Nuestro Padre Jesús en Tenango: Fe, mayordomías y el ritual de la redención

El impactante recorrido de los penitentes en Tenango

Nuestro Padre Jesús en Tenango: Fe, mayordomías y el ritual de la redención

Mayordomos y vecinos que aportan recursos.

Federico García García

Redacción
Febrero 1, 2026

El municipio mexiquense vive cada enero su fiesta patronal en honor a “Nuestro Padre Jesús”, una celebración de la comunidad que culmina con el ritual del “lunes de las Penitencias”

Tradiciones del Edomex: El impactante recorrido de los penitentes en Tenango

Tenango. “En el lugar de la muralla divina”, “En la muralla sagrada” o “En la gran muralla”. Se ubica en el sureste del Valle de Toluca, a 25 kilómetros de la ciudad de Toluca, capital del Estado de México, y a 74 kilómetros de la Ciudad de México.

“Nuestro Padre Jesús”, fiesta de enero

En Tenango de Arista, cabecera municipal, son dos las fiestas patronales grandes: la del 15 de enero, correspondiente a la imagen de Jesucristo en la advocación de “Nuestro Padre Jesús”, y la del 15 de agosto, dedicada a la Virgen María en la advocación de la “Asunción de María”. La fiesta de enero es una de las más representativas en las festividades religiosas de la cabecera municipal.

La imagen de Jesucristo ha sido venerada bajo los nombres de “El Cristo de las Cañitas”, “El Señor del Huerto” (Joquicingo), “Dulce Nombre de Jesús” (Mexicaltzingo), “Padre Jesús” (San Bartolomé Atlatlahuca, Tenango del Valle) y “Nuestro Padre Jesús”, como han compartido los mayordomos y se encuentra referida en el archivo del Templo de El Calvario.

¿Cómo se festeja?

Del 1 al 31 de enero, el templo de El Calvario se engalana con arreglos florales y es visitado por vecinos y visitantes para honrarle en su festividad. La organización de las fiestas patronales se da por el sistema de cargos religiosos en la modalidad de mayordomía; la ejecutan los mayordomos, cuyo número depende de la voluntad de los feligreses, quienes preferentemente participan en matrimonio. Pueden servir por varios años en la realización de la festividad, la planean año con año y se encargan de implementarla; ellos aportan tiempo y dinero, también con apoyo de los vecinos por medio de la colecta de cooperación económica y en especie, que se utiliza para el pago de los servicios religiosos, para la parafernalia, la ornamentación del templo, la música, los alimentos, la cohetería, los programas de la fiesta o convites.

La organización de los festejos se extiende con los grupos: por edad, por actividad económica, por condición profesional; por calles y barrios: los lados norte y sur, el barrio de los atoleros y el de Santo Niño; por persona y por familia. La festividad reviste vital importancia porque fomenta la integración social de todos los integrantes de la familia y de la comunidad. Ser parte de ella es mantener el sentido de pertenencia e identidad que enorgullece a cada vecino, pues todos se empeñan en realizar la mejor fiesta del pueblo.

La fiesta patronal de enero constituye una de las dos fiestas tradicionales más atractivas y significativas para los vecinos del pueblo con encanto. En esta festividad, las actividades religiosas inician y terminan con el mes. Durante el día grande, El Patrón es festejado con “Las mañanitas” en la víspera y por la madrugada, con lo que inicia la fiesta, el 15 de enero; antes del mediodía, solemne misa; posteriormente, en el atrio y la calle Hidalgo, las danzas de Concheros y de los Doce Pares de Francia o Moros y Cristianos, los Arrieros, los Tecuanes o Lobitos y los Chinelos dan un matiz visual y auditivo digno de ser vivido para contagiarse en la alegría de la fiesta del pueblo; finalmente, la quema de juegos pirotécnicos con fulgurantes luces iluminan y dan colorido a la noche.

Las Penitencias

Desde las 7 de la mañana, los feligreses se dan cita en la capilla de San Salvador, casi en lo alto del Tetépetl, quienes se han dispuesto a pagar una manda, “Las Penitencias”. Es una práctica que se borra en la memoria de las generaciones porque nadie sabe desde cuándo se realiza; es una acción que está más allá de la liturgia católica, pese a que inicia en un lugar sacro y llega a otro más sacralizado.

En ella, los penitentes van a pagar un favor recibido por “Padre Chuchito”; otros van a pedir que les favorezca con el don de la curación de enfermedad; unos más a prometer que dejarán el vicio o se portarán mejor, y muchos, a ser redimidos por sus pecados.

Los penitentes eligen padrinos (o padrino) quienes los acompañarán, comprándoles su corona de espinas y una prenda para cubrir sus ojos, las que son presentadas ante la imagen de Cristo crucificado y a quien besan en la rodilla en señal de rendición; en seguida, el penitente se coloca de rodillas –estas descubiertas, porque si no, no vale– para que su padrino le vende los ojos y le coloque la corona de espinas.

Empieza su penitencia al andar con las rodillas descubiertas bajando los escalones de piedra que dan acceso a la capilla y continuar por el callejón, cuesta abajo, por casi 400 metros cubiertos de cemento o cantera; en algunos tramos recién barridos, en otros con tierra y diminutas piedras que se entierran en la piel sufriente para causar dolor y propiciar sangrado. Con el sustento de los brazos del padrino y el aliento de ánimo que de ellos reciben, los penitentes son guiados hasta llegar al Parque Humboldt, más conocido por la población como los Manantiales de San Pedrito, donde ha mejorado la condición del piso, es plano y anuncia el tramo final para concluir; se ha llegado a la calle Porfirio Díaz y el alivio es mayor para quien busca la redención: es la recta final, los últimos metros planos, la conclusión del sufrimiento.

Al empezar a subir los escalones hacia el templo de El Calvario, el calvario del penitente ha concluido, su manda está casi hecha. Entrar al templo significa la redención de sus pecados, el cumplimiento de su mandato. Llegar a los pies del Patrón es haber cumplido con su promesa, es la esperanza de ver cumplida su petición, es saberse perdonado de sus pecados.

La fila es interminable, como las súplicas y los perdones de los que realizan la penitencia; decenas de ellos –no pocas veces se ha rebasado el centenar– son vistos, acompañados y condolidos por vecinos y visitantes, cada “lunes de las penitencias”.

En el interior del templo, el padrino retira el vendaje y la corona al penitente, los coloca a un costado de la imagen de Nuestro Padre Jesús. Padrino y ahijado unen pensamiento y elevan rezos como agradecimiento. Lágrimas casi secas surcan mejillas, frágiles movimientos labiales acompañan inaudibles susurros dirigidos al crucificado.

La penitencia consumada es redención.

Cronista de Tenango del Valle por la AMECRON y ANACCIM  

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