En el corazón del centro histórico de Toluca, donde el tránsito cotidiano parece no detenerse nunca, se alza un edificio que observa en silencio el ir y venir de generaciones.
La Iglesia de La Merced, que se ubica en la esquina formada por José María Morelos y Pavón y Melchor Ocampo, a un costado de otros edificios históricos como el Centro Escolar Justo Sierra y a unos pasos de la Alameda Central, no sólo ocupa un espacio urbano privilegiado, también un lugar profundo en la memoria colectiva de la ciudad y en la devoción mariana y la tradiciòn mercedaria.
La iglesia tiene un aspecto sobrio con su fachada blanca pero su presencia discreta y firme, guarda en su interior tesoros artísticos e históricos.
Hablar de La Merced es hablar de tiempo acumulado. De muros que han visto cambiar la ciudad, de prácticas religiosas que se transforman sin desaparecer y de una arquitectura que reúne distintas época. Este templo es, ante todo, un testimonio vivo del pasado que sigue respirando en el presente.
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Raíces de redención y expansión
El origen de la iglesia está ligado a la Orden de la Merced, una congregación nacida en Europa entre los siglos XII y XIII, con la misión concreta rescatar cautivos cristianos en tierras musulmanas.. Aquella vocación, que combinaba espiritualidad y acción, cruzó pronto el océano. En los primeros años de la Nueva España, los mercedarios ya estaban presentes, extendiendo su labor mediante conventos, hospicios y obras de asistencia que se diseminaron por amplias regiones del virreinato.
Toluca fue parte de ese proceso. La huella mercedaria quedó plasmada en un conjunto arquitectónico que no se construyó de una sola vez, sino que fue creciendo y adaptándose a lo largo de los siglos. El resultado es un templo donde conviven aportaciones del siglo XVIII, del XIX y del XX, integradas en una unidad que conserva su carácter original sin renunciar a las transformaciones del tiempo.
El acceso al recinto se realiza a través de un arco de medio punto de estilo neoclásico, rematado por un frontón triangular que marca con sobriedad la entrada al espacio sagrado. Las rejas laterales, sostenidas por pilares con volutas, delimitan el paso, mientras que una inscripción en la clave del arco recuerda las intervenciones realizadas en las primeras décadas del siglo pasado.
El atrio: antesala de la memoria
Tras cruzar el arco, el visitante se encuentra con un atrio despejado que contrasta con su pasado. Hubo un tiempo en que este espacio estuvo ocupado por un jardín denso, casi cerrado, del que hoy sólo quedan algunos árboles que parecen resistirse al olvido. Esa ausencia, lejos de restar significado, refuerza el carácter evocador del lugar: el atrio funciona como un umbral simbólico entre la vida urbana y el recogimiento.
En uno de sus costados, una peana sostiene una escultura de la Virgen, colocada como recuerdo de una misión religiosa celebrada a inicios del siglo XX. Del lado opuesto, una capilla abierta de doble arquería, construida en piedra y ladrillo, añade una nota singular al conjunto. Junto a ella se levanta una pequeña capilla orientada al oriente, también de ladrillo, cuya portada presenta un arco tapiado adaptado como acceso. Nichos laterales, una ventana de coro y un remate superior con arcos que albergan una sola campana completan una estructura sencilla, casi austera, que cumple su función sin artificios.
La fachada principal del templo, atribuida al siglo XVIII, se organiza en tres cuerpos y ofrece una lectura clara de la arquitectura religiosa de su tiempo. Pilastras toscanas sobre pedestales enmarcan nichos hoy vacíos, coronados por medallones. El desgaste visible en algunos elementos no disminuye su valor; al contrario, acentúa la sensación de antigüedad y permanencia. En la cornisa que separa los dos primeros cuerpos aparece el escudo de la Orden de la Merced, discreto pero cargado de significado, mientras que el segundo cuerpo se presenta con mayor sobriedad, marcado por pilastras más esbeltas y un medallón central.
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El interior fe, arte e historia
El interior del templo responde a una planta de cruz, con ábside y tres naves. La nave central, cubierta por una bóveda de cañón corrido, conduce la mirada hacia el altar mayor, mientras que las naves laterales se articulan a través de capillas que concentran buena parte de la riqueza devocional del recinto.
En el costado derecho, la primera capilla está dedicada a San Ramón Nonato, figura estrechamente vinculada a la espiritualidad mercedaria. Su historia y simbolismo lo han convertido en una referencia de misericordia y protección, especialmente en los momentos más frágiles de la vida. Le sigue una capilla con un altar neoclásico de planta elíptica, consagrado a la Virgen del Sagrado Corazón, cuya composición aporta equilibrio y serenidad.
Más adelante aparece la capilla dedicada a la Virgen de la Merced, representada con el hábito blanco de la orden y el escudo que remite a sus raíces. La acompañan esculturas de San José y de la Virgen, conformando un conjunto que reafirma la identidad mercedaria del templo. El recorrido en este costado concluye con la capilla de la Virgen del Perpetuo Socorro, flanqueada por arcángeles que subrayan su carácter protector.
En el crucero se encuentra un altar sencillo presidido por San José, junto a una vitrina que resguarda la imagen de San Antonio de Padua. Sin embargo, lo que domina este espacio es una gran pintura atribuida a Felipe S. Gutiérrez. En ella se representa a Pedro Nolasco liberando esclavos en África, una escena de fuerte carga simbólica que resume el ideal redentor de la orden y conecta su origen europeo con su presencia en América.
En el interior del Templo de Nuestra Señora de la Merced cuelga el emblemático “barquito”, un candil o lámpara votiva con forma de navío que representa el viaje de evangelización al Nuevo Mundo en 1493. Este símbolo iconográfico de la Orden Mercedaria alude al segundo viaje de Cristóbal Colón y se integra a la ornamentación del templo. Es, sin duda, una de las curiosidades que más llaman la atención de los visitantes y un elemento que vuelve aún más único a este recinto religioso, que además resguarda valioso arte sacro y una profunda carga histórica y simbólica.
Capillas que cuentan historias
El lado izquierdo del templo prolonga el itinerario devocional. La capilla más cercana al altar está dedicada a la Virgen del Patrocinio. A continuación aparece la de la Virgen de Guadalupe, acompañada por las figuras de San Pedro y San Felipe de la Cruz, estableciendo un vínculo entre la tradición universal de la Iglesia y la identidad mexicana. Más adelante se encuentra una pequeña imagen de la Virgen de la Defensa, y finalmente una capilla dedicada a un Nazareno, rodeada de representaciones de la Pasión, que invita al recogimiento y a la reflexión.
Cada una de estas capillas funciona como una estación de memoria. No sólo albergan imágenes religiosas, sino también las huellas de generaciones que han acudido a ellas en busca de consuelo, agradecimiento o esperanza.
Permanecer en medio del cambio
Más allá de su función litúrgica, la Iglesia de La Merced se ha consolidado como un auténtico referente histórico de Toluca. Sus muros guardan capas superpuestas de historia urbana, artística y social. Desde el atrio hasta la última capilla lateral, todo en este espacio habla de continuidad, de una comunidad que ha encontrado aquí un punto de encuentro entre lo sagrado y lo cotidiano.
En una ciudad que avanza con ritmo acelerado, La Merced se convierte en pausa para recordar. Invita a mirar hacia atrás, a reconocer en la arquitectura y en el arte los hilos que tejen la identidad local. Conservar y difundir su historia no es sólo un acto de nostalgia: es una manera de fortalecer el vínculo entre el pasado y el presente, entre quienes hoy caminan por el centro de Toluca y quienes, hace siglos, comenzaron a dar forma a este legado que sigue vivo.
Con información de Magdalena Rojo
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