Pedro Gutiérrez Arzaluz**
En los montes del sur de la colonia La Marquesa y San Pedro Atlapulco, en el municipio de Ocoyoacac, Estado de México, la lluvia no solo moja la tierra: la despierta. Entre junio y julio, cuando el agua se filtra entre raíces y hojarasca, brotan diversas especies de hongos que cubren el paisaje con formas y colores distintos.
Hongos; donde la montaña habla entre visiones, rituales y peligro
Algunos son comestibles y aparecen en los llanos a principios del verano o en los montes durante la temporada de lluvias; otros nacen en tierra, en maguey de pulque o en la madera, conocidos como “orejas” o “tortillas”. Sin embargo, entre esa abundancia también emergen los hongos venenosos y los alucinantes, llamados nanacates o “de la fantasía”, asociados a experiencias que, según la tradición, permiten el contacto con otras dimensiones.
El señor Francisco Rosas María, conocido como Don Panchito, antiguo cacique de Atlapulco, recordaba las advertencias heredadas por generaciones: recolectar únicamente los hongos comestibles. La equivocación podía ser fatal. En la memoria del pueblo persisten historias de quienes perdieron la vida por no distinguirlos.
Recolección ocurre entre junio y julio en temporada de lluvias
En comunidades como La Marquesa, Atlapulco, Coapanoaya, Tepexoyuca, Acazulco, Huixquilucan, San Pedro Tlanixco y Xalatlaco, los adultos mayores conservan el conocimiento para diferenciar los nanacates. Los consideran sagrados y los emplean dentro de la medicina tradicional para atender padecimientos como la gota, la fiebre o algunas enfermedades mentales.
Curanderos y chamanes combinan estos saberes con el uso de hierbas medicinales, que trasladan hasta las cimas de los llamados “cerros brujos”, donde realizan limpias, sanaciones y rituales.
Antes de cada ceremonia, los hongos son recolectados y seleccionados con precisión. Los nanacates se consumen en pequeñas dosis para establecer comunicación con las deidades de la montaña. Durante el trance, los participantes experimentan visiones que se manifiestan en bailes, risas o llanto. En ese momento, el curandero inicia el rito de sanación mediante el uso de hierbas y ofrendas.
Cada experiencia es distinta. Algunos describen escenas donde enfrentan su muerte, como si fueran devorados por una fiera; otros relatan viajes llenos de colores intensos, en los que desaparecen la fatiga, el hambre y la sed. Al finalizar el efecto, llega la calma, una sensación de languidez que cierra el ciclo. Después, los participantes intercambian sus vivencias, mientras algunos continúan danzando al ritmo de la flauta de carrizo y el tamborcillo de madera.
Saberes ancestrales en Ocoyoacac revelan prácticas curativas y episodios de peligro
Don Panchito relató haber presenciado estos rituales en cerros como La Víbora, la Peña Torcida y Hueyamalucan. Aunque fue invitado a probar los hongos, decidió mantenerse como observador, consciente de los riesgos que implicaba su consumo reiterado.
Los nanacates también tienen un uso medicinal. En cantidades moderadas —un hongo mediano— se les atribuye aliviar el reumatismo y la artritis. Actualmente, se maceran en alcohol o vinagre durante varios días para elaborar preparados que se aplican sobre articulaciones inflamadas.
Desde tiempos antiguos, estos hongos también han sido utilizados con fines adivinatorios. Se recurre a ellos para encontrar objetos perdidos o conocer el paradero de personas. El especialista prepara un espacio ritual con flores y plantas aromáticas, ingiere el hongo y espera que el trance revele respuestas.
Los curanderos de la región mantienen la tradición de recolectar nanacates al final de la temporada de lluvias. En las cumbres depositan ofrendas y realizan ceremonias de purificación para agradecer a las deidades de la montaña. Sin embargo, insisten en la necesidad de moderación: recomiendan no exceder los cinco gramos, equivalentes a un hongo mediano, ya que dosis mayores pueden provocar intoxicación. La identificación correcta es fundamental.
Estos hongos miden entre tres y diez centímetros, presentan un píleo cónico y colores que van del sepia al café claro o amarillo oscuro.
La advertencia es constante: no deben consumirse sin conocimiento pleno. Existen casos de personas que han perdido la vida tras ingerirlos sin control.
Una experiencia reciente refuerza esa advertencia. Eutimio Gutiérrez Becerril, conocido como “Timo”, experto en hongos, condujo a cinco estudiantes al cerro del Tepehuitzco. Recolectaron varios ejemplares, encendieron una fogata y los asaron. Sin embargo, omitió precisar la dosis adecuada. La mayoría consumió más de un hongo. Poco después, dos jóvenes comenzaron a experimentar visiones aterradoras; los otros tres entraron en estados de confusión.
Eutimio, quien había ingerido solo un hongo, permaneció semi lúcido. Al ver la gravedad de la situación, corrió en busca de ayuda médica. Tras más de una hora, solicitó una ambulancia de la Cruz Roja. Los estudiantes fueron trasladados para recibir lavados gástricos y atención hospitalaria de urgencia.
Después de varias horas, lograron recuperarse. La experiencia dejó una lección que persiste entre quienes conocen la montaña: los nanacates no son solo parte del paisaje, sino una práctica que oscila entre lo sagrado y el peligro.
Cronista vitalicio de Ocoyoacac por la AMECRON*
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