La paternidad y maternidad son, sin duda, dos de las actividades más extendidas en el mundo. Las personas pensamos que en algún momento de nuestras vidas podremos tener descendencia. Ser papá o mamá se nos presenta como un mandato omnipresente.
La protección y acompañamiento del desarrollo de las infancias son responsabilidades de los adultos. La vida de una persona recién nacida requiere para su crecimiento cuidados, atenciones, amor, protección, información. ¿Por qué acatar ese mandato de ser padres y madres sin haber desarrollado las habilidades para ello?
Esta pregunta llega muy tarde para algunas personas. Cuando ya se es papá o mamá, se activan alertas de lo vivido en nuestras infancias, con ansiedad de que nuestros hijos “no vivan lo mismo que yo”, que no padezcan aquello que quizás en nuestras infancias no nos gustó vivir.
En el caso de los hombres, cómo darle sentidos a la paternidad desde un lugar distinto al mandato de ser fuertes, autoritarios, proveedores, ausentes. Cómo aprender a cuidar y a acompañar a niñas y niños, adolescentes y jóvenes. Además, advierto que esas tareas son cambiantes, según las edades y etapas de desarrollo de nuestros hijos e hijas.
De acuerdo con el censo de Población y Vivienda 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), habría en México casi 45 millones de hombres de 15 años y más, de quienes más de 21 millones (47%) respondieron ser papás. El organismo ha documentado que en el país existen casi 39 millones de mujeres que son mamás.
¿Cómo aprendimos a ejercer la paternidad y la maternidad? ¿Sabíamos algo sobre género y la construcción de identidades de las personas? Considero estas preguntas ligadas a la cotidianidad de cada uno de nosotros. Por ejemplo, todos crecimos viendo a nuestras familias cuidándonos. Ahí encontramos un primer acercamiento con la función de ejercer conductas afectivas, responsables, asertivas de unos adultos hacia infantes.
Desde nuestras propias infancias observamos cómo somos cuidados, vestidos, etiquetados o clasificados para después ser los hombres o mujeres en que nos convertiremos. Y esos primeros aprendizajes, es probable que los llevemos a nuestro propio ejercicio de paternidad o maternidad.
En el caso del género, es pertinente adquirir conocimientos básicos como el hecho de que éste es resultado de nuestra actividad social. Si bien nuestros cuerpos se gestan y desarrollan con órganos sexuales y reproductivos específicos, a ellos les dotamos significados y mandatos arbitrarios, que luego distorsionamos en supuestos argumentos de “lo natural”.
Niñas y niños crecen y se desarrollan por etapas en las que aprenden y reconocen sus cuerpos, y van integrando sus propias capacidades para ser una persona con rasgos particulares y potencialidades para vincularse consigo mismo y las demás personas.
Frente al crecimiento de nuestras hijas e hijos, padres y madres tenemos el reto de acompañarlos en sus desarrollos, conocerse, cuidarse y fortalecer sus personalidades con la información que les permita respetar a todos las identidades.
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