La Virgen María, en su advocación de la Virgen del Rayo, goza desde antiguas épocas de gran estima y admiración entre los feligreses de Zinacantepec, así como de comunidades vecinas como San Antonio, San Luis, La Transfiguración, Capultitlán y San Francisco. Al parecer, forma parte de un culto más amplio, ya que no es la única existente en México y el mundo; hay otras “Virgencitas del Rayo” dispersas.
Se le encuentra en España, donde la Virgen del Rayo es una Dolorosa muy querida y venerada en Córdoba. Un hecho similar dio origen a su nombre: el impacto de un rayo el 15 de septiembre en la iglesia donde se encontraba la imagen. En México también se venera otra advocación en el antiguo convento dominico de Jesús María, en Guadalajara, bajo el título de Nuestra Señora del Rosario del Rayo, conocida popularmente como la Virgen del Rayo.
El milagro de 1807 en Guadalajara
En ese caso, el suceso ocurrió la madrugada del 13 de agosto de 1807, cuando una tormenta provocó que un rayo impactara el convento. Las religiosas dominicas descubrieron que la imagen de bulto de la Virgen del Rosario, que sostenía al Niño Dios, estaba humeante. Parte de la escultura quedó quemada; sin embargo, el Niño permaneció intacto. Días después, el 18 de agosto, al llevar la imagen ante una religiosa gravemente enferma y rezar el Magníficat, un relámpago iluminó la estancia y, según la tradición, el rostro de la Virgen recobró su color, interpretándose como un milagro. Desde entonces, su devoción se extendió a entidades como Querétaro, Michoacán, Durango, Coahuila y Puebla.
La pintura novohispana en Zinacantepec
Este contexto permite comprender la antigua y venerada pintura de la Virgen de los Dolores —conocida como la Virgen del Rayo— en Zinacantepec. Actualmente, la imagen se encuentra en el nicho central del presbiterio de la capilla colonial edificada en su honor, en la esquina suroeste del atrio del convento franciscano del siglo XVI. Se trata de un óleo sobre lienzo que, por su estilo popular, probablemente data de la primera mitad del siglo XVIII. Su autor es anónimo y conserva la gracia característica de la pintura novohispana de carácter popular.
La tradición oral sitúa el origen de su culto hacia 1762, cuando una epidemia azotó la región. No se tiene certeza sobre si se trató de cocoliztli o matlazáhuatl, pero la enfermedad causó numerosas muertes en Zinacantepec y comunidades cercanas. Una familia piadosa, que habitaba en el cerro del Molino, fue afectada. Solo sobrevivió una mujer devota de la Virgen de los Dolores, cuya imagen colgaba en un altar doméstico. Según la tradición, tras rezar con fervor, la mujer sanó de manera inexplicable y atribuyó el hecho a la intercesión mariana.
En agradecimiento, donó la pintura a la parroquia, donde fue conocida inicialmente como la “Virgen que protege de la peste y la enfermedad”. Posteriormente fue colocada en el sotocoro del templo conventual y comenzó a llamársele “Nuestra Señora de abajo del Coro”.
El rayo que consolidó su nombre
El 22 de mayo de 1762, una tormenta impactó la torre del campanario y la descarga eléctrica alcanzó el interior del templo. Tras el suceso, la imagen resultó casi intacta y, según los cronistas, incluso parecía renovada. A partir de entonces fue conocida como la “Virgen que protege de la peste y la tempestad” y, finalmente, como la Virgen del Rayo.
Ante el crecimiento de la devoción, se construyó un santuario propio en la esquina suroeste del conjunto conventual. La imagen fue trasladada en procesión solemne el 4 de diciembre de 1785.
Actualmente se celebran dos festividades en su honor. La primera, el 22 de mayo, incluye procesiones por los barrios, danzas, música y fuegos artificiales. La segunda, del 29 al 30 de noviembre, también se caracteriza por actividades populares, con la participación de danzas tradicionales como los Doce Pares de Francia, Concheros, Chinelos y Moros y Cristianos, así como música y serenatas.
La Virgen del Rayo permanece como uno de los referentes religiosos e identitarios más significativos de Zinacantepec, donde historia, tradición y fe continúan entrelazándose en torno a su imagen.
Con información de Alejandro Tonatiuh Romero Contreras y Juana Yeudith Solis Dionicio
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