Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

Hablemos sobre la violencia vicaria

Voz Propia con Jimena Valdés

Redacción
Junio 13, 2026

Si de temas coyunturales hablamos, la columna de esta semana debería versar sobre la Copa Mundial de la FIFA 2026, tema que valga decir resulta relevante pero para el que honestamente no cuento con elementos para desarrollar una opinión.

Por ello, la columna de esta semana busca elaborar sobre un tema mucho menos mediático, hasta hace poco tiempo oculto, pero con amplios impactos en las vidas de las personas: la violencia vicaria.

Si bien, en México la ahora Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencias fue impulsada en el año 2006 por destacadas legisladoras y activistas feministas como Marcela Lagarde, Angélica de la Peña y Marta Lucía Micher, fue hasta el año 2023 cuando se tipifica a la violencia vicaria (violencia por interpósita persona) como uno de los tipos de violencia sancionados.

La comprensión de la violencia de género como un problema estructural ha implicado el que poco a poco se visibilicen problemáticas que anteriormente formaban parte de lo muchas veces se considera como el cotidiano de las relaciones de género. Recordemos que hasta hace muy poco, los cuerpos de las mujeres eran pensados como de libre acceso para el uso y disfrute masculino sin que el consentimiento formara parte de las condicionantes de una relación o bien el que solo la violencia física fuera considerada como un acto grave y sancionable, pasando por el que en estados como el propio Edomex la reparación del daño de un acto de violencia sexual se trataba principalmente como una pena de carácter pecuniario enfocada en lo económico, con periodos cortos de prescripción civil (de hasta dos años) que dejaban a muchas víctimas sin posibilidades de reclamar justicia.

Mucho ha tenido que deconstruirse para entonces entender la magnitud de los daños que violencias como la vicaria, pueden tener en la vida de las personas. Imaginemos el escenario en el que se concibe a un divorcio como la vía de solución a las problemáticas asociadas a una relación de pareja fragmentada, pero que una vez consumado, lejos de salir de dicha espiral se convierte en un nuevo ámbito de tortura, en el que ahora son las hijas y los hijos quienes fungen como el mecanismo a través del cual se busca manipular la vida, decisiones, relaciones e incluso condicionar el avance personal de las mujeres víctimas de este delito. 

Al respecto cito las palabras de la activista Luz Arredondo quien señala que: “El extremo de la violencia de género es la violencia vicaria, porque nos deja vivas y en un tormento constante”, ¿cuántos de nosotros no hemos vivido en nuestros entornos inmediatos situaciones en las que tal parece que la simple decisión de haberse relacionado con una persona, representa una condena de por vida? Para quienes hemos sido testigos de esas formas de crueldad, es evidente que existe en todo ello una necesidad de control, un perpetrador que se niega a abandonar una relación de poder ante su víctima y que es capaz de usar cualquier recurso incluso la estabilidad de sus hijas o hijos con tal de mantener un lugar que considera transgredido.

La violencia vicaria guarda una relación directa con los roles y mandatos de género asociados a las mujeres. Uno de ellos el de la maternidad; por ello opera tomando ventaja de aspectos como el que en la mayoría de los casos las niñas y los niños permanezcan bajo la guarda y custodia de sus madres y con ello, se puedan seguir manteniendo mecanismos de abuso como los económicos al desatender las obligaciones de pensión, mismas que por lo menos en el día a día terminan por ser asumidas por las mujeres,  el chantaje, materializado en aspectos como la manipulación de los acuerdos de convivencia, la violencia psicológica al desacreditar tanto a la madre, a su familia o a su pareja, la sustracción de menores como mecanismo de coacción (en 2023 se documentaron 1246 delitos) o bien situaciones de extrema crueldad llegando a actos  como el infanticidio con el que se castiga el desacato de subordinación de la mujer de la peor de las maneras.

Dada su reciente tipificación, será en el levantamiento de la ENDIREH 2026, cuando se cuente en México con cifras oficiales sobre la incidencia de la violencia vicaria, sin embargo organizaciones de la sociedad civil como el Frente Nacional contra la Violencia Vicaria, han documentado al menos 5 mil 286 casos recientes y representa a 11 mil hijos víctimas de este delito. 

La violencia vicaria, no es un problema menor, no es una circunstancia que “se buscaron las mujeres por una mala elección de pareja” constituye a más de un delito una forma de lo que Rita Segato señala en sus pedagogías de la crueldad como “Poder de Dueñidad”,  como una forma de  crueldad en donde unos se comportan como “dueños” absolutos de las vidas y los territorios, viendo al otro como un mero instrumento; siendo en este caso ese otro su expareja y siendo sus hijas e hijos objetivizados con el único fin de demostrar ese lugar de poder que se encuentra transgredido. 

Al cierre de esta columna pienso en las mujeres distantes y también las más cercanas que sufren esta forma de violencia que se presenta a veces tan diluida, en la que confluyen redes y pactos patriarcales (en los que tristemente llegan a participar mujeres y personas que forman parte de las familias de las niñas y niños víctimas colaterales de esta violencia), en la que el estado apenas está instrumentando los mecanismos, en la que la justicia, si es que llega, enfrenta múltiples trabas como incluso es la falta de entendimiento de la sistematicidad que esta forma de violencia guarda. 

Las pienso y las quiero libres de todo eso, con las posibilidades de autodeterminar sus vidas y sin que el legítimo amor que como madres profesamos sobre nuestros hijos e hijas represente una forma de sujeción y un mecanismo de cadena perpetua.  

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