En Ecatepec, cuando el calendario anuncia mayo, el viento cambia de tono, sopla distinto, como si trajera consigo un murmullo antiguo que sube desde la tierra y se enreda entre las piedras del Ehecatepetl. Ese cerro, el de los vientos, el que guarda en su nombre la respiración de los dioses, es más que un accidente geográfico: es un altar natural, un testigo milenario, un corazón que late al ritmo de la comunidad.
Desde siempre, la cima del Ehecatepetl ha sido un punto de encuentro entre lo humano y lo sagrado. Allí, donde hoy se levanta la Cruz que hoy da nombre al cerro, hubo terrazas, muros, templos y caminos, que los antiguos mexicanos construyeron para honrar a las fuerzas que regían la vida.
Subir al cerro es, por tanto, caminar sobre capas de historia. Cada piedra es un fragmento de tiempo; cada sendero, una huella de quienes antes invocaron la lluvia, la fertilidad y la continuidad del maíz. Y aunque la ciudad moderna ha borrado los campos de cultivo, el cerro sigue ahí, firme, recordando que Ecatepec nació entre el viento y la fe.
Cuando los primeros frailes dominicos arribaron a estas tierras después de 1526, trajeron consigo un símbolo, que habría de transformar para siempre la espiritualidad local: la Cruz. Probablemente fueron los que impusieron la Cruz en la cima del Ehecatepetl. Desde entonces, la Cruz se convirtió en un puente entre dos mundos: el cristiano y el mesoamericano.
La Cruz no fue un símbolo ajeno. Los pueblos originarios ya conocían su forma, asociada al agua, al maíz, a las cuatro direcciones del cosmos. Por eso, cuando la adoptaron, no la hicieron suya por imposición, sino por reconocimiento. La Cruz cristiana se volvió también la cruz de la lluvia, la cruz del cerro, la cruz del temporal.
Con el paso del tiempo, el Ehecatepetl dejó de llamarse así en los documentos oficiales y en la actualidad se conoce como “Cerro de la Cruz”. Pero en la memoria profunda del pueblo, el nombre antiguo sigue vivo, como un eco que se niega a desaparecer.
Preparativos: el pueblo que se organiza para honrar su fe
La Fiesta de la Santa Cruz no comienza el 3 de mayo. Empieza semanas antes, cuando la comunidad se activa como un organismo vivo. Hombres, mujeres, familias enteras se reparten tareas, tiempos y responsabilidades. No hay mayordomos formales, pero sí una Comisión que sostiene la tradición con disciplina y cariño.
El segundo sábado de abril, la Cruz es baja del cerro. Es un momento solemne: los hombres la cargan con respeto, la llevan primero a la Capilla del Calvario y luego a la casa de la Familia Ríos, donde será reparada, pintada y vestida. Durante ocho días se prepara el sotol, las hojas se limpian quitando las espinas, se tejen los cendales y flores.
El sotol, esa planta de apariencia humilde, traída desde hace más de un siglo por don Odón Ríos, se ha convertido en un símbolo identitario. Vestir la Cruz con sotol es un acto de continuidad familiar y comunitaria. Es un gesto que une generaciones, que reafirma que la tradición no se hereda: se trabaja, se teje, se cuida.
El primero de mayo, la Cruz ya decorada o vestida es llevada al Templo de San Cristóbal. Allí, en el presbiterio, espera el día grande.
La subida: un pueblo que asciende con su fe
El 3 de mayo, San Cristóbal despierta temprano. A las ocho de la mañana se celebra la misa; a las nueve, el sacerdote bendice las cruces pequeñas; y a las diez, la gran Cruz inicia su ascenso hacia la cima del Ehecatepetl.
La procesión es un río humano que avanza entre calles, veredas y laderas. Hombres y ahora mujeres cargan la Cruz sobre los hombros, relevándose cuando el peso (214 kilos de acero forrado en madera) exige descanso. Mujeres, niños y ancianos acompañan con rezos, cantos, fruta y agua. La banda de viento marca el paso; los cohetones anuncian que la fe está viva.
Durante el trayecto las personas aprovechan para adorarla y solicitar favores.Cada estación es un momento de encuentro: con la Cruz, con los otros, con uno mismo.
Mientras tanto, en la cima, las familias que subieron desde el amanecer esperan bajo la sombra improvisada de las nopaleras. El sol cae fuerte, pero la esperanza es más intensa.
Alrededor del mediodía, el cerro estalla en júbilo. La Cruz llega. La reciben con gritos, aplausos, lágrimas. Se coloca sobre unas piedras y comienza la misa. Después, la Cruz es levantada sobre su montículo definitivo, mientras los cohetes rompen el cielo y la banda toca melodías que parecen abrazar el viento.
El convite: comer juntos para seguir siendo comunidad
Tras la ceremonia, llega el momento del convite. Es una escena que mezcla lo antiguo y lo presente: familias extendiendo manteles, compartiendo comida, recordando a los abuelos que subían con itacates llenos de enchiladas de huevo, tlacoyos, nopalitos, arroz y pulque.
Cada familia tenía su espacio definido por una nopalera donde colocaban una sombra”. Comer juntos en la cima del cerro no es un simple acto festivo: es un ritual de pertenencia. Es reafirmar que la comunidad se sostiene en la convivencia, en la solidaridad, en la alegría compartida.
En años recientes, la quema de toritos y castillos ha añadido un toque de luz nocturna a la celebración. Pero el corazón de la fiesta sigue siendo el mismo: la Cruz, el cerro, la gente.
Identidad: lo que la Cruz une, nada lo separa
La Fiesta de la Santa Cruz es más que una tradición: es un espejo donde San Cristóbal Ecatepec de Morelos se reconoce. En un territorio marcado por cambios acelerados, urbanización y desafíos sociales, esta celebración funciona como un ancla emocional y cultural.
La fiesta fortalece la cohesión interna y las redes de solidaridad, consolidando lazos de identidad”. Y es cierto. En la subida al cerro, en la decoración del sotol, en el esfuerzo compartido, la comunidad se reencuentra consigo misma.
La Cruz del Ehecatepetl no divide: une. Une a quienes nacieron aquí y a quienes llegaron después. Une a quienes recuerdan los campos de maíz y a quienes sólo han conocido la ciudad. Une a las familias que han cargado la Cruz por generaciones y a los niños que apenas empiezan a comprender su significado.
Porque en Ecatepec, la fe no es un acto individual: es un tejido colectivo. Y cada 3 de mayo, ese tejido se renueva, se fortalece, se celebra.
Mientras haya viento, habrá memoria
El Ehecatepetl sigue ahí, mirando la ciudad que creció a sus pies. Sigue recibiendo a la Cruz cada año, como lo ha hecho por casi cinco siglos. Sigue siendo un cerro de viento, de historia, de fe.
Y mientras la comunidad siga subiendo, mientras el sotol siga vistiéndose con manos amorosas, mientras la banda siga tocando y los cohetes sigan anunciando la llegada de la Cruz, la identidad de San Cristóbal Ecatepec de Morelos permanecerá firme, luminosa, invencible.
Porque la Fiesta de la Santa Cruz no es sólo una tradición: es la manera en que un pueblo entero recuerda quién es.
Angélica Rivero López, cronista Municipal de Ecatepec de Morelos
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