El 8M se ha colocado en los calendarios como una fecha cada vez más relevante, relevante como el símbolo de las luchas por la igualdad y los derechos humanos de las mujeres y relevante también por el uso —incluso abuso— mediático e institucional del día.
Si nos remontamos al origen y sentido de la conmemoración, la ubicamos en las luchas de las colectivas atreviéndose a desafiar el orden de género: desde el ejercicio de derechos como el del trabajo hasta aquellos relacionados con la vida pública como es el derecho al voto.
Si bien las demandas se han reformulado en función de las coyunturas sociales y también de las necesidades de género, el carácter relevante de este día radica en el visibilizar las deudas históricas que han existido y existen respecto a las mujeres:
A votar y ser votadas, a la igualdad de condiciones laborales, a la salud, a la educación, al ejercicio de una sexualidad libre y autónoma a la propiedad sobre los territorios, a la autonomía de nuestros cuerpos, a la titularidad de nuestras ideas, a nombrar y ser nombradas, a existir como sujetas históricas desde nuestros propios lugares, a compartir las labores de crianza y cuidado, a la capacidad de diferenciarnos como mujeres en la singularidad de nuestras intersecciones
El 8M por lo tanto, dista mucho de ser el día en el que se valida “la condición femenina” bajo discursos mediáticos sobre la feminidad, lo valiosas que ese día podemos ser para el sistema o bien, bajo los términos en los que se define el purple wash, como una mera simulación sobre las condiciones de alcance de la igualdad sustantiva.
La conmemoración del Día Internacional de la Mujer, surge desde las incomodidades, es su propio sentido el incomodar, al cuestionar a un sistema que en realidad nos es ajeno y al que históricamente no nos ha quedado de otra más que tenernos que acoplar. Como se menciona desde el affinamento del propio movimiento feminista, si bien, los espacios se abren, tendríamos que ver desde dónde, porque el cambio social desde el feminismo implica una reformulación de las estructuras y sus instituciones desde una posición incluyente y en la que el masculino deje de representar el universal.
El 8M da cuenta también, de las capacidades que tenemos y debemos fomentar en nosotras y entre nosotras… Nos invita entonces a acuerparnos desde la sororidad. Desde una alianza y hermandad en la que buscamos tender redes de apoyo ante un sistema de desigualdad y discriminación del que todas somos sujetas.
El 8M, por lo tanto, no es una fiesta que se viva desde lo que el sistema patriarcal nos confiere como un regalo o como una acción compensatoria trivial y pasajera, es y debe permanecer como el puntual recordatorio de que existen deudas históricas, espacios que perpetúan las desigualdades y sobre todo mentalidades en las que seguimos siendo colocadas en posiciones de menor valía por el simple hecho de ser mujeres.
Cuando decimos que no se nos felicite el 8M, es justamente porque no estamos dispuestas ni disponibles para trivializar nuestras batallas de género, porque decidimos mantener que “lo personal es político”, mostrar que podemos marchar unidas, que es nuestro el espacio público, que nuestra posición importa y que nuestras vidas y nuestras muertes son y deben verse como absolutamente valiosas.
Cuando las calles se tiñen de violeta, es para recordar que si bien, desde las luchas públicas y también desde las afrontas cotidianas hemos ganado espacios, aún existen demandas que deben ser atendidas, no como una dádiva sino desde el reconocimiento honesto de todo lo que las mujeres sostenemos en el sistema social.
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