En Chapultepec, como en muchos pueblos originarios de México, el tiempo no ha logrado borrar las historias que pasan de una generación a otra. Ni los avances de la ciencia ni las transformaciones tecnológicas han desplazado a los mitos y las leyendas que continúan formando parte de la vida cotidiana. Son relatos nacidos en el mundo prehispánico y enriquecidos después de la Conquista, donde la emoción del narrador y la atención del oyente mantienen intacta una tradición que sigue sorprendiendo.
Las leyendas reflejan la profunda transformación que experimentaron las creencias tras la llegada de los españoles. Con la imposición de la religión católica, los misioneros recurrieron a los conocimientos y símbolos de los pueblos originarios para difundir el cristianismo. Buscaron impedir que los habitantes continuaran rindiendo culto al Sol, la Luna, el rayo y otras deidades, presentándolas como manifestaciones del demonio. De ese proceso surgió un sincretismo que marcó la cosmovisión de las comunidades y que aún puede apreciarse en muchas de sus expresiones culturales.
Aceptar la figura de Jesucristo no fue sencillo para los pueblos originarios, acostumbrados durante siglos a una visión distinta del universo. Para consolidar la nueva religión surgieron relatos orales acompañados de advertencias y castigos que buscaban fortalecer el catolicismo. Los antiguos dioses fueron transformados en personajes demoníacos capaces de engañar a quienes persistieran en las creencias ancestrales.
La tradición oral, memoria que permanece
La herencia oral continúa siendo una de las mayores fortalezas culturales de México, especialmente en las comunidades rurales. Gracias a ella sobreviven ceremonias y costumbres que conservan elementos prehispánicos y coloniales. Uno de los ejemplos más representativos es el ritual funerario que dio origen al actual Día de Muertos, celebración donde el regreso simbólico de las almas al mundo terrenal mantiene viva la memoria familiar y comunitaria.
Las imágenes religiosas, los mitos y las leyendas conservan raíces que permanecen mientras existan personas dispuestas a transmitirlas. En Chapultepec, pese a formar parte de la zona metropolitana del Valle de Toluca, estas narraciones siguen presentes y muchas de ellas nacieron con la llegada de los franciscanos durante el siglo XVI, aunque su reconocimiento como patrimonio cultural ha cobrado fuerza en el siglo XXI.
La cueva del chivo, entre el miedo y el misterio
Entre los relatos más conocidos destaca la leyenda de La cueva del chivo, compartida con otras regiones del país, entre ellas el cerro de Chapultepec, en la Ciudad de México. La historia sitúa su origen en una cueva, espacio que para la cosmovisión mexica representaba una entrada al Mictlán o inframundo.
La persistencia de rituales en estos lugares llevó a los misioneros a convertir las cuevas en escenarios donde el demonio representaba el castigo para quienes continuaran practicando ceremonias ancestrales. Así nació una leyenda que advertía sobre los peligros de desafiar la nueva religión.
En Hidalgo y el Estado de México existen versiones similares. Todas describen a un ser con cuerpo humano, cabeza y pezuñas de chivo que custodia grandes tesoros ocultos tras una puerta que aparece y desaparece de manera misteriosa.
En Chapultepec existen cuevas originadas por la extracción del material pétreo utilizado para construir el templo franciscano del siglo XVI. Una de ellas alcanza aproximadamente diez metros de profundidad y actualmente sirve de refugio para murciélagos. En ocasiones, también aparecen ofrendas dedicadas a la tierra.
Otra versión relata que en el interior existe un acceso hacia un río subterráneo habitado por la Atlanchane, deidad acuática representada con forma de sirena y vinculada a la región lacustre del Alto Lerma. Su belleza cautiva a quien se atreve a entrar, pero el desenlace siempre conduce a la muerte por ahogamiento.
También se cuenta que quienes buscaban los tesoros escondidos debían cumplir un extraño ritual para obtenerlos. Si no lograban salir antes de que la puerta se cerrara, la muerte los esperaba al exterior para reclamar su destino.
Las brujas siguen iluminando la noche
Otra creencia profundamente arraigada es la de las brujas convertidas en bolas de fuego. El mito continúa vigente y forma parte del imaginario colectivo de Chapultepec.
Para proteger a los recién nacidos de las brujas que, según la tradición, buscan “chuparles la mollera”, muchas familias colocan al bebé una pulsera de hilo rojo en la mano izquierda. También acostumbran sujetar un listón rojo con una semilla de ojo de venado en la cuna, colocar un espejo en la cabecera, esconder unas tijeras abiertas debajo de la almohada y dejar una escoba detrás de la puerta.
Habitantes del municipio aseguran haber visto a mujeres volar alrededor de fogatas convertidas en bolas de fuego. Algunas versiones afirman que fueron vecinas del pueblo señaladas como discípulas de una supuesta “bruja mayor”, quien, según la tradición oral, ejerció como profesora.
Don Juan Ángeles recuerda que, cuando era niño, observó a aquella mujer sobrevolar el cielo antes de una tormenta. Hoy, con más de ochenta años, mantiene intacto ese recuerdo. Luis Velázquez C. relata que, siendo joven, regresaba a Chapultepec cuando varias bolas de fuego cruzaron el camino frente a él y sus acompañantes.
Luis Fuentes D., por su parte, conserva otra historia transmitida entre los habitantes. Cuenta que el padre Ignacio, conocido como “Nacho”, fue sorprendido por una bruja dentro de la parroquia, pero que San Miguel Arcángel descendió del altar para protegerlo y hacer huir al ser maligno.
Todavía hoy, algunos pobladores afirman que, durante ciertas noches, las brujas vuelan convertidas en bolas de fuego sobre la cima del cerro de Chapultepec. Para unos son simples relatos; para otros, forman parte de una memoria colectiva que se resiste a desaparecer.
Más allá de la certeza o la incredulidad, los mitos y las leyendas continúan siendo uno de los mayores legados culturales de los pueblos originarios. Son narraciones donde conviven el mundo prehispánico, la influencia colonial y la imaginación popular, elementos que fortalecen la identidad de comunidades como Chapultepec y mantienen viva una tradición que el paso del tiempo no ha conseguido borrar.
Gabriela del Carmen Guadarrama Díaz-González, cronista de Chapultepec por la AMECRON
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