De Amealco a La Marquesa: la tradición familiar que transforma el barro en arte de temporada

De Amealco a La Marquesa

De Amealco a La Marquesa: la tradición familiar que transforma el barro en arte de temporada

Cada año, el alfarero y su familia viajan hasta La Marquesa para vender mercancía de temporada, desde calabazas de Halloween hasta esqueletos sonrientes.

Brian Prado
Octubre 24, 2026

Entre septiembre y octubre, cuando los caminos comienzan a llenarse de colores y las figuras alusivas a la temporada aparecen en los puestos, las calabazas de barro se convierten en parte del paisaje de La Marquesa. A la orilla de la carretera México-Toluca, entre el movimiento de los automóviles y el paso de quienes viajan hacia la capital mexiquense o la Ciudad de México, estas piezas atraen las miradas por sus formas, sus colores y los rostros que recuerdan a las celebraciones de octubre.

Paciencia, fuego y el riesgo de perderlo todo en el camino

Detrás de cada figura hay una historia que no siempre se alcanza a ver desde el automóvil. Para Luis Nicolás, las calabazas no son únicamente adornos que se exhiben durante unas semanas: representan un oficio aprendido en familia, horas de trabajo frente al barro y viajes que comienzan mucho antes de que las piezas lleguen a los puestos instalados sobre la carretera.

Su historia está ligada a Amealco de Bonfil, Querétaro, lugar de donde procede y donde aprendió a trabajar el material que ahora transforma en figuras de temporada. La tradición familiar lo llevó a conocer el proceso desde sus primeras etapas, hasta asumir la responsabilidad de elaborar sus propias piezas y buscar un mercado para ellas. 

“Cuando la gente ve las calabazas, pues sí le llaman la atención los colores y las formas, pero no se imaginan todo lo que hay antes. Una pieza necesita tiempo para hacerse y para quedar lista. Hay que trabajar el barro, darle forma, esperar a que seque y después terminarla. No es nada más hacerla y ponerla a la venta, empezamos desde junio”, comentó.

El tiempo es una parte fundamental de su oficio. Cada etapa requiere atención y paciencia, porque apresurar el proceso puede echar a perder el trabajo acumulado. La forma de la pieza, el secado, la cocción y los acabados determinan cuánto trabajo necesita antes de estar lista para la venta. 

Precios justos frente al regateo y la reventa en plazas comerciales

“Uno tiene que aprender a conocer el material y a tener paciencia. El barro necesita su tiempo, porque si uno se adelanta puede echar a perder una pieza. Después viene la cocción y todavía falta pintarla. Hay figuras que llevan más detalles que otras, y eso significa dedicarles más tiempo, pero la gente sí se las lleva”, señaló.

Para el joven artesano, trabajar con barro también significa aprender a reconocer los errores y cuidar cada pieza hasta el final. Una figura puede llevar horas de dedicación y, aun así, romperse antes de llegar al comprador. 

“Cuando estoy trabajando una figura, hay que cuidar que quede bien hecha y que los detalles tengan el acabado que se busca. Después de todo el tiempo que lleva, uno también tiene que procurar que no se rompa. Es lo peor que te puede pasar, porque ahora sí que ¿quién te repone todo: el tiempo, el material? A mí sí me tocaron mis castigos por eso, pero uno también aprende”, relató.

El aprendizaje no llegó de manera aislada. En su caso, el oficio tiene un origen familiar: su padre fue quien lo acercó a una actividad que con los años se convirtió en parte de su vida. 

“Empecé con esto por mi papá; es a lo que se dedica la familia. Con el tiempo fui aprendiendo hasta que ya se me dio la confianza para también hacer el trabajo. Cada quien tiene su historia, pero yo le puedo decir que a mí sí me gusta lo que hago y me siento bien de, al final, aprender a trabajar el material y encontrar la manera de vender lo que uno hace”, explicó.

Octubre, una temporada para salir a vender

El trabajo familiar encuentra en octubre una oportunidad para llegar a compradores que buscan adornos relacionados con las celebraciones de la temporada. Para quienes elaboran estas figuras, preparar la mercancía es apenas una parte de la actividad; también necesitan identificar los lugares donde pueden ofrecer y acercarse a personas dispuestas a comprarla. 

Por eso, el traslado hasta este punto no es una decisión improvisada: forma parte de una práctica que, con el paso de los años, se ha relacionado con la temporada y con la búsqueda de mejores oportunidades para comercializar el trabajo artesanal.

“Venir a vender hasta acá significa ventas para uno; por eso tradicionalmente se hace así. Uno tiene que hacer las piezas y buscar a las personas que las quieran comprar. Esta carretera, pues, tiene mucho paso de gente que va de pasada, viene al estado o va para la ciudad. Ya hasta creo que también se ha vuelto algo que espera la gente, aunque ya no se vende tanto como antes de la pandemia”, comentó.

La expectativa de vender durante estas semanas también obliga a calcular los precios. Las calabazas no tienen un costo único, pues el tamaño, los detalles y el tiempo dedicado a cada una influyen en su valor. 

“Los precios cambian dependiendo de la pieza, porque no todas tienen el mismo tamaño ni los mismos detalles. Hay figuras que requieren más trabajo y otras que son más sencillas. También hay que considerar todo lo que se necesita para producirlas y llevarlas hasta el lugar donde se venden”, señaló.

El traslado representa otro desafío. Las piezas deben acomodarse de manera que no se rompan durante el camino, porque cualquier daño puede convertir el esfuerzo de producción en una pérdida. A eso se agrega el tiempo que implica llegar hasta La Marquesa y permanecer en el puesto a la espera de los clientes. 

“Hay que pensar en el transporte y en cómo acomodar las piezas para que lleguen completas. Uno trabaja para que estén listas, pero todavía falta llevarlas al lugar donde se van a ofrecer. Imagínate, nos hacemos tres horas y después hay que esperar que la gente se acerque y que las ventas permitan recuperar lo invertido”, mencionó.

Es por eso que hay figuras desde 35 pesos hasta los 3 mil.El resultado de una jornada no depende exclusivamente de la cantidad de piezas que se exhiben. También influye la disposición de los compradores y la posibilidad de recuperar el dinero destinado a la elaboración y el traslado. 

“Lo que uno espera es que el trabajo se venda, porque detrás de cada figura hay tiempo y recursos. A veces la gente se fija primero en el precio, pero también hay que pensar en todo lo que se hizo para que la pieza estuviera terminada. Para nosotros es importante encontrar compradores y que el esfuerzo tenga una salida”, expresó.

El oficio también exige organizarse de acuerdo con las fechas. Las figuras deben estar listas cuando comienza la demanda, de modo que la preparación ocurre antes de que los compradores lleguen a buscarlas. 

“Esta fecha es importante porque la gente comienza a buscar calabazas y otros adornos. Uno tiene que prepararse con anticipación para tener piezas disponibles cuando llegan los compradores. Es una temporada distinta a las demás y hay que aprovecharla, porque después lo que busca la gente cambia”, comentó.

Entre el orgullo y el esfuerzo de mantener la tradición

La permanencia de estas figuras en los puestos de temporada depende de quienes continúan elaborándolas y de que exista un mercado para su trabajo. Para Nicolás, seguir con el oficio significa sostener una actividad que aprendió de su padre y que ahora realiza con sus propios conocimientos. 

“Para mí, este trabajo representa mucho orgullo, porque no es fácil y tampoco cualquiera se avienta estos viajes. Lo importante es seguir trabajando y que las piezas encuentren a alguien que las valore. También cada temporada trae sus propios retos, pero uno se prepara para tener el producto listo y poder ofrecerlo”, señaló.

Ese reconocimiento, sin embargo, no siempre se refleja en la forma en que los compradores valoran las calabazas pues señaló que algunas personas se concentran en el precio sin considerar el tiempo necesario para elaborar cada figura pese a que fuera de los puestos de carretera, las piezas pueden encontrarse a precios más elevados. 

“Me gustaría que la gente conociera lo que hay detrás de estas figuras y que supiera que no aparecen terminadas de un día para otro. Hay trabajo, aprendizaje y cuidado; entonces, que las valoren, las cuiden y que no nos regateen, porque eso es algo que siempre está. Pero luego, en las plazas, están al doble o al triple”, comentó.

Para Nicolás, contar su historia no termina cuando una calabaza cambia de manos. Continúa en la preparación de las siguientes figuras, en la búsqueda de nuevas oportunidades de venta y en el aprendizaje que pasa de una generación a otra. Para el artesano, la esperanza es que quienes se acerquen no miren únicamente el adorno o su precio, sino también el trabajo que hizo posible llevarlo hasta ese lugar.

Las piezas hechas y acabadas a mano, pueden costar hasta 3 mil pesos. Foto Emilio Varela

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