Tan lejos de la justicia y tan cerca de Kafka

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En Oaxaca Juan Vera Carrizal, diputado local y empresario, junto con su hijo Juan Vera Hernández, planeó y pagó para que se ejecutara un ataque con ácido en contra de la saxofonista María Elena Ríos. El político podría salir de prisión para llevar el juicio en casa.

En el Estado de México, Andrea, fue víctima de feminicidio; el presunto responsable del crimen es Christopher Bryan, un hombre que lleva su proceso en prisión pero que podría salir en libertad por reposición del caso porque el juez renunció a dos audiencias de dictar sentencia.

Mauricio es un hombre honesto que se dedica al transporte público, encabeza un grupo de taxistas en el Valle de Toluca; se le acusó del asesinato de una persona, hecho que ocurrió al mismo tiempo que estaba en casa con su familia. Fue juzgado y declarado culpable.

Cualquier cantidad de casos ocurren cada día en cualquier parte del país. Responsables de crímenes que esquivan la justicia por un “extraño” tecnicismo, una falla en el proceso o un artilugio del juzgado o un “presunto culpable” que lleva la sentencia en la acusación.

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Por cómo opera y funciona, podríamos pensar (y sin duda alguna creer) que los diseñadores del modelo de justicia mexicano tomaron como imagen para copia aquel texto de Franz Kafka que lleva por nombre, justamente: El Proceso.

En esta obra José K es acusado de un crimen que no solo no cometió, nunca sabe cuál fue. Lleva un largo, cansado y angustioso proceso judicial sin encontrar quién pueda ayudarlo para defenderse de un terrible monstruo invisible de mil cabezas que parece, lo devorará.

Existen distintas definiciones de justicia pero en prácticamente todas ellas existe la coincidencia de considerarla un conjunto de valores fundamentales; a partir de ahí la construcción de un Estado de Derecho atiende a la existencia y cumplimiento de esos valores.

Pero la pregunta clave es ¿podemos los mexicanos esperar que el Estado y la sociedad nos garanticen una vida de justicia? ¿Podemos fiarnos de que bajo un principio de equidad se haga respetar la igualdad y la libertad como ciudadanos? Parece ser que no.

Ese es el fracaso fundamental del gobierno, no solo de ese gobierno del que políticamente nos quejamos y culpamos cada que tenemos oportunidad; sino de aquel que está integrado por tres Poderes con responsabilidades claras y bien definidas.

En cada marcha, en cada de exigencia de justicia; subyace la ausencia de esta. Pese a ello, quienes se encargan de crearla, procurarla, administrarla y ejecutarla, prefieren retratarse a sí mismos como las víctimas de un tribunal imaginario que solo quiere su malestar.

Falta de empatía, de sentido común, de comprensión del dolor ajeno o simplemente un acto de cinismo descarado, no hay otra forma de entender que quienes sean los responsables de evitar la injusticia sean quienes se digan así mismo víctimas de las quejas y denuncias.

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Hemos llegado a ese punto donde la impunidad nos hace culpables e inocentes a todos al mismo tiempo, donde los responsables de garantizar la justicia y la seguridad son las víctimas de esos monstruos que osan culparlos por las muerte o el encierro injustos de sus familiares.

Cualquier día, a cualquier hora cualquiera de nosotros puede escuchar esa sentencia con la que Kafka comienza El Proceso: “Alguien debe haber estado vertiendo falsedades con respecto a José K., pues sin que este hubiera hecho nada fue detenido una buena mañana”.

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