En la antesala del Mundial de Futbol, México debe demostrar que puede celebrar al mundo sin eludir sus propias pruebas institucionales
A días de la máxima cita del futbol internacional, México se encuentra frente a una paradoja delicada: mientras el país se prepara para abrir sus estadios, ciudades y narrativa al mundo, también enfrenta una tensión política y judicial con Estados Unidos derivada del llamado caso Rocha Moya y de las eventuales declaraciones de exfuncionarios sinaloenses que ya se han entregado ante la justicia estadounidense.
No es un asunto menor. Un Mundial no sólo se juega en la cancha; también se juega en la percepción internacional, en la confianza de los visitantes, en la coordinación de seguridad, en la diplomacia pública y en la capacidad del Estado para transmitir control, legalidad y serenidad. La fiesta global no suspende la realidad nacional: la exhibe.
México necesita una postura firme, madura y jurídicamente impecable
Firme, porque ningún país puede permitir que acusaciones extranjeras sustituyan a sus instituciones. Madura, porque tampoco puede cerrar los ojos ante señalamientos graves que comprometen la credibilidad pública. Jurídicamente impecable, porque la cooperación internacional sólo es legítima cuando se conduce por cauces formales, con pruebas, debido proceso, presunción de inocencia y respeto absoluto a la soberanía nacional.
El riesgo sería caer en los extremos: convertir el expediente en bandera política o reducirlo a un episodio incómodo que debe ser administrado hasta que pase la inauguración. Ninguna de las dos rutas le sirve a México. El país requiere una narrativa de Estado: cooperar sin someterse, investigar sin teatralizar, defender la soberanía sin usarla como refugio de impunidad.
Las eventuales declaraciones de quienes ya se encuentran ante cortes estadounidenses pueden abrir un capítulo de alto impacto. Pero su verdadero peso no estará en el escándalo, sino en la capacidad de las instituciones mexicanas para procesar la información con rigor, sin filtraciones selectivas, sin venganzas políticas y sin pactos de silencio.
La credibilidad de México no se defenderá con discursos, sino con expedientes bien integrados, coordinación diplomática y decisiones legales sostenibles.
Más que futbol: la legalidad también construye la imagen de México
El Mundial puede ser una oportunidad extraordinaria para mostrar un país hospitalario, moderno y capaz. Pero también puede convertirse en un amplificador de nuestras fragilidades si la agenda de seguridad se contamina por improvisación, soberbia o cálculo partidista.
En una coyuntura así, cada declaración oficial, cada solicitud de cooperación y cada respuesta institucional debe cuidar el interés general: la confianza en el Estado mexicano.
México no debe llegar al Mundial con miedo al escrutinio, sino con la determinación de demostrar que la legalidad también puede ser parte de su imagen internacional. La pelota rodará, los reflectores estarán encendidos y el mundo observará. La pregunta de fondo será si México puede celebrar una fiesta global sin perder de vista su obligación esencial: gobernar con verdad, cooperar con dignidad y hacer valer la ley sin estridencia ni subordinación.
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