Sobre el amor y el mito del amor romántico 

Jimena Valdés Figueroa

Sobre el amor y el mito del amor romántico 

Voz Propia

Redacción
Febrero 21, 2026

“No estamos obligados a amar. Elegimos hacerlo”.

Scott Peck

El fin de semana pasado, vivimos la euforia del 14 de febrero. Se dice que el origen de la festividad se remonta a los tiempos romanos, en los que durante los primeros días de febrero se celebraban las fiestas lupercales; en las que se sacrificaba a un macho cabrío para con su piel azotar públicamente a las mujeres jóvenes y con ello promover su fertilidad. Otra interpretación histórica la relaciona con la Juno Februata, en la cual era costumbre que los jóvenes varones escogieran una pareja temporal extrayendo de una caja un papel con el nombre de la muchacha en cuestión, permitiendo algo así como un simulacro matrimonial que en algunos casos daba buenos resultados.

En épocas cristianas, se vincula esta celebración a San Valentín, quien desafiando los mandatos de Claudio II el Gótico, sobre la prohibición de los jóvenes para casarse, ya que debían robustecer al ejército, fue lapidado un 14 de febrero del año 269.

Sin embargo, la historia que a mí realmente me importa contar es la relacionada con el ya famoso “mito del amor romántico”, el cual seguimos perpetuando.

Marcela Lagarde da una clara exposición al respecto cuando se ubica al amor vinculado al surgimiento del amor burgués, donde el amor y el matrimonio deben de ir de la mano, y las relaciones afectivas quedan marcadas dentro del mandato de la monogamia y la heterosexualidad. A través de esta estructura hay una apropiación del cuerpo de las mujeres en función de su reproducción y por lo tanto sus prácticas sexuales deben ser constreñidas.

A este corpus crítico pueden sumarse las aportaciones de Carole Pateman, cuando en su obra “El contrato sexual”, realiza una crítica feminista al contractualismo en el que señala que, si bien el contrato social busca garantizar la ciudadanía masculina, las mujeres al ser excluidas del mismo suscriben otro de carácter sexual mediante el cual se limita su autonomía y se controla la reproducción. 

¿Y en todo esto qué tiene que ver el amor romántico?, pues mucho y probablemente todo. Simplemente veamos cómo en el contexto actual, cada vez más marcado por una disolución de los roles tradicionales de género, en lo que toca a la práctica social del amor, se mantienen las desigualdades entre los sexos.

El modelo de amor romántico se ha encargado de imponer y perpetuar mediante diversos mecanismos el “ideal romántico” de nuestra cultura, presentando modelos de conducta amorosa que estipula lo que “de verdad” significa enamorarse qué cómo cuándo y con quién ha de sentirse. Es entonces una construcción social que se encarga de idealizar la manera en la que nos relacionamos y que a su vez mantiene estructuras tradicionales de género. En palabras de bell hooks (las minúsculas en su nombre son una licencia de la propia autora), la idea del amor romántico es una versión absolutamente peligrosa sobre el amor, en la que se le presenta como un idilio que simplemente sucede sin nuestra intervención y voluntad y por lo tanto sin ejercer la capacidad de elección.

Con todo esto no quiero decir que el amor no existe o que no debamos procurarlo; sin embargo, pienso que desde una postura crítica podemos replantearnos sus significados; suscribo entonces la propia voz de hooks cuando señala que “El verdadero amor acepta al otro como es, sin condiciones, pero con el compromiso firme y sincero de ayudarle a alcanzar sus objetivos de realización personal, que el amante percibe a veces mejor que la persona amada”.

Sobre “la materialidad” que en la sociedad toman las decisiones y las elecciones que se justifican bajo el amor, el Inegi publicó con motivo del Día del Amor y la Amistad, los datos sobre la situación conyugal de la población de 15 años y más, matrimonios registrados en el país, así como el tiempo destinado a la convivencia con amigos y familiares, a partir de información de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) 2005 y 2025, la Estadística de Matrimonios (EMAT) 2024 y la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024. A partir de dicha estadística destaca:

  • En el periodo 2005-2025, de entre las personas de 15 años y más, las que estaban casadas disminuyeron de 47.6 a 36.3 %, mientras que las que vivían en unión libre aumentaron de 11.1 a 17.6 por ciento. 
  • De los matrimonios registrados en 2024, 98.7 % fue entre contrayentes de diferente sexo y 1.3 % del mismo. 
  • Cuando ambos contrayentes tienen el mismo sexo, se observó que el número de matrimonios entre mujeres fue mayor al de hombres; para ambos grupos, la mayor ocurrencia se dio a la edad de 30 a 34 años.
  • En 2024, 56.2 % de la población unida de 15 años y más, señaló que le gustaría destinar más tiempo a la convivencia con familiares y amigos.
  • Según la ENUT 2024, las mujeres de 15 años y más reportaron en promedio niveles más bajos de satisfacción en su vida afectiva (8.0) y vida social (7.8), en comparación con los hombres del mismo rango de edad (8.3 y 8.1, respectivamente).

A modo de cierre de esta columna, viene a mí un poema que desde hace años me gusta mucho: Is not de Margaret Attwood, en el que muestra una versión “honesta” del amor, una en el que el amor no es profesión gentil, en la que la pareja no representa el médico o la cura, en la que simplemente somos compañeros de viaje, que no necesita ser legalizado, ni sanado porque no es una enfermedad y sobre todo esa versión en la que podemos conceder y concedernos la propia rabia, las heridas no cauterizadas, los errores… Como reza al final, la condición necesaria del amor estriba en ser dichos y decir:

to be said and said.

Permit me the present tense.

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