En más de la mitad del país habrá elecciones y, aunque el calendario diga otra cosa, el proceso ya comenzó en los datos; la política mexicana entró a una fase donde la inteligencia artificial dejó de ser accesorio y se convirtió en herramienta de poder: algoritmos que anticipan comportamientos, miden emociones del pueblo y definen escenarios antes de que los nombres aparezcan en la boleta.
Hoy no gana quien convence mejor, sino quien entiende antes, la inteligencia artificial acelera diagnósticos, perfila votantes, detecta miedos, entusiasmos y rechazos colectivos, en el terreno electoral significa decidir quién crece, quién se enfría y quién nunca despega, no por ideología ni mérito es por modelos predictivos.
Las encuestas ya no serán simples fotografías del momento, la IA permite simular futuros, corregir sesgos y, cuando convenga, acelerar o congelar resultados, la percepción se vuelve tan poderosa como el voto. A veces más, porque al pueblo se le consulta y se le interpreta, mide y se le anticipa.
A este escenario se suma la equidad de género como variable estratégica, algoritmos analizarán aceptación social, resistencias culturales y riesgos jurídicos para decidir dónde una candidatura femenina no solo cumple la ley, también gana elecciones. La paridad entra a la era del cálculo frío.
En paralelo, se discuten reformas como la reelección municipal y la cancelación del nepotismo político, no serán el tema central de la contienda, pero sí variables que alimentarán los sistemas de simulación: continuidad frente a desgaste, apellido frente a legitimidad, herencia frente a renovación.
Aquí está el dilema, Sócrates advertía que el verdadero peligro no es la ignorancia, es creer que se sabe cuando no se sabe; hoy pasa lo mismo con la inteligencia artificial: algunos la usan sin entenderla, otros la desprecian sin estudiarla, y unos cuantos la dominan mientras el resto debate si es buena o mala.
La democracia no puede reducirse a un algoritmo, pero tampoco puede sobrevivir dándole la espalda, el reto no es usar inteligencia artificial, es evitar que decida por el pueblo sin que el pueblo se dé cuenta. Dominar este nuevo arte tecnológico: es renovarse o morir porque, quien no conoce la IA, a cualquier algoritmo le reza.
Porque en esta nueva frontera electoral, quien no entienda la IA, no se prepare y quien crea que esto es solo una moda, mejor que no se suba al tren: porque lo van a desplumar todito, todito… y hasta le van a pedir que aplauda.
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