Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

Las infancias y la filosofía

Voz Propia

Las infancias y la filosofía

Jimena Valdés

Redacción
Mayo 2, 2026

Cuando el niño destroza su juguete, parece que anda buscándole el alma, 

Victor Hugo.

En un mundo con escenarios cada vez más complejos, repleto de información y en donde, como lo señala Giddens en su famoso constructo en torno a la “seguridad ontológica”, esa sensación de confianza y estabilidad en el tiempo es cada vez menos probable ¿qué es lo que nos queda por enseñar a las infancias como una herramienta que les permita no sólo afrontar sino navegar desde la resiliencia esas agitadas aguas?

A las personas de mi generación y con más razón en las que pertenecen a cohortes previas, se nos formó en las lógicas del deber ser y hasta cierto en pautas autoritarias e instrumentales en las que los criterios de verdad solían presentarse casi como dogmas. Ibas a la escuela a aprender, sin una posición en la que se reconociera tu capacidad de saber algo o de cuestionar eso que se estaba enseñando. De ahí que fuéramos sujetos del dictado, de los cuadros de honor, de los concursos, de los apuntes con márgenes rojos y estructuras homogéneas, de los temibles periodos de exámenes y de pensar y asumir a los libros como algo que se completaba y que daba cuenta de un cumplimiento y no como un dispositivo de consulta, de apertura a nuevas pautas y una herramienta de reflexión.

Las infancias de esas épocas, fuimos paulatinamente reconocidas como sujetos de derechos, de ahí que se empezara a hablar de los niños como humanos con derechos específicos dada su posición en el ciclo de vida y bueno, también fue muy común encontrarse con posturas detractoras que se resistían con argumentos como “conocen sus derechos y no sus obligaciones” o incluso el que desde que las niñas y los niños conocían sus derechos ya no obedecían. Y es que como tal, en un mundo adultocentrista acostumbrado a que todo lo que no es adulto es inferior, las posturas de las niñas y los niños pasan muchas veces desautorizadas.

En su momento, María Montessori, observando la problemática que atravesaban las infancias ante escenarios convulsos como el de la guerra, señaló en su obra “El niño, el secreto de la infancia”, que educar al niño, no es transmitirle cultura sino facilitarle el hallazgo de su propio yo, con todas las riquezas de esa maravilla que es su mundo interior. De ahí que desarrollara su propia pedagogía en la que son centrales los ambientes en las que las y los niños crecen descubriéndose a sí mismos como parte de ello y también como agentes. 

Desde esta visión de reconocimiento de las infancias, como seres capaces de construir sus propias respuestas, la filosofía para niños, se presenta como una “aventura” que surgió en la antigua Grecia cuando pensadores como Mileto y Sócrates, se atrevieron a lanzar preguntas que desafiaban el orden de los dioses, en las que indagaban constantemente sobre el mundo, las cosas, y sobre todo sobre el porqué son así o si no podrían ser de otra manera.

Dicho método, fue retomado y contextualizado por Matthew Lipman al darse cuenta de que sus alumnos memorizaban la historia de la filosofía, pero no eran capaces de filosofar; es decir no ejercían el potencial político y de transformación que el filosofar nos ofrece. Por ello, se dio a la tarea de escribir una serie de cuentos, que pudieran ser retomados en las escuelas, como herramientas facultadoras de la pregunta, de la indagación y también de la sorpresa.

La filosofía para niños, nos permite deconstruir procesos en los que fuimos formados y que lejos de brindarnos los elementos para dar respuestas profundas a la inmediatez del mundo, limitan el ejercicio de actos tan vitales como el pensar, el identificar problemas, el sabernos agentes capaces de construir soluciones. Desde esta herramienta, las niñas y los niños pueden establecer diálogos horizontales con los adultos, lo cual lejos de deslegitimar produce mecanismos de validación de una autoridad que a más de ser impositiva es positiva y basada en el ejemplo.

La propuesta es entonces, la de relativizar la experiencia adulta, entendiendo que no es el único criterio, escuchar los saberes, las voces, las preguntas de las infancias, reconociendo en ellos una posición epistémica relevante capaz de encontrar sus propias respuestas, autorizada para que, desde el ejercicio del pensamiento crítico formen una moral autónoma basada en elegir “lo que es bueno para mí y también para los demás”.

La invitación queda abierta, para que reconozcamos en las niñas y los niños a nuestros grandes maestros… ya que son ellos quienes, desde una mirada renovada, con menos prejuicios, estructuras, mandatos y deberes nos invitan a resignificar nuestra propia experiencia del mundo, de la vida, a pensarnos como partes y no el todo y habitar nuestra propia existencia más allá de lo inmediato a sabernos merecedores de los más grandes milagros.

En la columna de esta semana, pienso mucho en mis tres filósofos favoritos: Valentina, Tadeo y, también, Joaquín, quienes por estar aquí y por ser quienes son, me han enseñado a repensarme a mí y a repensar la vida. 

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