Tejer memoria en telar de cintura, más que una pieza es el conocimiento de tres generaciones

Tejer memoria en telar de cintura. Foto: Especial

Tejer memoria en telar de cintura, más que una pieza es el conocimiento de tres generaciones

Heredera de tercera generación, recuerda la antigua vocación creativa de Xonacatlán, la confección de prendas cargadas de historia y simbología.

Brian Prado
Febrero 21, 2026

En Xonacatlán Estado de México el sonido del telar todavía se escucha en algunos patios, Lucía Gonzales es de las personas que aún ajusta el mecapal a su cintura y estira los hilos con la paciencia que heredó de su madre y de su abuela. Frente a ella, la urdimbre parece un entramado infinito de posibilidades. Detrás, la sostiene una historia familiar que ya suma tres generaciones dedicadas al telar de cintura.

Lucía aprendió observando. De niña se sentaba en el suelo, muy cerca de donde su madre trabajaba, y observaba cada movimiento como si fuera un secreto que debía descifrar. No hubo clases formales ni instrucciones escritas: el aprendizaje fue cotidiano, repetitivo y lleno de errores que también forman parte del oficio.

“Crecí con esto, la verdad. Desde chiquita me sentaba junto a mi mamá y a mi abuelita, y aunque al principio nada más estorbaba, ellas me dejaban estar ahí. Primero me ponían a desenredar madejas o a sostener las varitas, luego ya me enseñaron a contar los hilos, porque si te equivocas en uno, ya se te fue todo el dibujo. No es que un día haya dicho ‘ya sé tejer’, no, esto se aprende con paciencia, con regaños también, y volviendo a empezar cuando te equivocas”, relató.

La espalda resiente las horas, las piernas se entumecen y los brazos trabajan sin descanso

El telar de cintura no es una herramienta sencilla. Un extremo se amarra a un poste, a un árbol o a una estructura firme; el otro va sujeto al cuerpo de la artesana. Es el propio peso del cuerpo el que genera la tensión necesaria para tejer. La espalda resiente las horas, las piernas se entumecen y los brazos trabajan sin descanso.

“Es un trabajo pesado, la gente piensa que nada más estás sentada moviendo las manos, pero no aquí trabajas con todo el cuerpo y a veces todo el día. Tienes que jalar con la cintura, mantener la espalda firme, estar derecha porque si te mueves mal se afloja el tejido y se te echa a perder lo que llevas, a veces termino con la espalda ardiendo, pero cuando ves que ya va saliendo la figura, se te olvida el dolor”, explicó.

Carente de pago justo

Cada pieza puede tardar semanas. Los diseños tradicionales requieren contar hilos con exactitud casi matemática. Sin embargo, el tiempo invertido rara vez se traduce en un pago justo. Lucía lo sabe bien: ha visto cómo los clientes comparan su trabajo con prendas industriales producidas en serie.

“La gente luego llega y pregunta el precio, y cuando les digo, hacen cara. Me dicen ‘pero allá lo dan más barato’, y yo les digo que sí, pero eso está hecho en máquina, en montón. 

Lo mío es uno por uno, contando hilo por hilo a veces me tardo quince días en una sola pieza y quieren pagar como si la hubiera hecho en una tarde y pues así cómo, uno también tiene que comer y cada vez los hilos también están más caros”, señaló.

Tejer memoria en telar de cintura, más que una pieza es el conocimiento de tres generaciones

También habló  de la competencia desleal que enfrentan quienes trabajan a mano frente a los productos industrializados y las importaciones extranjeras que inundan los mercados locales.

“Es muy difícil competir con lo que traen de China o lo que hacen en fábrica, porque ellos producen por miles y en un solo día sacan lo que yo tardo semanas en terminar. Allá lo hacen con máquinas, con moldes, todo igualito y rápido, y por eso lo venden más barato. 

La gente muchas veces no se fija si es hecho a mano o no, solo ve el precio y pues contra eso uno no puede bajar tanto, porque si lo hago, ya no me sale ni para el material. Nosotros no trabajamos por volumen, trabajamos por pieza, por detalle, y eso no se puede comparar”, comentó.

Industria textil y productos importados los golpean

La competencia con la industria textil y los productos importados ha golpeado fuerte a las artesanas. Las imitaciones abundan en mercados y tiendas, replicando bordados tradicionales sin reconocer su origen ni su valor cultural. Frente a eso, muchas mujeres han optado por abandonar el telar, dijo observar con tristeza cómo la tradición se va apagando lentamente. 

“Las muchachas ya no quieren aprender, dicen que es mucho trabajo para tan poquito dinero. Prefieren irse a trabajar a una tienda o a la ciudad, donde les pagan cada semana y pues uno las entiende, porque la necesidad manda, pero también duele, porque si nadie aprende, esto se va a acabar”, comentó.

Comienza antes de que salga el sol

Su rutina comienza antes de que salga el sol, prepara la mercancía para acudir a ferias y tianguis del Estado de México. Dobla con cuidado cada blusa, cada faja, cada rebozo. El viaje puede ser largo y no siempre regresa con buenas ventas, pero para Lucía esos trayectos también son parte de su vida.

“Yo siempre he ido por mis materiales, desde  niña iba con mis papás a vender. Nos levantamos temprano, cargamos las bolsas y nos vamos al tianguis o a donde haya feria. Eso es parte de este oficio y se sigue haciendo, a veces vendemos bien y a veces no, pero ahí estamos, mi mamá todavía se involucra y ya también vamos más a bazares. 

Yo entiendo que mis papás nos dejaron un trabajo, de eso vivimos, y a mí me gusta estar con ellos, escucharlos o con mi mamá platicar mientras esperamos que llegue la gente”, expresó.

La gente quiere todo rápido y barato

En esos días de venta ha aprendido a defender su trabajo con palabras sencillas pero firmes. Ha explicado una y otra vez el proceso del telar de cintura, la preparación de los hilos, el teñido, el conteo preciso para formar figuras. Aun así, no siempre logra convencer.

“La gente quiere todo rápido y barato, ya casi nadie se detiene a preguntar quién lo hizo o cuánto tiempo lleva. Quisiera que al menos se tomaran el tiempo de escuchar, que supieran que detrás de cada prenda hay historia, hay familia, hay desvelos. No es nada más que un pedazo de tela”, reflexionó.

Lucía no duda cuando se le pregunta si siente respaldo real hacia la artesanía. Su voz se vuelve más firme al hablar de lo que considera una contradicción constante: el discurso que enaltece el trabajo artesanal y la realidad que lo minimiza.

“Sí, es una labor muy maltratada, la verdad. Desde el gobierno hasta los mismos clientes siempre dicen que la artesanía es muy importante, que es cultura, es identidad, que hay que preservarla, pero ya cuando uno necesita apoyo o cuando pones el precio justo, ahí ya no es tan importante. 

Te regatean, te ponen trabas, te dejan fuera de espacios. Es como si solo sirviera para el discurso, pero no para sostenerlo de verdad. Aún así, yo no me arrepiento para nada de dedicarme a esto, porque es lo que me dejaron mis abuelos y mis papás. Me enseñaron que no es solo nuestra herencia como familia, sino la herencia de todos, y si nosotros la soltamos, entonces sí se pierde para siempre”, señaló.

A pesar de todo, no contempla dejar el telar. Para ella no es solo un medio de ingreso, sino una herencia viva. Sueña con ver a más jóvenes interesadas en aprender, con talleres llenos nuevamente y con consumidores conscientes del valor real de lo artesanal.

“Me gustaría que hubiera más apoyo, más espacios donde podamos vender sin que nos regateen tanto y también que en las escuelas enseñaran esto, que las niñas y los niños sepan que el telar no es cosa vieja, que es parte de lo que somos. Yo quiero seguir tejiendo muchos años, pero también quiero que cuando yo ya no pueda, alguien más siga jalando los hilos”, comentó.

El telar exige constancia

Al escucharla pareciera que en cada movimiento se repite una lección aprendida en la infancia: el telar exige constancia. Como tercera generación de artesanas, ha decidido sostener esa constancia aunque el mundo avance a otro ritmo.

Lucía Gonzales representa la persistencia de una tradición que resiste en el Estado de México. Su historia es la de muchas artesanas que sostienen con su cuerpo y su tiempo una herencia cultural amenazada por la prisa y la industria. En cada pieza que termina hay más que un diseño: hay memoria, trabajo y la esperanza de que el telar de cintura no se convierta en un recuerdo, sino en una práctica viva que continúe tejiendo identidad para las generaciones que vienen.

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