Estamos a días del cambio de estación y eso resulta en una pauta obligada para que así como se escribe sobre el invierno, sea el turno de elaborar sobre la primavera.
Posiblemente sea esta una de las estaciones más añoradas por múltiples motivos; como pueden ser efectivamente los relacionados con el cambio de clima, en algunas latitudes la ampliación de los periodos de sol, la floración y la recuperación paulatina de los pastos, la emergencia de los retoños y la vitalidad que parece despertarse del letargo y la latencia que conlleva el invierno.
La primavera ha ocupado el lugar de múltiples mitos, como es el consabido rapto de Perséfone a manos de Hares, quien al ver la sutileza de su belleza cuando se encontraba recogiendo flores, se dice que pactó con Zeus el llevarla consigo al inframundo de manera indefinida. Sin embargo, los esfuerzos de su madre Deméter por recuperar a su hija rindieron frutos, al conseguir que Perséfone solamente pasara tres meses del año en el inframundo y el resto lo pasara con ella. Es así como se simboliza la ciclicidad de las estaciones y en especial, la promesa del regreso a la vida que trae consigo la primavera.
A partir de ello, hay dos conceptos que me parecen evocables: el de la ciclicidad y también el de lo sutil. Dos invitaciones para aproximarnos al mundo desde las posibilidades de acción que ambos ofrecen.
El primero; el de la ciclicidad es una invitación a una relación mucho más orgánica con el entorno, con las posibilidades que la lectura del cuerpo, sus procesos y sus cambios nos ofrecen como parte de un todo. Probablemente también, pueda representar un mapa de coordenadas para navegar la propia vida, desde ubicaciones más significativas que las que la inmediatez nos propone.
Sobre lo sutil, recupero la obra de la poeta Ema Saiko, considerada una de las literatas más notables del Japón del siglo XIX y quién se ganó el respeto intelectual de sus coetáneos en una sociedad en la que el kanshi era una producción artística monopolizada por los hombres.
En sus poemas, da cuenta de una autobiografía marcada por una vida libre, colmada de bellezas inmediatas, de una aproximación a los placeres que brinda el día a día y también de los últimos resabios de un mundo de vida que se desvanecía en función de las exigencias de la globalidad y la pérdida de las clausuras.
La poesía de Ema Saiko, recrea la sutileza en la que, efectivamente, desde el ejercicio de un esfuerzo intelectual que recrea significados más allá de las fuentes directas, podemos develar una dimensión distinta de la vida; una que permite el goce de todo y en la que en sus propias palabras “a través del dolor y el placer envejecemos”.
A modo de provocación, dejo aquí un kanshi de la autora, por el mero disfrute de la llegada de la primavera:
Entrando en Kioto
Ruedas y cascos, idas y venidas, un polvo caliente que se levanta,
las moradas de cien mil personas lucen entre la bruma de la tarde.
Diferente a la vista, sí, de las aldeas en los campos tranquilos,
Un viento procedente del cielo sopla y florece toda la ciudad.
En sus poemas, da cuenta de una autobiografía marcada por una vida libre, colmada de bellezas inmediatas, de una aproximación a los placeres que brinda el día a día.
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