La artesana otomí aprendió desde niña que cada figura tiene un significado y que su trabajo acompaña uno de los momentos más importantes del calendario religioso: la Semana Santa. Sus ramos no solo se utilizan el Domingo de Ramos, también recorren calles en procesiones y forman parte de representaciones que evocan la entrada de Jesucristo a Jerusalén.
Conserva uno de los símbolos del Domingo de Ramos
El sonido de las fibras al entrelazarse se escucha desde temprano en una vivienda de San Cristóbal Huichochitlán, al norte de Toluca. Ahí, Alejandra González toma entre sus manos las palmas aún verdes para darles forma con movimientos que repite desde hace más de seis décadas.
Desde que tenía ocho años, Alejandra observaba a sus abuelos y a sus padres trabajar la fibra vegetal. Entre conversaciones familiares y enseñanzas, comprendió que el tejido era más que un oficio: era una forma de mantener viva la tradición y generar ingresos para el hogar. La memoria de esos primeros aprendizajes sigue presente cuando recuerda cómo la sentaban junto a ellos para practicar con pequeñas tiras de palma.
“Aprendí que esto era parte de nuestro deber como creyentes y como familia, y que cada ramito tiene un significado, que acompaña a Jesús en su camino. Yo veía cómo trabajaban y pues la paciencia que tenían, siempre me decían que no tuviera prisa, que recordara porque hacemos esto y que era importante para las celebraciones”, comentó.
Práctica que logra la perfección
Con el paso de los años, perfeccionó la técnica. Aprendió a elegir la palma adecuada, a cortarla en el momento preciso y a moldearla antes de que pierda flexibilidad. Cada pieza implica horas de dedicación y un conocimiento que ha pasado por generaciones dentro de su comunidad, donde la elaboración de ramos es una actividad que se repite desde hace más de un siglo.
“Tenemos que tomar las palmas cuando todavía están verdes, porque si no se quiebran. Hay que doblarlas con cuidado, dando forma poco a poco, y luego ya salen las figuras, las rosas o los ramos grandes. La gente piensa que es rápido, pero lleva tiempo para que queden bien. Yo lo hago con cariño porque sé que la persona que lo lleve lo va a bendecir y lo va a tener en su casa todo el año”, relató.
Para la artesana, cada figura representa una historia. En su mesa de trabajo surgen formas que evocan a Jesucristo, flores y otros símbolos religiosos que acompañan la Cuaresma. Las piezas son adquiridas por fieles que las llevan a bendecir y que posteriormente las conservan como protección espiritual en sus hogares.
“Hay quienes me piden la figura de Jesús, otros quieren una rosa o un ramito más sencillo. Yo trato de cumplir con lo que buscan, porque cada quien tiene su manera de vivir, ahora sí que la fe. Mientras voy tejiendo, me acuerdo de lo que me decían mis abuelos, que la palma no es un adorno, es más un símbolo de respeto. Por eso procuro que que cada pieza, por muy chiquita, quede bien hecha, porque representa algo muy importante”, señaló.
Memoria familiar y tradición
Alejandra recuerda las historias que escuchaba en su infancia sobre la entrada de Jesucristo a Jerusalén. Sus abuelos le contaban que la gente colocaba hojas y ramas para recibir al Hijo de Dios, mientras entonaban cantos. Esa imagen permanece en su memoria y guía el sentido que le da a su trabajo cada año.
“Mis abuelos me decían que la gente extendía las hojas en el camino y dejaban ramitas de olivo, mientras cantaban ‘Bendito es el que viene en el nombre del Señor’.
Me imaginaba eso que me decían y pensaba que nuestras palmas son parte de todo eso. Cuando la gente las lleva en la procesión, siento que se revive esa historia que me contaban y la verdad es que me emociona y me hace seguir a pesar de todos los años”, comentó.
Además del significado religioso, la elaboración de ramos representa una fuente de ingresos para muchas familias de San Cristóbal Huichochitlán. Durante la temporada de Semana Santa, los artesanos se trasladan a distintos municipios del Valle de Toluca y a otras entidades para ofrecer sus piezas.
“Cuando se acerca la Semana Santa, nos organizamos para salir a vender. Vamos a diferentes lugares y la gente ya nos conoce. Pues es nuestro sustento fuerte en la temporada, pero también es una manera de compartir lo que hacemos. Muchos regresan cada año y nos dicen que guardan su palma con mucho cuidado, sobre todo en el pueblo o la gente grande, porque sí es algo que se ha ido perdiendo en los jóvenes y yo digo que está mal”, relató.
Creando figuras con devoción
El trabajo no termina con el Domingo de Ramos. Sus piezas acompañan las procesiones y representaciones que se realizan durante toda la Semana Santa. La artesana observa con satisfacción cómo sus ramos forman parte de las celebraciones religiosas.
“Es muy bonito ver cuando pasan las procesiones y la gente lleva los ramos que hice. Los niños, los papás, los levantan, ahí donde tiene su pobre casa se hacen varias cosas y yo siento que mi trabajo es parte de eso. No solo es vender, es participar de la celebración, le digo, es como si uno también estuviera acompañando a Jesús en el recorrido”, señaló.
A lo largo de los años, ha transmitido sus conocimientos a hijos y nietos. Considera que la continuidad de la tradición depende de que las nuevas generaciones aprendan el oficio y comprendan su significado cultural y espiritual.
“Les digo a mis nietos que aprendan, que no dejen esto. Les enseño cómo se corta la palma, cómo se dobla y cómo se amarra. Ellos ahorita lo ven como un juego, pero hay varios que todavía están chiquitos, pero yo no quiero que se pierda, porque es parte de lo que somos. También les digo que lo hagan con respeto, que recuerden que cada pieza lleva fe. Así me enseñaron a mí y así quiero que siga”, comentó.
El paso del tiempo no ha detenido sus manos. Aunque reconoce el cansancio, continúa trabajando cada temporada, impulsada por la devoción y el compromiso con su comunidad.
“A veces ya me canso, pero como le digo, son muchas cosas que me hacen echarle ganas sino imagínese, ya cuando yo vea a mis hijas que se meten de lleno o a mis nietos si Dios me presta vida ya veremos.
Además es algo que me gusta, trabajar con la fibra y lo que le decía de que son parte de todo esto. Sí es una alegría saber que mi trabajo llega a muchas personas. Yo digo que mientras tenga fuerzas voy a seguir tejiendo, porque esto es parte de mi vida”, relató.
La historia de Alejandra González se entrelaza con la de su comunidad y con las celebraciones de Semana Santa. Sus manos han tejido durante más de sesenta años ramos y figuras que acompañan procesiones y representaciones religiosas. Cada pieza conserva la memoria de sus abuelos, la identidad otomí y la fe que se transmite de generación en generación. En San Cristóbal Huichochitlán, la fibra vegetal continúa transformándose en símbolo, y en cada palma bendecida permanece el trabajo silencioso de una artesana que ha dedicado su vida a tejer tradición.
Alejandra González, maestra tejedora de palma muestra sus trabajos religiosos que se usan en la celebración del Domingo de Ramos. Foto Especial
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