Casi una decena de personas murieron por inyectarse supuestos sueros vitaminados, en Hermosillo, Sonora. Sin duda, la noticia ha sido impactante para la sociedad en general.
La información ha fluido de manera paulatina. Familiares de las víctimas han ido denunciando los hechos. Las autoridades responsables de salud pública tanto de esa entidad como las federales participan en las investigaciones para saber qué ocurrió y deslindar responsabilidades.
Las víctimas tienen diferentes edades y sexos. Acudieron a un médico con malestares diversos, a quienes el especialista les recomendó inyectarse un suero con vitaminas con la promesa de remediar sus malestares.
Hasta estos hechos, quien suscribe desconocía la existencia de este tipo de sustancias con alcances casi omnipotentes. El deseo de querer tener mejor salud es inherente a todas las personas. Sentirnos mejor, más fuertes, más atractivos, es un anhelo de cualquiera.
Puede resultar sorprendente que, ante esta expectativa, algunas personas dedicadas a la salud y derivado de sus conocimientos, ofrezcan productos con resultados casi milagrosos.
Me imagino que hay quienes podemos acudir a una consulta médica con la esperanza de quien acude a una ceremonia religiosa, en la que encomendamos a las divinidades la resolución de nuestros problemas. O quien se presenta ante el misterio revelador de unas cartas de Tarot, la luminiscencia de una bola de cristal o algún otro ritual, para hallar respuestas a nuestras interrogantes.
El caso que atestiguamos a través de las noticias me hace pensar en la fragilidad de las personas frente a nosotros mismos. Buscamos clínicas, gimnasios, pócimas virtuosas para desintoxicarnos, para estar más esbeltos, más fuertes, más bellos.
A lo largo de nuestras vidas, las personas vamos cambiando. Desde nuestras infancias hasta la adultez, somos distintos. Si en la niñez crecimos ágiles, alegres, vigorosos, de mayores no necesariamente seremos así.
Crecer saludables física y mentalmente hoy en día requiere de nosotros mismos. Inclusive a pesar de nosotros. Comer alimentos sanos hoy es un reto cotidiano. La precariedad laboral nos lleva a ingerir comidas rápidas y procesadas.
Las jornadas laborales nos consumen el tiempo libre y hacer ejercicio es casi imposible. El sedentarismo de muchos empleos atrofia nuestros cuerpos. Las tecnologías de la información como los celulares y las redes sociales, nos brindan un falso esparcimiento. De hecho, nos consumen. Somos la materia prima de las grandes empresas del entretenimiento.
Mientras nuestros tendones se vuelven inútiles, la capacidad de pensar por nosotros mismos, de leer, platicar y crear conexiones sinápticas a partir de la convivencia, las redes sociales y sus dueños acrecientan sus fortunas.
¿En verdad estamos tan solos y enfermos con nosotros mismos que lo único que nos queda es beber un suero? En la era de la información ¿es tan fácil convencernos de que una inyección nos devolverá la juventud perdida, nos dará una fuerza titánica o una belleza radiante? Un sentido pésame por las víctimas, para sus familias, y ojalá se deslinden responsabilidades.
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