San Isidro vuelve a las calles: La fe campesina que hace vibrar a Santa Ana Tlapaltitlán

La fe campesina que hace vibrar a Santa Ana Tlapaltitlán

San Isidro vuelve a las calles: La fe campesina que hace vibrar a Santa Ana Tlapaltitlán

Carros alegóricos y cuadrillas recorren varios kilómetros en Santa Ana Tlapaltitlán durante el paseo.

Redacción
Abril 19, 2026

Magdalena Rojo

En la delegación de Santa Ana Tlapaltitlán, en Toluca, el tiempo solía medirse con la tierra. No eran los calendarios los que marcaban el ritmo de la vida, sino los ciclos de siembra y cosecha. Cada año, cuando mayo anuncia la cercanía de las lluvias, la comunidad se prepara para rendir homenaje a San Isidro Labrador el 15 de mayo, mediante una de sus expresiones más representativas: el paseo de la agricultura, una tradición que entrelaza fe, organización comunitaria y memoria histórica.

La fe campesina que se volvió tradición

El culto a San Isidro Labrador en Santa Ana Tlapaltitlán se remonta a una época en la que la vida dependía casi por completo del campo. Algunas crónicas señalan que el paseo ha cumplido 400 años. Es el primero del Valle de Toluca y se realiza el día más cercano al 15 de mayo.

Durante generaciones, los habitantes depositaron en el santo la esperanza de buenas cosechas y protección ante las variaciones del clima. La devoción adquirió así un carácter práctico, ligado a la subsistencia. El propio nombre de la delegación, de origen náhuatl, revela su vocación agrícola: “Tierra entre colores” o “Tierra entre el agua”, parte de un corredor de cuerpos de agua que, a principios del siglo XX, conectaba Almoloya de Juárez con Metepec.

Con el tiempo, la fe se transformó en una celebración colectiva. La festividad inicia con un novenario en honor al santo, con rezos, encuentros y preparativos que fortalecen la cohesión social. Este periodo permite a la comunidad organizarse y renovar su compromiso con la tradición.

Organización comunitaria que sostiene la tradición

El paseo, como se conoce actualmente, se realiza el domingo previo al día litúrgico para facilitar la participación de las familias. Las calles se convierten en un corredor festivo por el que avanzan carros alegóricos y contingentes a lo largo de varios kilómetros. Más allá de su magnitud, destaca su permanencia: distintas generaciones han sostenido esta práctica sin perder su esencia.

La estructura organizativa descansa en las mayordomías, un sistema tradicional que articula la vida comunitaria. Estas instancias asumen la custodia de la imagen, la coordinación logística, la recaudación de recursos y la preservación del sentido religioso.

Las cuadrillas, integradas por vecinos y familias, preparan su participación con anticipación. Cada una construye un relato visual mediante carros alegóricos, vestuarios y escenificaciones que representan escenas del campo, pasajes religiosos o aspectos de la vida cotidiana.

El baile de las cuadrillas evoca los movimientos de la siembra del maíz. El jefe solicita al mayordomo recibir al grupo y ofrece un presente: cigarrillos y un sombrero para pedir un cuartillo de semilla en nombre del santo. Tras recibir el maíz, la cuadrilla ejecuta tres sones al ritmo del violín, acompañados de consignas en español y náhuatl: “¡Vamos muchachos no se queden atrás, que con el favor de nuestro Señor San Isidro vamos a cosechar! ¡Vamos muchachos, la yerba p’afuera y la tierra p’adentro!”.

Personajes que dan vida al recorrido

Las cuadrillas bailan en la casa del mayordomo que resguarda la imagen durante el mes, un sábado previo al paseo. En el recorrido también participan figuras tradicionales que dotan de significado a la celebración.

Las huchicas, generalmente hombres vestidos con harapos, espinilleras de tapas de refresco, cascabeles o huesos, acompañan con gritos y movimientos: “¡huchicas, huchicas!”. A su paso desfilan yuntas de bueyes adornados, campesinos con herramientas de labranza y las tlacualeras, representación de las mujeres que llevaban alimentos a los peones. En sus orígenes, este papel era interpretado por hombres, tradición que se mantiene.

Uno de los momentos más significativos es la entrega de productos a los asistentes. Frutas, pan y dulces se distribuyen entre el público como un gesto de reciprocidad y deseo de prosperidad compartida.

El día en que el pueblo se transforma

El día del paseo, la vida cotidiana se detiene. Desde temprano, los participantes se concentran cerca de la iglesia para ultimar detalles en la decoración de carros, animales y vehículos. Las familias ocupan calles, banquetas y azoteas para observar el recorrido.

Tras los actos religiosos, inicia el avance. Es pausado y permite la interacción constante entre participantes y espectadores. La música, las danzas y las expresiones espontáneas construyen un ambiente colectivo donde la celebración se vive en comunidad.

A pesar de los cambios urbanos, el paseo mantiene su sentido original. Funciona como un puente entre el pasado agrícola y el presente, recordando las raíces del pueblo. Incluso tras interrupciones recientes, la tradición ha retomado su fuerza.

La mayordomía continúa solicitando al pueblo los obsequios que se entregan al final del recorrido, reforzando la idea comunitaria de la siembra que espera una cosecha compartida.

El paseo de San Isidro Labrador no es solo una festividad. Es una forma de narrar la historia a través del movimiento, de preservar una memoria que se transmite de generación en generación. En cada paso, Santa Ana Tlapaltitlán reafirma su identidad, viva y profundamente arraigada.

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