Antes de que el Valle de Toluca tuviera avenidas, fábricas, plazas comerciales y automóviles, había días en que, para saber qué habría de comer, bastaba con mirar hacia el agua. Había peces en las lagunas, acociles entre los juncos, ranas y ajolotes en las zonas húmedas, patos que cruzaban la superficie y plantas que crecían en las orillas. Los pescadores conocían los sitios donde podían lanzar sus redes y las familias sabían qué podía recolectarse según la temporada. El agua no era un paisaje que se contemplaba desde lejos: era camino, trabajo, alimento y también peligro.
En ese mundo húmedo, extendido entre pueblos que hoy reconocemos como Metepec, Toluca, Santa Ana Tlapaltitlán, San Mateo Atenco y Lerma, una mujer comenzó a habitar las historias. Nadie la veía siempre de la misma manera. A veces era una mujer de extraordinaria belleza; otras, una criatura con rasgos de serpiente acuática; con el paso del tiempo, también adquirió la cola de una sirena. Todas las versiones coincidían en algo: pertenecía al agua. La llamaban Tlanchana.
Su nombre se ha relacionado con voces del náhuatl vinculadas con el agua, la madre y los seres mágicos. Lo que permanece sin discusión en la memoria popular es su relación con las antiguas aguas del Valle de Toluca, reina de nueve lagunas y del río Chignahuapan (Lerma). En San Mateo Atenco se conserva una versión en la que aparece sentada sobre un islote, adornada con una corona, collares y un cinturón de peces, acociles y ajolotes. No son adornos inocentes: son los habitantes de su reino y la antigua comida del valle. Detrás de la historia fantástica existe otra igual de poderosa: la de los pueblos que encontraron en las lagunas una despensa que hoy apenas podemos imaginar.
Una reina entre peces, acociles y tulares
Para entender a la Tlanchana hay que devolverle al valle el agua que alguna vez ocupó su territorio. Hay que imaginar las ciénegas, los manantiales, los canales y los tulares. Conocer el agua era una necesidad cotidiana: había que saber dónde pescar, cuándo salir y qué zonas evitar. La pesca requería experiencia para reconocer los movimientos del agua y los cambios que anunciaban una buena o mala jornada.
Los pescadores obtenían pescado blanco, juil y jalmichi o pez de arena. En el mismo universo estaban las ranas, los ajolotes, los renacuajos y los acociles, pequeños crustáceos consumidos desde tiempos prehispánicos. En las orillas crecían quintonil, berro, papas de agua y plantas de ribera que complementaban la dieta, mientras el tule servía para elaborar petates, esteras y aventadores. A ello se sumaba la presencia de patos y aves acuáticas.
Por eso su representación tiene una fuerza especial: lleva consigo un inventario de la laguna. La reina era la abundancia hecha mujer. Cuando estaba contenta mostraba su cola y las redes regresaban cargadas; pero esa misma reina podía convertirse en amenaza.
La Tlanchana era generosa y peligrosa. Decían que enamoraba a los hombres y que quienes despreciaban su amor desaparecían bajo el agua. En un paisaje de canales y tulares donde desaparecer era un riesgo real, la leyenda le dio rostro al peligro: la Tlanchana esperaba y el agua también. La mujer de la laguna representaba las dos caras de la naturaleza.
Esta memoria conectaba a Metepec, Santa Ana Tlapaltitlán, San Mateo Atenco, Lerma y Almoloya de Juárez. El antiguo sistema lacustre vinculaba al valle a través de manantiales y zonas húmedas que hoy cuesta reconocer entre calles, viviendas e industrias.
Cuando se fue el agua, se fue también una cocina
Al reducirse los cuerpos de agua, la pesca perdió su peso cotidiano. La agricultura y la urbanización ganaron terreno y, con el agua, comenzó a desaparecer una cocina. El pescado, los acociles, las hierbas de ribera, las papas de agua y los patos dejaron de llegar a las mesas.
La pérdida de un alimento es también la pérdida de un conocimiento: cuando una generación deja de preparar un alimento, la siguiente conoce su nombre, pero no su sabor.
Cuando la laguna comenzó a desaparecer, la reina sobrevivió. Metepec le dio una segunda vida a través de la alfarería: la mujer nacida del agua sobrevivió convertida en tierra y barro.
La última mirada de la reina
La Tlanchana convierte la historia en personaje. Custodia el agua y lo que el agua daba. Recuperar su historia obliga a mirar hacia atrás, hacia un valle de agua, hacia las cocinas y los pescadores de una geografía que hoy sobrevive en la memoria.
La laguna se fue y el sabor cambió, pero la reina quedó como recuerdo del territorio que alguna vez alimentó a sus pueblos.
Información de Magdalena Rojo
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