Pixel o la dignidad de quedarse cuando el ruido pasa

Roberto Cortez Zárate

Pixel o la dignidad de quedarse cuando el ruido pasa

Rockanrolario

Redacción
Febrero 6, 2026

La noche en que Pixel subió a un escenario sin saber que saldría con un reconocimiento bajo el brazo no fue, en realidad, una sorpresa: fue una noche de coherencia con una trayectoria que no ha buscado atajos, que no apuesta al golpe viral ni a la validación inmediata, y que entendió el rock como lo que siempre ha sido: una práctica de resistencia cotidiana.

En la escena independiente, donde el aplauso suele ser breve y la memoria frágil, 15 años pesan en los ensayos nocturnos después de jornadas laborales completas, en los equipos cargados a pulso, en las tocadas con públicos reducidos y en la tentación permanente de abandonar. Pixel eligió lo contrario: quedarse. No por terquedad, sino por convicción. La convicción de que hacer música todavía tenía sentido., aunque nadie prometiera nada a cambio.

La historia de los hermanos Herrejón, satelucos de coraza, no se explica desde la épica del éxito, sino desde la ética del oficio. No hablan de “aguantar”, sino de disfrutar; no narran la música como sacrificio, sino como una extensión natural de la vida. Esa diferencia es clave. Muchas bandas resisten por inercia; pocas permanecen por placer. Pixel pertenece al segundo grupo.

El reconocimiento recibido en los Monster Music Awards funcionó como un espejo tardío: alguien, en algún punto del continente, miró el recorrido completo y dijo “esto importa”. En una industria obsesionada con la novedad, ese gesto resulta casi subversivo. Y la música heredera de las grandes bandas del postpunk mexicano se erige como su baluarte. Dos discos forjados a sangre y fuego.

Hay algo profundamente simbólico en que el siguiente paso del grupo sea un vinil. No como nostalgia hueca, sino como afirmación material. El objeto físico obliga a detenerse, a escuchar con atención, a reconocer que las canciones también necesitan cuerpo. Piezas sueltas en el mundo de las redes que se concretarán en algo tangible: en una celebración.

Pixel también encarna una verdad incómoda del presente musical: la doble vida del artista. Profesiones paralelas, agendas fragmentadas, cuentas que no esperan. Lejos de desmitificar al músico, esa condición lo humaniza. El rock deja de ser pose y se vuelve conversación, cercanía, comunidad. El público no mira a una figura inalcanzable, sino a alguien que comparte la misma precariedad, el mismo cansancio y, a veces, las mismas calles: A sus cuates.

Quizá por eso la banda sigue ahí. Porque entendió que el verdadero capital no está en los reflectores, sino en los vínculos: con el equipo técnico, con quienes toman fotos, con quienes venden mercancía, con quienes escuchan desde el inicio. Pixel no es solo un grupo; es una pequeña constelación de personas que decidieron empujar en la misma dirección.

Al final, el premio importa menos que el trayecto. Importa menos que la conversación larga, la canción bien hecha, el paso firme, aunque lento y el acompañamiento de quienes los quieren bien. En un ecosistema donde todo parece diseñado para durar poco, Pixel recuerda que la música también puede ser una forma de permanencia. Vale la pena apostar por ellos y buscar su trabajo en las principales plataformas.

Sigue nuestro CANAL de WHATSAPP y entérate de la información más importante del día con La Jornada Estado de México.

TAR

UAEM2