La tragedia de la Concordia, una posición ante el dolor de los demás 

Jimena Valdés Figueroa

La tragedia de la Concordia, una posición ante el dolor de los demás 

Voz Propia

La tragedia de la Concordia, una posición ante el dolor de los demás 

Jimena Valdés

Redacción
Febrero 14, 2026

La historia de la minería en México ha estado marcada por la explotación. La explotación tanto de los recursos como de las personas.

Desde el virreinato “los reales de minas” fueron los modelos económicos a través de los cuales, se obtuvo una acumulación económica y el crecimiento de regiones como las que abarcaba el Camino de Tierra Adentro y en especial, fueron medios de enriquecimiento en su momento para la corona española y después para quienes tenían los derechos de explotación.

De igual forma son bien sabidas, las condiciones en las que los mineros y demás trabajadores laboraban y los peligros y detrimentos que esta forma de “trabajo” les representaba. Ejemplo materializado de ello son no sólo los registros y las narrativas al respecto sino incluso las representaciones de arte popular que podemos encontrar en los exvotos de regiones mineras como la de Guanajuato, en la que se da cuenta de los riesgos y vicisitudes que los trabajadores mineros enfrentaban en su día y día y cómo muchas veces no quedaba más que encomendarse a lo divino para afrontar los infortunios y dicho sea de paso mantener el valor.

Si de género se trata, es la de la minería una de las profesiones más masculinizadas y, en este caso, pienso que mucho de eso tiene que ver con la construcción de las masculinidades, la división sexual del trabajo e incluso los mandatos de género. Entrar, estar y trabajar en una mina requiere valor, requiere un particular aguante físico a condiciones extremas y es también una demostración de muchos de los códigos de masculinidad considerados correctos. Si pensamos en la figura de un minero, seguramente observamos a un hombre fuerte, valiente y trabajador; que se expone y aventura por mantener a su familia y por eso que, cada quien a su modo construye, como “un futuro mejor”.

En años recientes, la minería en México ha tenido un repunte, encontrando nuevos yacimientos, muchos de los cuales en función de la obvia aunque no políticamente correcta posición de “centro- periferia” que mantenemos frente a países con mejores condiciones técnicas y de capital, son explotados por industrias Canadienses o Norteamericanas. Muchos de esos proyectos, han prometido el crecimiento de las localidades en las que se ubican y sobre todo empleos bien remunerados para sus trabajadores, mano de obra que muchas veces requiere calificación y que a más de su valor como fuerza laboral lleva consigo la historia de hombres trabajadores enfrentando situaciones de riesgo como aquellas relacionadas con las redes del crimen organizado que se disputan los territorios de nuestro país.

Esta semana el secuestro de 10 trabajadores de la mina Vizsla Silver en Concordia Sinaloa, es un evento que da cuenta de los efectos de varias cosas:

1) Las condiciones de explotación laboral a las que muchas personas son sometidas considerando o no su nivel de estudios, competencias laborales e incluso género; condiciones que pese a una negación de las condiciones geopolíticas que hoy se mantienen en el mundo nos siguen llevando a la formulación de Judith Butler en torno a ¿qué cuerpos son los que importan?

2) La gravedad de las disputas territoriales entre los grupos del crimen organizado y en la que prevalece un Estado fallido incapaz de mantener los elementos básicos del contrato social. A saber: “cedo parte de mi libertad a cambio de seguridad”.

3) La posición que las y los representantes del poder político y económico guardan en lo que Sontag denominaba “el dolor de los demás”, en la que vale más mantener las ganancias monetarias, el prestigio político y la estrategia de continuidad de u proyecto político que hablar con la verdad; maquillando las cosas con discursos de impunidad “como el que a los mineros los confundieron con un grupo antagónico del crimen organizado”.

Al día de hoy, se han confirmado los hallazgos de 5 cuerpos de los 10 mineros víctimas de desaparición forzada. Se sabe también que la empresa minera que los contrataba era forzada a pagar derecho de piso por operar y que los extorsionadores habían decidido subir exponencialmente esa renta, lo cual es un modus operandi que prevalece en este país y no sólo en Sinaloa y no sólo para las grandes empresas, que lo sabe y lo tolera el Gobierno y que por lo tanto guarda responsabilidad en el mantenimiento de ese sistema criminal.

El día de hoy hay 10 familias llorando a sus muertos o viviendo la pesadilla que es no saber si vive o muere o cómo vive o cómo muere alguien a quien amas.

Hay esposas, parejas, hijos, hijas, padres, madres, hermanos, hermanas, amigos, colegas tocados por una tragedia, por una injusticia que no encuentra ni encontrará explicaciones o causas lógicas. Desde ese lugar afrontar una pérdida es algo absolutamente difícil.

Hay miedo en el simple hecho de estar en un territorio físico y también ontológico en donde la vida, sea cual sea, ha perdido su valor.

No hay reparación posible de un daño como este, no hay tampoco justificaciones como el “andar en malos pasos,” cuando eran hombres cumpliendo incluso el mandato de género de trabajar, aguantar y proveer. Lo único que creo que queda es observar la contundencia de este hecho, evocar la frase también del famoso ensayo de Sontag en la que cita que: “La compasión es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones o se marchita”.

A la memoria de las incontables personas desaparecidas en México.

Al dolor de sus familias.

Con rabia porque su dolor conmueva.

Porque todos y todas importan.

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