En La hija del guerrillero y la loca (Grijalbo), la escritora colombiana Saia Vergara Jaime se sumerge en la memoria como quien se arroja a un río caudaloso sin saber si saldrá ilesa. El resultado es un libro que deja —como ella misma reconoce— “rabia, tristeza y reflexiones”, pero también una luminosa conciencia de que la infancia, incluso en medio de la guerra, es capaz de inventar espacios de felicidad.
Publicada tras la muerte de su padre en agosto de 2022, la obra no solo reconstruye una niñez marcada por el exilio y la clandestinidad, sino que propone una reflexión urgente: ¿qué lugar ocupan los niños en los relatos de los conflictos armados de América Latina?
La hija del guerrillero y la loca
Vergara Jaime no escribe desde la comodidad de la distancia académica, aunque es historiadora de formación. Escribe desde la herida abierta.
“Este es un libro que me debía a mí, pero también —y acaso sobre todo— se lo debía a tantas personas que como yo hemos vivido la guerra en Colombia. No hablo únicamente de los hijos e hijas de guerrilleros, sino también de militares, narcotraficantes y paramilitares: niños que crecieron escuchando conversaciones sobre torturas, desapariciones y persecuciones, sin que nadie se detuviera a explicarles el contexto de aquello que los rodeaba”, responde con tranquilidad.
El detonante de la escritura fue el duelo. La muerte de su padre la sumergió en lo que describe como un “agujero negro”. Mientras el entorno le repetía que el dolor era una fase pasajera, ella sentía que crecía con el paso del tiempo. Entonces comprendió que la única salida era volver a la infancia, a esa zona donde la memoria guarda las claves de lo que somos. Allí, en los años de exilio en México —una década entera— encontró el hilo que daba sentido a su pérdida.
“El libro se convierte en una conversación entre tres voces: la niña que fue, la mujer adulta que la escucha con ternura y la historiadora que intenta comprender el entramado político y social de aquella época. Encontrar ese tono no fue sencillo. “Duré tres o cuatro meses escribiendo y borrando. Siempre aparecía la adulta impostando una voz infantil que no terminaba de ser auténtica. Hasta que, de pronto, la niña pudo empezar otra vez a vivir en mí. A partir de ese momento, la escritura fluyó como una revelación”, recuerda.
Narrar desde la infancia implica un desafío ético y estético: no caer en la tentación de racionalizar lo vivido con la perspectiva del tiempo.
“ , la niña no entiende del todo lo que ocurre, pero percibe el peligro. Sabe que la vida es frágil, que sus padres podrían desaparecer, que hay enemigos invisibles. La familia cambia de casa una y otra vez; asiste a reuniones donde se habla de muerte; escucha nombres propios que no siempre reconoce. Y, sin embargo, juega. Ríe. Se inventan mundos paralelos”, menciona la autora.
La posibilidad de haber sido feliz
La paradoja es uno de los grandes aciertos del libro: la posibilidad de haber sido feliz en medio de la amenaza constante. México —país que acogió a la familia— aparece como un territorio luminoso, hospitalario, lleno de afectos.
No es casual que Vergara Jaime evoque con gratitud ese exilio. Su padre, vinculado a círculos intelectuales y políticos, llegó a ese país en una época en que las puertas se abrían para quienes huían de las dictaduras del Cono Sur y de la violencia colombiana. En ese contexto, la figura de Gabriel García Márquez aparece como parte de una red solidaria que ayudó a salvar vidas, comenta la escritora.
Pero el libro no es un ajuste de cuentas ni una crónica política. Es, ante todo, una exploración íntima de lo que significa crecer en un entorno donde el miedo es una presencia cotidiana.
“En esa época los niños éramos como un mueble. Se nos movía de un lugar a otro sin explicaciones; se asumió que no comprendíamos; se nos pedía silencio. La guerra, en sus relatos oficiales, rara vez se detiene en la experiencia infantil.”
“América Latina ha mirado con frecuencia hacia conflictos lejanos —Vietnam, Palestina, Afganistán— para conmoverse ante la tragedia de los niños, pero pocas veces ha vuelto la mirada hacia sus propias guerras. Colombia, El Salvador, Guatemala, México: territorios donde generaciones enteras crecieron bajo la sombra de la violencia. Dar voz a esa experiencia es uno de los gestos más potentes del libro”, señala y esa omisión es la que Vergara Jaime intenta reparar.
En su diálogo con el historiador colombiano, Darío Villamizar, uno de los estudiosos más importantes de los movimientos guerrilleros en la región, la autora reflexiona sobre las raíces de esos conflictos.
“Nadie toma las armas por gusto. Las guerrillas surgen en contextos de profunda desigualdad, de élites que concentran la riqueza y de promesas democráticas incumplidas. En Colombia, durante décadas, el poder se alternó entre partidos tradicionales, hasta que en 2022 llegó el primer gobierno de izquierda con la elección de Gustavo Petro. Esa larga historia de exclusiones y resistencias forma el telón de fondo de la memoria personal”, reconoce.
Sin embargo, la dimensión política nunca eclipsa la emocional. “Recordar es volver a pasar por el corazón”, dice Vergara Jaime, subrayando la etimología latina de la palabra. Y eso fue exactamente lo que hizo: llorar cada página, atravesar de nuevo los pasajes más dolorosos.
“Hay escenas en las que dialogo con mi padre muerto, reclamándole las respuestas que ya no podrá darme. Hay preguntas que quedan suspendidas en el aire, sin resolución posible”.
La escritura como ejercicio de supervivencia
La escritura se convierte entonces en terapia, en un ejercicio de supervivencia. La autora confiesa que el shock por la muerte de su padre fue tan grande que llegó a perder la capacidad de escribir, algo impensable para alguien que lo hacía desde los quince años.
“Recuperar esa facultad fue también recuperar la vida. Si pierdo la capacidad de escribir, me muero”, pensó en algún momento. La hija del guerrillero y la loca es la prueba de que logró volver.
Uno de los aspectos más conmovedores del libro es la diferencia en la manera en que los niños procesan la violencia. Su hermano, cinco años mayor, vivió los mismos hechos con otra sensibilidad.
“Para él, el exilio fue ante todo una separación de la familia extensa; para mi, una experiencia que dejó huellas profundas, al punto de pasar años en terapia intentando comprender qué ocurrió y cómo lo procesaba. Esa divergencia desmonta la idea de una infancia homogénea”.
La autora insiste en que los adultos deben asumir la responsabilidad de sus decisiones, porque estas predeterminan en buena medida la vida de sus hijos.
“La guerra no es un fenómeno abstracto: atraviesa los cuerpos y las memorias de quienes la viven desde pequeños. Pero el libro no cae en el resentimiento. Al contrario, está atravesado por una ternura que busca consolar a la niña que fue y, al mismo tiempo, a miles de niños anónimos que compartieron experiencias similares”, responde.
En tiempos en que el discurso público suele simplificar los conflictos en bandos irreconciliables, La hija del guerrillero y la loca apuesta por los matices, explica Saia Vergara. Reconoce el dolor sin negar la esperanza; asume la complejidad sin renunciar a la empatía. La infancia que retrata no es un territorio idílico, pero tampoco un páramo desolado. Es un espacio donde conviven el miedo y la risa, la amenaza y el descubrimiento.
“Al final, la pregunta que sobrevuela el libro es tan íntima como política: ¿qué nos pasó? ¿Qué les pasó a esas generaciones que hoy administran gobiernos, universidades, empresas, instituciones culturales, y que crecieron bajo el estruendo de la guerra? Al narrar mi historia particular invito a otros a contar la propia. A romper el silencio”.
Leer este libro es aceptar esa invitación. Es reconocer que la memoria no es un ejercicio nostálgico, sino una herramienta para comprender el presente. Y es, sobre todo, escuchar a la niña que habla desde sus páginas, una voz que durante mucho tiempo fue considerada irrelevante y que hoy, gracias a la escritura, ocupa el lugar que siempre mereció: el centro del relato.
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