Aun los abuelos nos contaban el contenido de los textos del siglo XVI, Leyenda de los soles del códice Chimalpopoca, relacionados a Cuahutitlan (Cuautitlán).
El relato menciona que “antes del sol actual (nahui ollin), la tierra estuvo poblada por gigantes (quinametzin) que caminaban por los llanos del norte del valle y según el pueblo, dicen que si tropezaban no podían volver a levantarse.
Los hallazgos fósiles de la megafauna de los hallazgos recientes de los mamuts en los pueblos vecinos como Tultepec y Teoloyucan alimentaron durante siglos la certeza local de que dichos gigantes habían habitado sus tierras.
Las vías se instalaron a mediados de 1880, eran dos líneas la del Ferrocarril Central Mexicano (vía a Paso del Norte / Ciudad Juárez).
Después el gobierno federal otorgó la concesión del tramo de la Ciudad de México a Cuahutitlan para el Ferrocarril Nacional Mexicano (vía a Nuevo Laredo), esta compañía, inauguró su propia estación con una estación en Cuahutitlan hacia 1881. En esta localidad se registran testimonios de descendientes de ferrocarrileros y vecinos, creando un ambiente de misterio en derredor de las vías en esa población.
El tren fantasma
Al escucharse el sonido de la vibración de los rieles, acompañado del eco de disparos o gritos de revolucionarios atrapados en el tiempo. Además, se escuchaban los silbatos y el traqueteo de un tren al parecer se acercaba a gran velocidad, pero el tren militar nunca llega a cruzar el andén se trata de un convoy fantasma.
El maquinista espectral
Al circular la locomotoras de vapor del ferrocarril central y pasar por los llanos y sembradíos en Cuahutitlan en 1881, parte de la población campesina la asociaba a lo diabólicos o castigos divinos; debido al estrepitoso ruido, el humo y las chispas emanadas de las calderas, creando el rumor entre los cuauhtitlenses.
Decían que los maquinistas e ingenieros habían pactado con el diablo al permitir que la máquina de metal atravesara y se moviera ahora con altísima velocidad, al comparar esta, con la antigua costumbre de tirar con animales de carga como bueyes o caballos.
Así nació la leyenda gracias al sonido del trueno generado por el silbato de vapor y creían con el silbido se espantaba a los protectores de los campos y ríos de la localidad: La Llorona o los Nahuales, así como del “maquinista espectral”.
Un alma en pena
Los descendientes de una de las familias de la comunidad, los Basurto cuentan que en altas horas de la noche aparecía una luz amarillenta que recorría los rieles a la altura del piso tal vez debido a la linterna de queroseno del antiguo garrotero que perdió la vida prensada entre dos vagones durante un enganche y se creó la leyenda que seguía recorriendo las vías supervisando los cambios.
Un ejemplo de la vida real es el caso del padre del señor Jesús Basurto Cabello, un despachador de trenes que laboraba en la estación de Lechería estación anterior a la de Cuahutitlan. Comentan “al quedarse dormido durante labor de supervisor, no se dio cuenta que el tren venia en sentido contrario, provocando un accidente ferroviario. Aun anda su alma en pena.
La dama de la estación
Relacionada tanto con la estación del ferrocarril central como a la del nacional y aún hoy en día se cuenta acerca de una mujer vestida de modo muy elegante a la usanza porfiriana, quien solía ser vista sentada en las bancas de madera de la sala de espera o caminando solitaria sobre el andén en la estación de Cuautitlán, a quien solo la veían los señore, al llegar a la estación del ferrocarril en noches de luna llena o después de una gran tormenta, con rayos y relámpagos, en donde el escenario de oscuridad, debido a la tormenta nutrida de luces en el cielo y por ende no se apreciaba con claridad la vestimenta elegante consistente en un vestido largo, con sombrilla y velo ya sea negro o blanco.
La dama era vista por algunos segundos y, al voltear a verla nuevamente después de unos instantes ya no se encontraba y desaparecía rápidamente y aunque la buscaban ya no la volvían a ver.
La leyenda de la tejedora
Se cuenta que una mujer esperaba pacientemente a su amado, como Penélope de la Odisea, durante las noches tejido que deshacía al amanecer, esperando a Ulises. Así también en Cuahutitlan, una mujer esperaba el regreso de un maquinista que partió al norte durante la revolución y nunca regresó.
Información de Mireya Morlan
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