En Metepec, el barro no es solo un material: es memoria, herencia y también un proyecto de vida que se modela con paciencia. Entre hornos, piezas minuciosas y estructuras de gran escala, Juan Carlos Nonato Díaz ha construido una trayectoria que conecta la tradición familiar con una búsqueda personal por llevar el Árbol de la Vida a dimensiones monumentales. Su historia no comienza con un récord Guinness, sino en un taller doméstico donde el oficio se aprendía mirando y repitiendo gestos heredados.
Su trayectoria, construida desde su herencia familiar se ha visto retribuida por reconocimientos internacionales
Desde el inicio, su relato está marcado por la conciencia del tiempo y de la edad como puntos de referencia de una vida dedicada a la artesanía. Al hablar de su acercamiento al barro, el maestro sitúa su historia en el entorno familiar que lo formó y le dio sentido a su oficio desde la infancia.
“Tengo 50 años, me involucro con lo que es el barro porque mis papás fueron artesanos también; mi papá fue Armando Nonato Cajero, mi madre fue Josefina Díaz Rodríguez y ellos también elaboraron árboles de la vida”, comentó.
La práctica cotidiana, repetida desde temprana edad, se convirtió pronto en aprendizaje consciente. No se trató únicamente de observar, sino de asumir el oficio como una actividad que podía documentarse, medirse y proyectarse en el tiempo.
El artesano también ha creado las piezas de tres vistas
“A raíz de eso, aprendí el noble oficio de hacer árboles de la vida y demás artesanías decorativas. Desde los ocho años comencé oficialmente a registrar mi trayectoria, puesto que empiezo a participar en concursos infantiles y a obtener reconocimientos”, señaló.
Herencia y búsqueda personal
Hablar de Juan Carlos Nonato implica recorrer varias generaciones dedicadas a distintos oficios artesanales. La cerámica, los textiles y la indumentaria tradicional forman parte de un entramado familiar que, con el tiempo, se fue especializando y diversificando.
“Yo ya soy la tercera generación. Mi abuela paterna, de nombre Rebeca Cajero Nava, se dedicaba a las cazuelas y mi abuela materna se dedicaba a lo que eran los rebozos, ella se llamaba Dominga Díaz; mi abuelo, Joaquín Nonato, se dedicaba a hacer gabanes, lo digo porque venimos netamente de familia artesana. Aunque siempre he dicho que más allá de eso siempre es importante buscar tu propia historia”, relató.
Los primeros reconocimientos llegaron cuando aún era un niño de ocho años, y con ellos comenzó una sistematización de su trayectoria. Los concursos no solo representaron premios, sino la posibilidad de constatar un avance constante.
El acompañamiento de sus padres fue determinante en ese proceso. Más que instrucciones formales, la enseñanza llegó a través del ejemplo y de la participación conjunta en espacios de exhibición y competencia.
“Todo fue de la mano junto con mis papás. Ellos participan en concursos y empezaron a motivarme; como la frase dice, que la palabra convence pero el ejemplo arrastra, y participaba con ellos. Cuando uno es niño es lógico y es muy fundamental para los registros y todo ese tema”, dijo.
Vocación, formación y escala monumental
Con el paso del tiempo, la artesanía dejó de ser solo un oficio aprendido en casa para convertirse en una elección consciente. Juan Carlos habla de la motivación interna como un motor que impulsa el crecimiento técnico y conceptual dentro del ámbito cultural.
En algún punto tuvo que formar su propia historia como maestro artesano. Esa necesidad de crecer y de imaginar piezas cada vez más grandes se originó en una experiencia concreta, ligada a un proyecto emblemático realizado por sus padres.
“Todo comenzó cuando mis padres tuvieron la oportunidad de realizar el proyecto del árbol de la vida del Centro Cultural Mexiquense junto con otros compañeros artesanos; a esa edad yo seguía yendo con ellos. Ahí fue cuando dije que un día quería hacer un árbol grandote como mi papá. Me quedé con la idea y dentro de ese proceso evolutivo agarras y vas creciendo, vas formando, insisto, de diferentes ocupaciones en lugares, reuniones, concursos, pues no quitas la meta de seguir aprendiendo”, relató.
Aunque su vida académica lo llevó a explorar otros caminos, nunca se desvinculó del barro. La formación profesional coexistió con el trabajo artesanal, sin que una desplazara a la otra.
“Después viene una etapa de estudiar, pero a los 18, 20 años supe que me quería dedicar a esto y hacer piezas grandes. Estudié la carrera de Derecho, tengo una maestría en Administración Pública y estudié la carrera en Administración, sin nunca alejarme de esto. Soy artesano por elección, por decisión, por convicción y sobre todo por amor al arte”, señaló.
Las primeras piezas de gran formato marcaron hitos personales. Antes de los árboles monumentales, exploró figuras prehispánicas que le permitieron entender la complejidad de trabajar a mayor escala.
“La primera pieza, que yo consideraba monumental en ese entonces, la hice como a los 12 años, un Coatlicue, porque tenía la afinidad de hacer figuras prehispánicas con un metro de tamaño. Así me fui forjando; ya hablando de los árboles fue a los 16, 17 años que hice un árbol de metro y medio de altura que al día de hoy lo sigo conservando porque fue una pieza que me marcó y para recordar mis inicios, ver también el proceso evolutivo”, comentó.
Trayectoria, reconocimiento y Guinness
Conforme avanzó su experiencia, las dimensiones de sus obras crecieron. Cada pieza implicó nuevos retos técnicos y logísticos, además de una redefinición de su identidad como artesano independiente, no solo creando piezas monumentales sino trabajando nuevos formatos con árboles de tres vistas.
El reconocimiento no se limitó a las piezas exhibidas. Las invitaciones a compartir su experiencia en otros espacios fortalecieron su visión sobre la profesionalización del trabajo artesanal con lo que tuvo oportunidad de presentarse en el extranjero y dar conferencias.
Al hablar de las piezas monumentales, el maestro Juan Carlos define criterios concretos que distinguen este tipo de obras y evidencian su complejidad técnica.
“No hay una calificación como tal, pero sí me atrevo a decir que para que sea considerada una pieza monumental debe medir como mínimo unos 2 metros. La envergadura ya es distinta, unos 80 centímetros de ancho y un peso por lo menos de 450 a 500 kilos. Desde ahí empieza la complejidad para moverla, trasladarla y necesitas asistirte de otro tipo de herramientas para hacerla, secarla, hornearla, además de la inversión de tiempo, por eso es más complejo”, detalló.
El récord Guinness llegó como resultado de una trayectoria consolidada y de una infraestructura capaz de sostener un proyecto de gran escala, desarrollado en un tiempo reducido.
“Para el Récord Guinness creo que ya contábamos con la trayectoria y la infraestructura necesaria; tuvimos la oportunidad de enviar 25 piezas de cinco metros a Japón. El municipio de Metepec sacó una especie de licitación y nosotros nos hicimos acreedores de la misma, para nosotros es la joya de la corona del taller. Lo elaboramos en tres meses, que era un trabajo de ocho meses o un año. El árbol de la vida pesa más de 12 toneladas, está compuesto por poco más de 9 mil 500 piezas y su medida oficial fue de nueve metros con 18 centímetros, pero en realidad mide 9.65”, relató.
La obra no solo destacó por sus dimensiones, sino por su narrativa visual y su vínculo con procesos contemporáneos del Estado de México.
“Es un árbol de dos vistas en el que tratamos de hablar de la historia, utilizando también lienzos. Abordamos el pasado, presente y futuro; en ese entonces estaba proyectado el tren interurbano, que hoy ya es una realidad. El árbol fue certificado en 2018 por el Guinness y está en el Parque Providencia. Fue un trabajo que se hizo junto con mi esposa y mis hijos”, comentó.
Más allá de los reconocimientos, mantiene una mirada puesta en el futuro y en el sentido comunitario de su trabajo. Su discurso se ancla en la fe, la familia y el compromiso con Metepec y con la artesanía como patrimonio colectivo.
“Soy creyente católico y aspiro a que Dios me siga prestando vida para seguir haciendo lo que hago, trabajar el barro, cuidar a mi familia y aún tengo muchas metas, muchas ganas de hacer muchos trabajos; indudablemente deseo seguir representando a mi Metepec, a mi Estado de México y a mi México, llevando el árbol de la vida a cualquier rincón del mundo, sobre todo servir a mi comunidad”, señaló.
Esta mirada se amplía hacia un proyecto que trasciende lo individual y busca proteger el valor cultural del Árbol de la Vida para las futuras generaciones.
“Algo en lo que pensamos también es algo de lo que formamos parte muchos compañeros y que ya está en proceso; me refiero a la denominación de origen del árbol de la vida de la mano del IIFAEM, a través del gobierno del estado. Eso sería un acervo cultural y un legado histórico enorme para nosotros, independientemente de la trayectoria artesanal que cada uno pudiera tener”, concluyó.
La trayectoria de Juan Carlos Nonato Díaz no se explica únicamente por las dimensiones de sus piezas ni por un reconocimiento internacional, sino por la constancia de un proceso que comenzó en la infancia y se sostuvo a lo largo de décadas. Entre la tradición heredada y la decisión personal, su historia muestra cómo la artesanía puede convertirse en un proyecto de vida que dialoga con el tiempo, el territorio y la comunidad. El Árbol de la Vida, en sus manos, deja de ser solo un objeto para convertirse en un testimonio de identidad colectiva y en una promesa de continuidad para las nuevas generaciones de artesanos de Metepec.
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