Por las calles que conducen a la plaza central de Ozumba, flanqueadas por edificios comerciales y restaurantes familiares, la escena parece sacada de otro tiempo.
Frente a la parroquia de la Iglesia de la Purísima Concepción, un macizo edificio plateresco del siglo XVII, cuya fachada de piedra ha sido testigo de la historia de la evangelización y de la vida religiosa de la zona, se interrumpe brevemente la circulación de los automóviles para dar paso a la procesión.
El sonido de una banda, con tarola y trombón marcando el compás, irrumpe en la rutina del mediodía.
Al ritmo del paso corto de un burrito cubierto de globos multicolores avanza un joven con sombrero que, en una mano, lleva un bolso repleto de dulces y, en la otra, una canasta con pan.
Es el protagonista involuntario de la jornada: pronto será padre.
Lo acompañan amigos, primos y vecinos. Su esposa, con una sonrisa cómplice, guía al borrico mientras él reparte golosinas entre los curiosos que salen a las puertas y siguen la procesión. El ambiente es festivo, pero el motivo tiene una raíz más profunda: el futuro papá está “chípil”, como se dice en la región cuando la tristeza y la melancolía se instalan sin pedir permiso.
El próximo padre va a lomo de burrito, en una imagen que muchas veces lo caricaturiza como a un niño, arrojando dulces a quienes observan el paseo y recibiendo la atención y la risa de los presentes.
En esta zona, que a veces se cubre de la ceniza que arroja cada cierto tiempo “Don Goyo”, estar chípil —o “encargado”, como también se le nombra— es más que un simple bajón anímico.
Es la manera popular de describir a los hombres que, junto con sus esposas, parecen padecer síntomas del embarazo: antojos, cansancio y cambios de humor. También alude a una inquietud más íntima: el temor de ser desplazados en los afectos cuando llegue el nuevo integrante de la familia.
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El paseo del chipilón
La tradición de pasear a los chipilones pervive en los municipios cercanos al volcán, principalmente en Ozumba, Ecatzingo, Atlautla y Amecameca, todos ubicados al pie del imponente volcán Popocatépetl. Cada municipio tiene variantes en la costumbre, pero, en general, el objetivo es el mismo: hacerle fiesta al nuevo papá que requiere atención.
Nadie sabe con exactitud cuándo comenzó. No hay registro escrito que la ubique en una fecha precisa.
La memoria colectiva simplemente asegura que “así se ha hecho siempre”.
El objetivo es claro: aliviar la melancolía. Antaño, el chípil era vestido con ropa de manta, sombrero de palma y paliacate rojo. Su atuendo evocaba al campesino tradicional de la región. Montado en un burrito adornado con flores de papel o globos, recorría el barrio acompañado por música de banda.
La comitiva anunciaba que en esa casa estaba por nacer un bebé y que alguien necesitaba sacudirse la tristeza.
En sus manos no podían faltar las canastas del huehue, un tipo de cocol que es pan emblemático de la región de los volcanes. A veces, los panecillos van en una cuerda que se le cruza al chípil en el pecho.
Esta pieza está elaborada con masa morena trabajada con piloncillo, de sabor profundo y ligeramente especiado con anís o canela. El cocol se distingue por su textura suave, su corteza lisa y sus adornos de ondas de masa blanca.
Al chipilón se le dota de un huehue de gran tamaño para que después pueda ser fraccionado entre los asistentes.
Antes de repartirlo, el pan se frota suavemente sobre la ropa que cubre la pancita de la embarazada. El gesto es simbólico: como si la nostalgia se transfiriera a la corteza del pan y pudiera desmigajarse entre todos.
Al final del recorrido en burro, el pan se comparte con quienes acompañan el paseo. Comerlo es participar del ritual y, de alguna forma, ayudar a disipar el desánimo.
Entre la risa y la transformación
Con el paso de los años, la tradición ha adoptado nuevos matices. Aunque todavía se ve al chípil vestido de manta, hoy no es raro que lleve un sombrero infantil, un pañal simulado sobre la ropa o una mamila en la mano. Dentro puede haber leche, pero también pulque o algún trago que provoque carcajadas.
Más que una ceremonia solemne, el paseo se ha vuelto una celebración anticipada del nacimiento. En ocasiones, se organiza como sorpresa para el futuro papá, quien es sorprendido para vestirlo y subirlo al burro.
La vergüenza inicial pronto se convierte en risa colectiva, mientras la banda toca y los vecinos se suman.
La esencia, sin embargo, permanece intacta: acompañar a quien se siente desplazado, hacerlo centro de atención para que la tristeza no eche raíces. En estas comunidades, la melancolía no se enfrenta en silencio, sino con música, pan y alegría compartida.
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El pan, la palabra y la memoria
La palabra chípil tiene un origen antiguo. De acuerdo con el Diccionario de Mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, proviene del náhuatl tzipitl, que se usa para denominar a una persona triste, afligida o melancólica, pero también alude a alguien consentido, caprichoso y demandante de cariño.
El término pasó al español de México para describir tanto a los niños que se muestran llorosos sin causa aparente como a los adultos que se sienten desganados o necesitados de atención.
Algunos lingüistas señalan que la raíz náhuatl alude a una sensación de pequeñez o vulnerabilidad emocional, una suerte de abatimiento que requiere consuelo. De ahí que, en el habla popular mexicana, surgiera también el verbo “achicopalarse”, emparentado en sentido con la idea de entristecerse o desanimarse.
Así, la lengua indígena dejó su huella en la vida cotidiana y en una tradición que transforma la tristeza en motivo de fiesta.
En los pueblos que miran de frente al Popocatépetl, el chípil dejó de ser sólo un estado de ánimo para convertirse en personaje. Cada vez que un burrito adornado cruza la plaza, entre la sombra de la parroquia y el eco del trombón, la comunidad recuerda que la llegada de un hijo no sólo trae cambios, también convoca a la risa, al pan compartido y a la certeza de que la melancolía, cuando se nombra y se celebra, termina por diluirse.
Información de Angélica Vargas
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