Nayo Elizabar ha construido una carrera desde adolescente, su compañía abrió oportunidades a adultos mayores que llevan la identidad cultural de México a escenarios de todo el mundo
Como un árbol que ha extendido sus ramas hacia distintos cielos sin olvidar la profundidad de su raíz, Nayo Elizabar ha construido su vida entre territorios, identidades y escenarios.
Nacida en la Ciudad de México, pero asentada desde los cuatro años en el Valle de Toluca, su historia es la de una mujer que ha aprendido a sostenerse firme mientras sus ramas se expanden por el país y el mundo, llevando consigo la danza, la cultura y una crítica social que no se queda en el aplauso.
Desde pequeña entendió que no pertenecía a un solo lugar. Su identidad se fue formando entre la capital, el Estado de México y una raíz oaxaqueña que marcó su manera de mirar el arte y la vida. Hoy, además de bailarina, es gestora cultural, directora de una compañía de danza folclórica que apuesta por la memoria histórica y representante internacional de la cultura mexicana por parte de una organización reconocida por la UNESCO. Pero antes de los foros internacionales, hubo una niña que tuvo que florecer.
Raíces conscientes
Habla de su origen como quien explica el mapa de un territorio íntimo. Su reflexión no es improvisada; ha pasado por la investigación académica y por un proceso personal de autoconocimiento.
“Tengo ya un poco más de estudios y de investigaciones que me ayudan a aterrizar y entender el porqué del acercamiento con todo esto. De primera instancia sí por el núcleo familiar, fue una decisión también por todo el bagaje cultural de los lugares a los que digo que pertenezco: nací en Ciudad de México, crecí en el Estado de México, pero siento que mi raíz está en el estado de Oaxaca”, comentó.
Comenzó a practicar danza alrededor de los cinco años y a los nueve ya formaba parte de compañías. Ese tránsito temprano por escenarios la convirtió en una artista en movimiento constante. Lo que, afirma, le ha permitido ver el arte a través de diferentes puntos de vista y perspectivas sociales y culturales.
La metáfora del árbol no es casual. Ella misma la ha utilizado para explicar su identidad.
“Hace unos años planteaba una analogía en Brasil y hablaba de la mujer árbol. Pensaba en que cuando tienes muy clara tu raíz, el tronco puede ser, bien un vehículo, pero las ramificaciones pueden estar donde quieras y al mismo tiempo puede ser hoja, pájaro, nido, mariposa, fruto. O sea, en realidad una vez que llegas a la rama, puedes convertirte en cualquier cosa”, señaló.
Desde niña estuvo rodeada de distintas disciplinas artísticas, pero fue la danza la que terminó por abrazar.
El vínculo con Oaxaca fue determinante. Las fiestas, las tradiciones y la vida en el pueblo marcaron su forma de entender el folclore no como espectáculo, sino como cotidianidad.
“Sí, pues inicialmente la conexión precisamente con mi raíz oaxaqueña. Completamente, sí, las fiestas, las tradiciones, la identidad, la cultura, todo lo que vivía en casa de mis abuelos, cada que íbamos al pueblito querido, le llamo yo, en Tamazulápam, Oaxaca, ver todas estas que para muchos en la escuela o en la academia le llaman folclore, para mí eran las prácticas cotidianas, el hábito, la identidad misma. Entonces, sí, ahí es donde me atrapó por completo”, relató.
La danza nunca fue un pasatiempo. Antes de ingresar a la licenciatura en Bellas Artes en Toluca, ya había transitado por múltiples espacios formativos además de lo aprendido de manera autodidacta impulsada por la curiosidad por aprender más, lo que la llevó a practicar desde capoeira, danza española y africana.
La resistencia y dignidad
A los 18 años, mientras cursaba distintas carreras universitarias, fundó la compañía Xochipiltzahuac. Su intención no era solo bailar, sino cuestionar las estructuras rígidas del medio.
“La heteronormatividad dentro de las compañías de danza en México. Las compañías de danza grandes te piden demasiados requisitos: una altura promedio, una complexión promedio, un color de piel específico, incluso hasta que seas de ciertos lugares. Entonces, esta normatividad y la idealización homogénea de las compañías de danza fue la que me llevó a decir, a ver, pues voy a hacer lo mío. O sea, qué padre que existan unas tan buenas, pero quiero un espacio en donde pueda ser yo con lo que soy, no con lo que me están pidiendo”, señaló.
El inicio no fue sencillo. Levantar una compañía independiente implicó trabajo constante y resistencia.
“Hace 14 años que empezó esta aventura, fue de la necesidad de hacer a mi forma y muy apoyada por mi familia y por los jóvenes con los que estaba en ese entonces, puro chavito, puro adolescente, alumnos de secundaria, preparatoria, que eran jóvenes también conmigo. Abrirnos puertas ha sido un camino complicado porque la danza folclórica mexicana se da por hecho un montón en México.
Narrativa y la crítica social
Como bailarina también ha enfrentado el racismo desde la infancia, una experiencia que transformó en fortaleza. Abrirse camino no fue sencillo. Ella misma reconoce que el trayecto estuvo marcado por la resiliencia para enfrentar actitudes como la discriminación, tanto personal como colectiva.
Ese ejercicio personal al que se refiere no fue menor. Implicó confrontar el dolor, pero también resignificarlo en un ejercicio de empoderamiento y valor.
La discriminación no se limitó a burlas infantiles. En su memoria persisten escenas incómodas que la marcaron profundamente pero no solo en las instituciones privadas en las que vivió situaciones difíciles, sino también en los colegios públicos.
Lejos de quebrarla, esos episodios fortalecieron su identidad. Su compañía de danza no sólo baila sones y jarabes; investiga, contextualiza, critica. Cada montaje es también una postura frente a la historia oficial y sus silencios.
Ramas que se extienden
En el mundo profesional de la danza, suele hablarse de edades límite, de cuerpos jóvenes y caducidades implícitas. Nayo cuestionó esa lógica desde su propia experiencia.
“La compañía también ha tenido estos cambios a partir de, repito, todos los ejercicios personales. Pero sí, el cuerpo, según ciertas compañías de danza muy grandes, tiene un rango de edad como los futbolistas. Sin embargo, yo pensé, la verdadera danza tradicional, de pueblo, de los pueblos indígenas, la verdadera tradición, yo veo un montón de señores adultos o de adultos mayores danzando en sus fiestas patronales o yendo a trabajar al campo”, comentó.
Con esa convicción abrió un espacio inédito dentro de su agrupación, una categoría senior con la intención de darle un espacio a los adultos mayores para que se realicen como artistas y que incluso ha tenido ya presentaciones fuera del país..
La proyección internacional no fue casualidad. Ha sido fruto de una búsqueda constante de foros, festivales y redes culturales.
Se convirtió en la representante nacional de los jóvenes de México ante el mundo en una organización que se llama IOV World, que tiene su sede en Emiratos Árabes, fue ponente de las tradiciones mexicanas y también de los proyectos que le preocupan al mundo.
Aprovechando las oportunidades fue como continuó extendiendo sus ramas. Junto con su compañía comenzó a llevar la cultura mexicana, a través de la danza, a España, Holanda, Cuba, Costa Rica, Macedonia del Norte, Francia, Colombia, por mencionar algunos. Aquí en el Estado de México, los festivales mas relevantes le han abierto sus puertas, particularmente Quimera.
Además, han llevado su propuesta a entidades como Michoacán, Oaxaca, Monterrey y próximamente Guadalajara, consolidando un diálogo cultural que trasciende fronteras.
Conectando culturas
Su nombramiento como representante juvenil ante el mundo en 2022 fue un punto de inflexión. No se trató únicamente de un título, sino de una responsabilidad tras integrarse a IOV World, organización internacional reconocida por la UNESCO. Pues es una responsabilidad que implicaba tener relación con los representantes de otros países y hacer intercambios, no nada más de danza, sino proyectos que tuvieran que ver con la innovación, de la tecnología, también la protección para las infancias, del empoderamiento de la mujer, etcétera..
Esa conexión dio origen a un proyecto que llevaba gestándose desde su infancia; una fundación.
“Esta fundación que mezcla mis identidades: la oaxaqueña con el arte y la cultura; la del Estado de México, con el campo, lo agroecológico; y por supuesto, mi lugar de nacimiento que es la Ciudad de México, lo cosmopolita, que se me ha vuelto por la adaptación a todos los medios, a todos los ambientes, a todas las culturas, siempre respetando y dando la dignificación que se merece cada lugar”, comentó.
La fundación comenzó a gestarse en 2021 y fue constituida formalmente como asociación civil el 13 de febrero. Uno de sus ejes centrales es el campo y la sustentabilidad que ya funciona desde hace 18 o 20 años bajo la dirección de su padre, Xavier Contreras que maneja no solo agricultura sino acuicultura.
Para ella, la tradición y la tecnología no son opuestas, sino complementarias y desea que en un futuro ambas no se contrapongan sino que se complementen integrando nuevos métodos pero también respetando al ambiente y a la cultura.
Como un árbol que ha aprendido a resistir tormentas, Nayo Elizabar ha transformado la adversidad en raíz profunda. Desde el Valle de Toluca, sus ramas se han extendido hacia otros continentes. Cada escenario, en cada foro internacional, en cada parcela de campo tecnificado, su proyecto dialoga con el pasado y con el porvenir. No baila sólo para preservar pasos antiguos; danza para cuestionar, para dignificar, para sembrar conciencia.
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SPM

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