Las palabras como refugio, memoria y celebración

Las palabras como refugio, memoria y celebración. Foto: Especial

Las palabras como refugio, memoria y celebración

La autora propone detenerse, mirar con cuidado una palabra y preguntarse de dónde viene, qué historias carga, a quién perteneció antes y por qué merece seguir viva.

Alejandro Baillet
Febrero 8, 2026

En un tiempo dominado por la inmediatez, por los mensajes fragmentados, los emojis que sustituyen emociones completas y las conversaciones que parecen agotarse antes de comenzar, María Luisa Sosa propone un gesto casi subversivo: detenerse, mirar con cuidado una palabra y preguntarse de dónde viene, qué historias carga, a quién perteneció antes y por qué merece seguir viva.

Palabras domingueras (Editorial Gato Blanco) no es sólo un libro; es una invitación a reconciliarse con el lenguaje como un territorio afectivo, cultural y profundamente humano.

“La obra, construida a partir de una estructura tan rigurosa como lúdica —seis vueltas completas al abecedario—, da cuenta de una obsesión amorosa por el idioma. No se trata de un diccionario ni de un catálogo académico, sino de una exploración personal donde cada término funciona como pretexto para pensar la memoria, la identidad y la manera en que nombramos el mundo.

“Elegir una palabra por letra no fue un acto de orden, sino de contención: ante la imposibilidad de abarcarlo todo”, comenta Sosa quien decidió acotar, elegir, renunciar, consciente de que las palabras que quedaron fuera son incalculables.

Palabras domingueras de María Luisa Sosa

Ese ejercicio de selección no estuvo exento de vértigo. Frente a la página, la autora se encontró con textos que hoy le despiertan orgullo y otros que la confrontan con la osadía de su propia escritura.

“Hay palabras que me ofrecieron libertad creativa y otras que me dejaron con la sensación de que el lenguaje no alcanzaba, de que faltaban caracteres para decir todo lo que quería decir. Palabras domingueras es también, en ese sentido, un libro honesto: no oculta las dudas ni las fisuras del proceso creativo, las asume como parte esencial del camino”, explicó.

El abecedario, ese viejo andamiaje aprendido en la infancia, se revela aquí como un mapa caprichoso. Las primeras letras abundan en opciones, desbordan posibilidades; hacia el final, en cambio, el terreno se vuelve árido. La Ñ y la X aparecen como zonas de conflicto, casi como trampas lingüísticas.

“Las primeras vueltas al alfabeto logré resolverlas; en las últimas, la Ñ fue omitida, no por descuido, sino por la imposibilidad real de sostener el juego sin forzarlo. La lengua también pone límites y hay que saber escucharlos.

“Uno de los mayores encantos de Palabras domingueras reside en su origen híbrido. Las palabras no provienen únicamente de los libros, aunque la literatura es una fuente constante; muchas surgen de la historia familiar, de los abuelos, de esas voces que no llegan a ser arcaísmos, pero que ya no circulan con naturalidad en el habla cotidiana”, señala Sosa y las nombra con humor y cariño: “abuelismos”, modismos entrañables que sobreviven en la memoria afectiva más que en los diccionarios y que conservan una simpatía particular, una musicalidad que remite a otro ritmo de vida.

La cosecha de palabras no se detiene

A esta dimensión íntima se suma la diversidad regional del español en México. Las palabras cambian de significado de un estado a otro, de una provincia a la siguiente, y ese desplazamiento semántico provoca asombro, risa y, sobre todo, conciencia de la vastedad del idioma.

“Vivir en Querétaro y convivir con personas de otros puntos del país se convierte en una experiencia lingüística reveladora: de pronto, una misma cosa se nombra de formas radicalmente distintas, como si se tratara de mundos paralelos que sólo se cruzan a través del lenguaje”, explica.

Lejos de agotar el tema, Palabras domingueras abre la puerta a una continuidad casi inevitable. 

“La cosecha de palabras no se detiene; al contrario, crece con el tiempo”, señala Sosa y reconoce que el proyecto está en pausa, pero no cerrado.

“La recopilación continúa, alimentada ahora también por lectores y amigos que, al saber de mi gusto por el lenguaje, me sugieren términos, me regalan palabras como quien comparte un secreto”. La riqueza del idioma, confirma la autora, no se termina nunca.

Esta mirada amorosa hacia el español no ignora las transformaciones contemporáneas. En las últimas décadas, el idioma ha sido atravesado por una avalancha de términos tecnológicos y anglicismos que nombran realidades inexistentes hace apenas unos años: internet, web, chatear, whatsappear, instagramable. 

“Hubo un tiempo en que adopté una postura purista, reacia a estas incorporaciones; sin embargo, la perspectiva histórica me permitió entender que el lenguaje es un organismo vivo, en constante movimiento, obligado a adaptarse para nombrar lo nuevo.

“Negarse a estas palabras sería, en el fondo, negar la realidad que designan. El internet no existía antes y, sin embargo, hoy forma parte del vocabulario elemental de cualquier niño. El idioma no sólo refleja el mundo: lo acompaña, lo explica, lo hace habitable. Desde esa comprensión he observado con interés la manera en que el español se expande, se contamina y se reinventa, incluso cuando eso implica renunciar a una idea fija de pureza lingüística”, mencionó.

La comunicación marcada por las pantallas

La comunicación contemporánea, marcada por las pantallas y los dispositivos móviles, plantea un dilema que Sosa no esquiva. Por un lado, la escritura se ha vuelto omnipresente: se escribe todo el tiempo, aunque sea con errores, abreviaturas o descuidos.

Por otro lado, se ha debilitado la comunicación cara a cara, esa secuencia de saludos, filtros y formalidades que antes estructuraban las relaciones. Las nuevas generaciones ya no viven esos rituales, pero enfrentan otros desafíos: escribir bien un mensaje puede ser decisivo para causar una buena impresión.

“En ese intercambio de pérdidas y ganancias, las palabras siguen siendo el centro. Tener un vocabulario amplio no es un lujo, sino una herramienta para vivir mejor, para comunicarse con mayor precisión y, por qué no, con mayor gozo. Respetar la ortografía, cuidar el sentido de lo que se dice, no es un gesto conservador, sino una forma de respeto hacia el otro y hacia uno mismo”.

La palabra, núcleo de todo su trabajo, aparece entonces como un material maleable, fascinante, capaz de contener múltiples significados. Es significante y continente, forma y fondo, literalidad y connotación. Una sola palabra puede nombrar varias realidades, abrir sentidos figurados, cargar historias invisibles. Esa plasticidad es, para Sosa, una de las mayores maravillas del lenguaje.

“En tiempos de polarización y violencia verbal, Palabras domingueras se lee también como una apuesta ética. Las palabras pueden construir o destruir, tender puentes o levantar muros. Elegirlas con cuidado es una forma de responsabilidad. Que sirvan para la felicidad, para el entendimiento, para la paz, ese es el deseo que atraviesa todo el libro”.

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