A plena luz del día, la ciudad guarda espacios oscuros, historias que no brillan, que son solo un simple reflejo de monstruosidades que preferimos ignorar y disfrazar de historias burocráticas, sindicales, de poder humano; sin embargo, tienen una raíz tectónica, primigenia, que con tan solo ver una de sus siniestras aristas nos dejan helados.
Este es el preámbulo de Los espacios oscuros y otras narraciones extraordinarias (BonArt), de Armando Enríquez Vázquez, escritor, poeta y productor de televisión por más de 30 años. Un fiel habitante y conocedor de las historias más fantásticas que le ha inspirado el asfalto citadino.
Son 10 historias que juegan con la emoción del lector, que nos regresa a la realidad desde mundos fantásticos, monstruos a los que la soledad aqueja. Cuevas lejanas en futuros distantes.
Los espacios oscuros y otras narraciones extraordinarias
A partir de estas líneas iniciales, Enríquez configura un libro que emerge de cuatro décadas de observación obsesiva y escritura paciente. Su proceso creativo reúne recuerdos, lecturas oscuras, caminatas por una ciudad que nunca termina de revelar su extrañeza y una fidelidad absoluta a las atmósferas que perturban.
Cuando habla del origen de los cuentos centrales —Los umbrales, Los espacios secretos y El océano indestructible— afirma que llevan 30 años en transformación. “Ya era momento de soltarlos y dejarlos en paz”, explica, con la serenidad de quien entiende que una historia madura al ritmo de su autor.
Esa gestación prolongada define el tono de Los espacios oscuros y otras narraciones extraordinarias. Cada relato posee un sedimento histórico que atraviesa épocas, territorios y obsesiones personales.
Enríquez reconoce que su generación creció bajo una poderosa influencia visual, entre cine, televisión y lecturas que iban de Lovecraft a autores más contemporáneos.
Por eso la Ciudad de México se vuelve un escenario vivo, cambiante, casi un organismo que respira debajo de las banquetas. Allí se insertan las famosas puertas del Viaducto, presencias anodinas que millones de habitantes cruzan sin mirar.
Para el autor, esas puertas convocan un imaginario oscuro que permite “imaginar lo peor o lo más fantástico” y convertir lo cotidiano en inquietud pura.
Mientras narra, su voz revela un método intuitivo pero riguroso: observar, desconfiar de lo obvio, interrogar la arquitectura urbana y sus silencios.
Una fotografía reciente de una de esas puertas incendiándose detonó en él la confirmación de que la ciudad siempre ofrece un giro inesperado. “No era lo que parecía”, decía el titular del periódico que le enviaron, una frase que podría ser la consigna secreta del libro entero.
Narraciones como piezas artesanales
Enríquez también concibe estas narraciones como piezas artesanales. Algunas nacen de historias contadas por amigos, otras de recuerdos de librerías extintas o de figuras arcaicas cuya antigüedad se vuelve imposible de determinar.
En uno de los relatos aparece un códice, un documento real que él integra a una ficción donde la frontera entre lo histórico y lo ancestral se diluye hasta volverse un terreno inquietante.
Esa mezcla sostiene su definición del verdadero protagonista del libro: las atmósferas del entorno. “Perturban. No todas son de terror, pero todas (las historias) tienen una inquietud que acompaña al lector”, precisa.
Su interés por combinar imagen y palabra evoluciona hacia proyectos transmedia. Las fotografías de las puertas del Viaducto que aparecen en la portada son suyas, y ahora prepara textos construidos a partir de imágenes para una revista digital.
Esta búsqueda refleja su deseo de acercarse a lectores jóvenes que navegan entre lo visual, lo interactivo y lo literario. No descarta incursionar en formatos similares a los creepypastas, explorando narrativas participativas.
Cuando se le pregunta para quién escribe, responde con naturalidad: para la necesidad interna de contar una historia, pero también para quien la lea y la permita existir. Su visión del lector contemporáneo no es pesimista; considera que las nuevas generaciones leen de otras maneras, más ligadas a la imagen, pero con una creatividad activa y vibrante.
Lápidas mi jardín
Dentro de Los espacios oscuros, Enríquez mantiene vínculos afectivos con varios relatos. Lápidas mi jardín, inspirado en la historia real de alguien que vivió dentro de un cementerio, ocupa un lugar especial. Lo mismo sucede con Los espacios oscuros, que condensa su fascinación por lo ancestral y por los silencios que la ciudad esconde.
El autor celebra el recibimiento del libro y prepara nuevas presentaciones. Lo hace con entusiasmo y con la gratitud de quien reconoce que cada lector reafirma su impulso creativo.
Para Armando Enríquez la escritura no es un salto entre géneros ni un experimento casual: es una continuidad vital marcada por la imaginación, la memoria y los rincones oscuros que solo existen para quienes saben mirar.
Los espacios oscuros y otras narraciones extraordinarias se presentó este sábado 21 de marzo la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, ubicada en Tamaulipas 202, Col. Condesa y el 27 de abril en El Péndulo de la colonia Roma.
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