Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

María Magdalena: entre la exclusión y la centralidad discursiva

Voz Propia

María Magdalena: entre la exclusión y la centralidad discursiva

Jimena Valdés

Redacción
Abril 4, 2026

Recuerdo que desde niña, llamaba mi atención la figura de María Magdalena; cuando en el Evangelio de San Juan es María Magdalena o María de Magdala una de las tres Marías que al acudir al sepulcro, aparece como la primera en ver a Jesús resucitado. El texto indica que ella “fue y anunció a los discípulos: ‘He visto al Señor’” (Juan 20:18), y con ello siendo testigo del suceso que por lo menos a nivel histórico representa una coyuntura tan importante que la cuenta de los tiempos está marcada por un antes y un después de su ocurrencia.

Sobre María Magdalena se ha dicho mucho y también se ha dicho de todo: que si Jesús la liberó de los siete demonios para después de eso arrepentirse constituyéndose como una de sus personas más cercanas, o bien que si en realidad más que sólo discípula era también compañera o incluso relatos contemporáneos convertidos en Best Sellers, en los que es depositaria de una serie de símbolos y atributos que en su momento, facultaron una propia línea de culto y adoración; hasta incluso ser la inspiradora de canciones  como aquella de Trigo Limpio que recuerdo haber escuchado repetidas veces en el cassette que mi mamá reproducía en el coche en la que se le escucha cantar:

Ayer mi boca se heló en tu boca

Y no te supe besar

Dime mi amor por qué no te puedo amar

Ayer mi cuerpo no fue tu cuerpo

Qué clara vi la verdad

La Magdalena de ayer, hoy se te va

Y es que efectivamente, tan contradictoria como la letra de esa canción, es también la posición discursiva que a lo largo de la historia ha jugado María de Magdala (denominativo que me parece que se escribe y se escucha más bonito). Basta observar cómo, de un papel de testigo otorgado en las escrituras del cristianismo primitivo, a partir del siglo II, con la consolidación de estructuras jerárquicas, los roles institucionales quedaron mayormente restringidos a varones, ejemplo de ello lo encontramos al leer el Eclesiástes en el que se evidencia el desplazamiento simbólico de las mujeres de testigos e incluso discípulas a figuras de carácter contaminante y que tenían por ejemplo, que cubrir sus cabezas para poder ser dignas de acercarse a Dios, lo cual no cambió hasta bien entrado el Siglo XX con el Concilio Vaticano Segundo, en donde se dejó de lado el velo como un requerimiento para entrar a la Iglesia.

Al respecto, la historiadora Karen King, señaló que “las evidencias más tempranas muestran diversidad en los roles de las mujeres, que luego fueron limitados por la institucionalización de la Iglesia”, o bien por el establecimiento de la autoridad masculina a través de la dominación del accionar y el papel simbólico de las mujeres tanto en los discursos en torno a ellas, como en sus posibilidades reales de acción.

La buena noticia es que como reza la famosa frase de Foucault “lo construido históricamente, puede ser destruído políticamente” y, es que a pesar de lo mucho que sin reales fundamentos se dice, en torno a la supuesta incapacidad de actualización de la Iglesia, en años recientes se ha prestado principal atención al estudio de los textos no canónicos, propios de fuentes datadas en el cristianismo temprano como el Evangelio de María, en los que presentan a María Magdalena como una figura de liderazgo entre los discípulos; de ahí que en 2016, el Vaticano elevó su celebración litúrgica al rango de fiesta, equiparándola simbólicamente a los apóstoles. Aunado a ello, el decreto de la Congregación para el Culto Divino la definió como “apóstol de los apóstoles”, en referencia a su rol en el anuncio de la Resurrección.

Si como punto final, puedo permitirme una licencia, quiero decir que me encanta imaginar a María Magdalena, muy cerca de Jesús en las reuniones, como la sitúan los Evangelios Gnósticos “recibiendo visiones con enseñanzas espirituales”, siendo entonces más que una consorte una compañera con la que se establece un vínculo íntimo y espiritual.

La pienso entonces, dando su propio punto de vista y su interpretación de las cosas, siendo agente del cambio que desde el cristianismo primigenio se tenía de un mundo en el que se cuestionaban estructuras de poder que dejaban fuera formas de vida simples pero más cercanas a la palabra de Dios, por algo según relató Mateo: Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron. Es decir que tras su muerte, el velo del templo se rasgó en dos, simbolizando el fin del antiguo sistema de sacrificios y el acceso directo a Dios.

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