre al hablar de los muertos. De sus compañeros muertos. Recuerda con nitidez 1991, cuando un incendio de gran magnitud entre Donato Guerra y Villa de Allende dejó más de 2 mil 500 hectáreas afectadas y cobró la vida de un brigadista. Entonces no tenían todavía la preparación suficiente para entender rutas de escape, zonas de seguridad, cambios de viento. Eran otros tiempos y el fuego enseñaba con brutalidad. “Lo más triste para mí es darle la noticia a un familiar”.
No necesita adornar más la frase. La deja caer y luego reconstruye aquella visita a la casa del compañero fallecido. El padre abrió la puerta y preguntó por su hijo. Él tuvo que responder. Aunque han pasado décadas, la herida no se le cerró del todo. Tampoco las siguientes: el accidente de 2005, la tragedia de Zacazonapan en 2022 y la muerte, en 2024, de Juan Díaz de Jesús, jefe de brigada que entró al fuego para intentar salvar a voluntarios y ya no salió. “No lo puedes creer, porque es una gente con capacitación, que se la sabía de todas a todas. No era un novato”.
Aun ahora, cuando rememora esos episodios, sus palabras se van quebrando. Habla de decisiones tomadas en segundos, de la impotencia, de las noticias que llegan cuando uno quisiera estar en el lugar y cambiar lo ocurrido. Señala que más de una vez pensó que no debía seguir más, que quizá era hora de hacerse a un lado. Pero siempre se corrigió a sí mismo: “No los puedo dejar solos”.
Los ve como familia. Como hijos. Y esa afirmación no suena retórica cuando viene de alguien que sabe el nombre y la experiencia de las brigadas que puede mandar a cada cerro, a cada cañada, a cada incendio difícil. Piensa en Temascaltepec, en Nanchititla, en las zonas donde el fuego se vuelve especialmente traicionero. Piensa, sobre todo, en quiénes van y en cómo regresan. Su lema, dice, siempre ha sido el mismo: “Todos entramos, todos salimos”. Hace una pausa y añade, con el peso de quien conoce los límites de toda consigna: a veces la realidad no concede esa posibilidad.
El hombre que ya decidió irse
Pese a todo, o quizá por todo, José Méndez no habla desde el desencanto. Al contrario, se le nota el entusiasmo al describir herramientas, tácticas, aprendizajes, relevos. Está convencido de que Probosque se mantiene a la vanguardia y de que otros estados han mirado al Estado de México como referencia en materia de protección forestal. Lo dice sin arrogancia, más bien con la satisfacción de quien ayudó a construir esa reputación.
Sin embargo, José Méndez, el ingeniero legendario que ha visto pasar a todos los directores de esta dependencia desde sus inicios, ya tomó la decisión de retirarse.
No porque se haya apagado la pasión, sino porque entendió que el tiempo también cobra facturas. “67 años que tengo ahorita, digo: ‘José, ya vas para los 70 años’”. Esa frase viene con otra emoción, distinta a la del combate en campo: la deuda con la familia. “Creo que también mi familia tiene ese derecho de estar un ratito con ellos”.
La voz vuelve a quebrarse cuando habla de su esposa, de sus hijos, de sus nietos, del tiempo que no les dio porque el bosque siempre exigía una presencia inmediata, incluso en sábados, domingos y días festivos. Su familia, cuenta, lo entiende. Lo ha visto vivir para esto. También lo ha visto arriesgarse y desgastarse.
Don José Ménedez se irá, dice, con tranquilidad. No porque considere concluida la tarea, sino porque sabe que deja escuela.
“Me voy satisfecho y tranquilo con lo que dejamos”. Habla de un legado que no se mide en placas ni en homenajes, sino en personas formadas, en brigadistas que aprendieron a leer el monte, a respetar el fuego y a no improvisar frente a él.
Cuando se le pregunta qué frase dejaría escrita en un muro para las nuevas generaciones, no tarda mucho en responder. Tal vez porque, después de todo, esa consigna ha guiado su vida entera dentro de Probosque: “Nuestra seguridad es primero”.
En esa frase cabe casi todo lo que fue José Méndez García en el servicio público, el hombre que aprendió a pelear contra el fuego sin enamorarse de la temeridad; el jefe que nunca quiso darle la espalda a su gente; el instructor que convirtió la experiencia en enseñanza; el combatiente que supo, al final, que también era tiempo de volver a casa.
Portando siempre el uniforme de Probosque, José Meléndez habla de su experiencia en términos de proyectos, experiencia y capacitación. Foto Gerardo Carmona
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